¿Es posible escribir durante la pandemia de COVID-19… sin hablar de la pandemia?

Allá por el verano planteé una pregunta similar en un grupo de escritoras y escritores de Facebook. Similar, porque entonces, ingenua de mí, la planteé como “¿Se podrá escribir después de la pandemia…? Sí, ingenua, porque han pasado ocho meses y, no sólo continúa la pandemia, sino que yo, personalmente, continúo en la misma situación de (auto)confinamiento (y ya van… 57 semanas)… y sin esperanzas de que ello cambie en ningún futuro abarcable con la ilusión.

En aquel momento recibí todo tipo de respuestas, desde quienes opinaban que sería inevitable hablar de la pandemia en cualquier obra ambientada en el presente hasta quienes señalaban que históricamente las epidemias han dado lugar a poca literatura y, por tanto, sería perfectamente aceptable obviarla, pasando por quienes habían hecho modificaciones a obras en curso, bien para incorporarla, bien para sortearla.

🟣 Confieso que nunca me había detenido a pensar en la escasez de literatura sobre epidemias concretas (sí las hay de tipo alegórico, como La peste [1947] de Albert Camus o Ensayo sobre la ceguera [1995] de José Saramago). Y llama sobre todo la atención que la última pandemia análoga a la que nos azota, la de la (mal llamada) gripe española de 1918-1920, no diera lugar a ninguna novela digna de mención… ni siquiera, hasta donde sé, indigna de mención, pese a que se estima que provocó más de cuarenta millones de muertes a nivel mundial. (Sobre ella conozco una sola obra: un episodio de la serie de RTVE El Ministerio del Tiempo, por supuesto muy posterior a los hechos [2016].)

¿Por qué?, me pregunto. ¿Tal vez porque aquélla fue una catástrofe natural y, por tanto, poco “relevante” en el contexto de los horrores, de origen muy (in)humano, provocados por la Primera Guerra Mundial? Cierto que hubo ocultación por parte de EEUU, donde surgió, y del resto de los países en guerra; de ahí la designación “gripe española”: la prensa de nuestro país fue la única que informó extensamente sobre ella. También es cierto que hubo retrasos en la adopción de medidas preventivas por parte de las autoridades y comportamientos irresponsables entre la población. Así, un bando publicado por el Gobierno Civil de Burgos en 1918 proclamaba:

[V]uelvo á reiterar á los que todavía no estén convencidos del grave peligro que esto encierra, que se abstengan terminantemente de celebrar dichas fiestas ó reuniones… Por tanto, estoy resuelto á castigar duramente, como ya se ha hecho en algún caso, a los incumplidores de esta disposición.

Boletín Oficial Extraordinario de la Provincia de Burgos, 4 de octubre de 1918.

(Entre paréