Sugerencias mínimas para utilizar lenguaje inclusivo (feminista) en tus textos

Como he señalado ya en varias entradas de este blog (aquí, aquí y aquí), lo que no se nombra no existe y, tal como están estructuradas las normas del castellano, las mujeres no existimos, ya que el género masculino se considera universal y el femenino sólo particular.

Esto es algo que me ha perturbado desde jovencita, desde mucho antes de que fuera un «tema» dentro del feminismo. Allá por 1990, cuando cursaba mi doctorado en la UCLA, presenté un trabajo de fin de curso para una clase de lingüística en el que hacía una serie de propuestas para evitar el masculino genérico… unas propuestas que, ejem, ahora no suscribiría. El profesor, un señor bastante mayor, se burló de mí, pero aun así me dio una A (sobresaliente) porque lo consideró bien argumentado.

Poco después, al escribir mi tesis doctoral Marginalidad y subversión: Emeterio Gutiérrez Albelo y la vanguardia canaria (que presenté en 1993), como entonces era muy modesta y «hablaba» en primera persona del plural (esa modestia la desterré muy pronto, para asumir mis opiniones en primera persona del singular), decía nosotras… y me cabreó muchísimo que, cuando me la publicaron en forma de libro, me cambiaran el pronombre a nosotros… porque, si algo tengo claro en esta vida, es que todas las YO somos mujeres.

Con los años, y aunque seguí utilizando el masculino genérico como los dioses (es decir, la rancia RAE) mandan en los textos académicos, me fui atreviendo a incluir algunas arrobas y algunos «-os/as», para darnos aunque fuese una mínima visibilidad, mientras en otros medios (Facebook, Whatsapp) recurría constantemente a las arrobas.

El primer gran paso hacia mi uso actual de un lenguaje puramente inclusivo (que, valgan la redundancia y la paradoja, incluye también femeninos genéricos, como habrán observado quienes siguen este blog) tuvo lugar hace tres años, cuando me ofrecí para colaborar con la plataforma Traductoras para la Abolición de la Prostitución. Una de las normas era utilizar sólo lenguaje inclusivo, sin arrobas ni duplicaciones. Pensé que resultaría dificilísimo, pero no lo fue tanto. Hay que pensar un poco, sí, es menos cómodo que soltar masculinos genéricos a tutiplén, pero muy factible. Desde entonces, he publicado de esa manera un artículo académico sobre cine de ocho mil palabras en la revista Film-Història (en este caso me vi obligada a usar alguna duplicación, como «la directora y el director«, en referencia a una de las películas analizadas) y he escrito una novela (todavía inédita).

En la última década (o quizá desde un poco antes), numerosos organismos y entidades, públicas y privadas, han elaborado guías con recomendaciones para el uso de lenguaje inclusivo. También quiero citar el imprescindible libro de María Martín Ni por favor ni por favora: Cómo hablar con lenguaje inclusivo sin que se note (demasiado), que contiene un «manual de uso práctico». (Recomiendo el libro con entusiasmo: su lectura no sólo te resultará útil, sino que te proporcionará muchas carcajadas, algo muy necesario en los tiempos oscuros que corren.)

Mi intención aquí es darte algunas sugerencias básicas para utilizar lenguaje inclusivo dentro de la norma (de la RAnciE). Como señalé, cada vez utilizo con más frecuencia el femenino genérico, así como ciertos femeninos proscritos por la venerable institución (miembra, testiga…). Ahora bien, si eres escritora novel o estás preparando tu Trabajo de Fin de Máster, no te aconsejo que me imites.


🟣 Aun siendo lenguaje inclusivo, evita las terminaciones «-os/as» y «-es/as«, las arrobas y las equis.

Las terminaciones «-os/as» y «-es/as» (en realidad, por aquello del orden alfabético, deberían escribirse «-as/os» y «-as/es«), como en italianos/as o escritores/as, fueron el primer instrumento lingüístico para visibilizarnos y, por tanto, de gran utilidad. Posteriormente (no he podido precisar la fecha; si alguien la sabe, le agradeceré el dato), surgió el hallazgo de la arroba (@), que para el castellano funciona estupendamente, porque engloba la o y la a (aunque habría que puntualizar que la a está dentro de la o): ell@s. Y, más tarde aún, el uso de la equis o el asterisco en lugar de la terminación de género: ellxs o ell*s.

Sin embargo, hay un motivo práctico para evitarlas: resultaría casi imposible leer un texto largo lleno de arrobas, equis u «-os/as«, porque en castellano no sólo se generizan los sustantivos, sino también los artículos, los adjetivos, los pronombres, los participios… y es preciso mantener la concordancia, es decir, usar la misma terminación en todos. Sin embargo, existe otro motivo de carácter ético que descubrí hace poco: los convertidores de texto a voz, imprescindibles, por ejemplo, para las personas ciegas, no pueden descifrarlas.

🟣 Nunca utilices el hombre o los hombres para referirte a hombres y mujeres.

Estos usos nos invisibilizan más que cualquier masculino genérico porque equiparan al varón con la especie entera, con lo cual borran absolutamente (sin justificaciones gramaticales que valgan) a nuestro sexo. Usa siempre el ser humano, los seres humanos, las personas o la humanidad.

🟣 Sólo hay una cosa peor que el masculino genérico plural: el masculino genérico singular.

El uso del plural nos invisibiliza a las mujeres, pero, mediante un ejercicio de imaginación, puedo entender que estoy incluida cuando se habla de los españoles, los escritores o los profesores. Ahora bien, cuando oigo o leo el autor, el cliente o el arrendatario, directamente no me veo. Evita, por tanto, ese singular genérico, bien convirtiéndolo en plural (incluso masculino… si no tienes más remedio), bien mediante duplicación: el autor o autora, el lector o la lectora, etc.

🟣 Evita por completo las palabras para las que la RAE no admite femenino.

Me refiero a palabras como miembro o testigo. Yo las feminizo, pero, de nuevo, mi intención con esta entrada no es que te criminalicen por decir miembra, como le ocurrió a Bibiana Aído, Ministra de Igualdad con Rodríguez Zapatero, quien tuvo que disculparse públicamente por ello. (¿Alguna vez oyeron disculparse a Rajoy cuando masacraba el idioma con frases como «Somos mucho españoles» o «Somos sentimientos y tenemos seres humanos»?) En lugar de miembro, puedes utilizar integrante. Para testigo, «la cosa» se complica. En un contexto jurídico, se puede utilizar declarante (otra posibilidad es atestiguante, pero el diccionario de La Venerable no la recoge). En el sentido de «persona que presencia o adquiere directo o verdadero conocimiento de algo» (DLE, 2020), es más fácil: basta con decir presencié, observé o cualquier otro sinónimo, en lugar de fui testigo de.

🌐🌐 Se preguntarán por qué la RAE no admite estos femeninos, cuando, al contrario que en el caso de ciertas profesiones que las mujeres han tardado en ocupar, y para las que tampoco lo admite (pilota, soldada…), toda la vida ha habido miembras y testigas de algo. Una brillante explicación que leí en la época de Aído (lamentablemente, no recuerdo de quién) fue que a los señoros les molesta la feminización de miembro, porque piensan en una de sus otras acepciones: el órgano genital masculino. Y hoy, casualmente, mientras buscaba la definición exacta de testigo, me encontré con que la acepción número 8 es… ¡testículo! Resuelto el misterio, pues. 🌐🌐

Respecto a las profesiones para las que la RAnciE tampoco admite femenino, el problema se puede resolver mediante algunas de las herramientas siguientes.

🟣 Recursos para sortear el masculino genérico.

Siempre que sea posible, utiliza sustantivos colectivos.

Éste es quizá el recurso más fácil y el que señalan todas las guías.

  • Nacionalidades: la población (española, italiana, japonesa…), la ciudadanía
  • Grupos etarios: la infancia, la juventud, la adultez o edad adulta, la tercera edad
  • Colectivos sociales: el gobierno, el alumnado, el profesorado, el empresariado, el proletariado (me permito seguir siendo marxista)… Siguiendo este modelo, yo he acuñado el autonomado (personas que trabajamos por cuenta propia), aunque por el momento no lo he visto en ningún sitio.
  • Profesiones: la judicatura, la abogacía, la clase política, el personal de limpieza, el personal de vuelo (aquí entrarían las pilotas aeronáuticas), el gremio médico
  • Otros grupos: la familia, el vecindario, la comunidad, el público (lector o espectador), la audiencia, el elenco (de actores y actrices)

De esta manera se pueden englobar casi todas las profesiones o personas pertenecientes a determinado grupo. El problema es el casi. Por ejemplo, no existe un buen modo de nombrar a escritores y escritoras. No se puede «colectivizar» a una asociación que nos represente llamándola «de la escritura«, porque esto no necesariamente se refiere al oficio de escribir (libros), ni «de la escribanía«, porque éste es un oficio distinto. Tampoco valdría el gremio literario, porque éste incluye también a editoriales, distribuidoras, librerías, personas que ejercemos la crítica ídem… Y no se me ocurren más adjetivos, porque tanto gremio escriturario como gremio escribidor suenan un tanto grotescos (el segundo, además, me hace pensar en el inefable Vargas Llosa). En este caso, no queda más remedio que desdoblar: escritoras y escritores o los y las escritoras (prefiero esta última forma, porque nos da más visibilidad) o utilizar una larga perífrasis (ver abajo): quienes se dedican al oficio de la escritura. Lo mismo ocurre con autor y autora, aunque en ciertos contextos se puede utilizar autoría (por ejemplo, derechos de autoría).

Otro «conjunto» al que no le encuentro solución es los padres, cuando se refiere a una madre y un padre (y no dos madres o dos padres). Cuando se trata de una mención puntual, basta con desdoblar, como han hecho las antiguas APAs, hoy AMPAs, Asociaciones de Madres y Padres de… Alumnos (ups, como que al final se olvidaron de la inclusividad). Pero, cuando se repite varias veces, es engorroso leer los padres y las madres o mi madre y mi padre. No sirve la (modejna) propuesta queer de usar progenitor/a/as/es porque progenitor es masculino. Yo a veces acorto con m/padres, pero… De nuevo, con la RAE hemos topado (aparte de que acarrearía la misma dificultad lectora que señalé antes para las arrobas). Acepto sugerencias 😉.

Utiliza perífrasis.

La más fácil y cómoda consiste en utilizar quienes: quienes lean este libro (en lugar de los lectores, aunque, como ya señalé, también se puede usar el colectivo público), quienes tengan previsto viajar (en lugar de los viajeros)... La otra opción, un poco más larga, es utilizar las personas que (lean este libro, etc.).

Siempre que sea posible, utiliza sustantivos y adjetivos epicenos.

Éstas son palabras iguales en sus formas femenina y masculina y nos evitan tanto la «colectivización» como las perífrasis: estudiantes en lugar de alumnas/os, docentes en lugar de profesoras/es, amistades en lugar de amigas/os, integrantes, como ya mencioné, en lugar de miembras/os, pacientes en lugar de enfermas/os, mayores en lugar de ancianas/os (aparte de que la palabra anciana/o no me gusta nada), intérpretes en lugar de actores y actrices, etc.

Lo mismo es válido para los adjetivos calificativos, aunque no siempre podamos encontrar sinónimos estrictos, sobre todo en los textos literarios, donde tan importante es la precisión: responsables en lugar de aplicadas/os, diferentes en lugar de distintas/os, amables en lugar de atentas/os, incompetentes en lugar de ineptas/os…

El problema surge cuando hay que anteponer un artículo determinado o indeterminado, porque éstos están forzosamente generizados. No podemos decir, por ejemplo, «Estudiantes responsables sacan mejores notas», así, sin el artículo (suena a mala traducción del inglés). En esos casos es preciso, o bien buscar el modo de elidir el artículo, o bien recurrir, como arriba, a las perífrasis: quienes son responsables sacan mejores notas en los estudios.

Evita los participios generizados.

1) Cuando funcionan como sustantivos, por ejemplo, los afectados, basta con introducir la palabra personas (las personas afectadas). También se pueden buscar sustantivos epicenos que signifiquen lo mismo (en este caso, podría funcionar las víctimas) o, incluso, sustantivos abstractos, por ejemplo en el caso de esas horribles cifras con las que nos bombardean a diario desde hace un año: muertes en lugar de muertos o fallecidos.

2) Cuando forman parte de una oración pasiva, basta con reformularla: por ejemplo, sufrieron represalias en lugar de fueron represaliados; tienen la obligación en lugar de están obligados

Mezcla masculinos y femeninos genéricos.

Sospecho (en realidad, sé) que la RAE no lo aprueba, pero resulta menos «flagrante» que utilizar puros femeninos genéricos, como me gusta hacer a mí. Esto es especialmente útil en el caso de las enumeraciones: por ejemplo, «A la reunión acudieron ministras, alcaldes, diputadas y senadores». Eso sí: evita endosarles el femenino sólo a las profesiones o cargos subordinados. Estoy harta de leer por ahí «médicos y enfermeras«, algo que también vulnera las normas de la RAE (desde el momento en que haya un solo enfermero, es obligatorio el plural masculino), pero a nadie le molesta… ¿Por qué? ¿Porque la enfermería sigue siendo una profesión mayoritariamente femenina? No exactamente, puesto que la de médica también empieza a serlo. Es un modo de mantener las jerarquías, tan importantes dentro del gremio sanitario. (Otro ejemplo de manual es «pilotos y azafatas«.)

Existen más herramientas, pero éstas son las más sencillas. Quizá en algún momento dedique otra entrada a este tema.


🌐🌐 Podría argumentarse que estos usos inclusivos que propongo tampoco otorgan visibilidad a las mujeres como tales. Cierto, pero… En primer lugar, es infinitamente mejor englobarnos en un término neutro (el profesorado, la ciudadanía) que estar subsumidas dentro del masculino (los profesores, los ciudadanos). En el primer caso, yo «veo» a mujeres y hombres; en el segundo, sólo veo a hombres. Por otra parte, como estos recursos no siempre funcionan ―ya analicé el caso de escritoras y escritores―, siempre va a haber alguna duplicación que nos visibilice. De todos modos, para mí la mejor receta contra la invisibilidad sigue siendo la de nombrar todo (o mucho) en femenino. Y quiero creer que llegará el día en que, cuando alguien lea todas, no asuma que se refiere a un grupo sólo de mujeres, del mismo modo que todos no siempre se refiere a un grupo sólo de hombres. ¿No dice la propia RAE que el contexto aclara cualquier posible ambigüedad acerca de si un masculino es literal o genérico? Pues eso. 🌐🌐


Nota: Habrá quien se pregunte por qué no he incluido la terminación «-es» (como, por ejemplo, en todes) dentro del lenguaje inclusivo, junto con las arrobas, las equis y los asteriscos. La respuesta es sencilla: no lo considero lenguaje inclusivo. Antes bien, lo considero un neolenguaje excluyente que pretende distinguir entre quienes se consideran «no binaries« (la modejnidad superguay a tope) y quienes seguimos pensando que todas las personas (salvo un minúsculo porcentaje de personas intersexuales, el cual oscila, según diversas fuentes, entre un 0,05% y un 1,7% de la población) somos mujeres u hombres, independientemente de que nos amoldemos o no a los roles y estereotipos que culturalmente se nos han asignado a unas y otros. Porque, en el fondo, ese presunto no-binarismo encierra un nuevo binarismo: el que se establece entre «elles» y nosotras/nosotros… sobre todo nosotras.

Por eso también he añadido, en el título, el «apellido» feminista a lenguaje inclusivo: para distinguirlo del «lenguaje inclusivo» espurio del que habla el movimiento transgenerista, y que es todo lo contrario de inclusivo, pues nos borra a las mujeres de uno de los pocos «huecos» que teníamos en el lenguaje machista, como «hembras de la especie humana«, es decir, en lo anatómico-fisiológico (ahora somos personas menstruantes o personas gestantes que producimos leche pectoral). Dicho movimiento ya nos usurpó, distorsionándola, la palabra género y ahora pretende apropiarse también del lenguaje inclusivo por el que algunas llevamos tantos años luchando. Y que también podría llamarse binario (lo acabo de acuñar), porque dos son los géneros gramaticales (en castellano existe también un género neutro, pero, al contrario que en alemán, por ejemplo, su uso es muy limitado) y dos son los sexos (salvo en el caso de las personas intersexuales mencionadas arriba).

Publicado por jcruzf

Doctora en Lengua y Literaturas Hispánicas por la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA), especializada en literatura y cine de mujeres. Es autora del libro "Marginalidad y subversión: Emeterio Gutiérrez Albelo y la vanguardia canaria", y numerosos artículos académicos de crítica literaria, cinematográfica y cultural, así como de la novela "Gajos de naranjas", y coeditora, junto con Barbara Zecchi, del volumen "La mujer en la España actual: ¿Evolución o involución?" Ha sido profesora en diversas universidades estadounidenses, la última New York University – Madrid (2005-2015), y entre 2006 y 2011 impartió el curso anual “Género, cine y sociedad” en la Universidad Complutense de Madrid. También ha traducido varios libros para la colección “Feminismos” de Cátedra.

9 comentarios sobre “Sugerencias mínimas para utilizar lenguaje inclusivo (feminista) en tus textos

  1. Cuánta vana complicación. Por regla general, si algo es complicado no sirve. Además, si la supuesta intención de todas estas iniciativas es visibilizar el real e importante problema de la supuesta desigualdad de género, lo que consiguen es justamente lo contrario: la atención, el foco, la agenda se centran en la cuestión «lenguaje», dejando en un plano secundario lo supuestamente «importante».

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    1. Gracias por tu comentario, Julio. En realidad, mi intención con esta entrada no es polemizar sobre la importancia del lenguaje inclusivo, sino ofrecer algunas herramientas para quienes sí quieran usarlo. Aun así, te respondo brevemente: el hecho de que sea «complicado» no quiere decir que «no sirva»; sólo que requiere, como cualquier cambio de cualquier estructura opresiva, un poco de esfuerzo. Y, respecto a lo que dices de que la defensa del lenguaje inclusivo deja en segundo plano «lo importante», no es así. Si me dijeras «Elige entre lenguaje inclusivo y la erradicación de la violencia machista», elegiría sin dudarlo lo segundo. Sin embargo, ambas luchas no son incompatibles. Incluso te diría lo contrario: si el lenguaje no colocase a las mujeres en posición subordinada, a largo plazo habría menos violencia contra nosotras (no es una relación lineal de causa-efecto, por supuesto, pero «todo» está entrelazado).

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      1. Desde lo estrictamente práctico, algo que es complicado termina no sirviendo: la gente a la que supuestamente está destinado el beneficio no lo ve; por lo tanto no se lo apropia. Sin lugar a dudas, el tema requiere de un análisis más profundo, pero podemos decir que por ahora sólo se está discutiendo desde un sector. Discutiendo, en el mejor de los casos. Tristemente, en muchos otros, está presentado y practicado como una imposición, en donde el debate es imposible, o en donde se apela a la descalificación, con resultado ídem.
        Además, en esa supuesta lucha hay una cantidad de diferencias y contradicciones entre quienes defienden estas posturas, que aportan más a la confusión: de vuelta, la gente común y corriente entiende cada vez menos de estos lenguajes y hasta de estas reivindicaciones de género, más allá de que esté en su inmensa mayoría en contra de la violencia a la que se hace referencia. Debo recordar que en esa enorme y abrumadora mayoría estamos los varones. Cada vez más creo que cambiar una pobre “o” por otra pobre “a”, o alguna otra de las tantas incomprensibles variantes, no hace al fondo de la cuestión, más allá de connotaciones, denotaciones, opresiones, sometimientos. Creo también que hay que hacer enormes esfuerzos, no sólo en este campo, para afrontar los desafíos de una época que nos está pasando por encima. Pero hay que hacerlo en serio.
        Debo decir que este es el primer ámbito en donde me animé a comentar algo al respecto. En muchas ocasiones, escuchando y leyendo charlas, comentarios y discusiones, he estado a un tris de intervenir, pero no lo hice y no lo hago porque no se puede debatir cuando no se escucha y no se apela a argumentos y datos. Agradezco por eso.

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  2. Me encantaría explicarte por qué es imprescindible la lucha por la igualdad entre mujeres y hombres, pero, más que un comentario o una entrada de blog, necesitaría un libro entero… y puedes consultar los muchos que ya hay publicados sobre el tema. Respecto al lenguaje inclusivo, sólo necesito un argumento, el mismo con el que empiezo la entrada: Lo que no se nombra no existe. O dos: la RAE, aparte de misógina, racista y homófoba, es una institución profundamente arbitraria (también en aspectos que nada tienen que ver con el género sexual; puedes consultar aquí mi entrada sobre las tildes), por lo que sus normas valen hasta donde valen.

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  3. Es vergonzoso que en una web que se define como “servicios lingüísticos” promueva el lenguaje inclusivo. Es bien sabido que se trata de una iniciativa política de izquierdas sin ningún tipo de apoyo por la RAE, ni ningún organismo oficial de Letras. Este tipo de posts delatan tu falta de profesionalidad y entendimiento sobre el auténtico funcionamiento y uso del lenguaje. Debería darte vergüenza.

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  4. No puedo más que darte las gracias por esta entrada, me parece super necesaria. En mi novela me rebané los sesos para usar lenguaje inclusivo, en especial porque la mayoría de los personajes son mujeres y hablar de ellos cuando son 4 tías y un tío me parece super injusto xD No sé si lo habré conseguido, pero espero que al menos se note la intención. Al principio cuesta, pero es cuestión de cambiar el chip y buscar otra forma de comunicarse que, al final, se acabará adoptando de manera natural ^^

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    1. ¡Gracias, Rea! Sí, hay que esforzarse un poco más que con el lenguaje que tenemos automatizado, pero al cabo de un tiempo ya sale natural (otra cuestión es que el resto de la población acabe adoptándolo). En novela lo encuentro más difícil, ya ves, porque las perífrasis pueden romper el ritmo narrativo y algunas palabras colectivas pueden sonar un poco impostadas. En la mía yo lo he resuelto recurriendo a femeninos genéricos. En un caso como el que mencionas, de cuatro mujeres y un hombre, diría, o bien «el grupo» (o similar), o bien «las cinco» (y me quedaría tan ancha)… Pero claro, esto sólo lo puedo hacer en *mi* novela; cuando corrijo o traduzco otras, tengo que ceñirme a la norma.

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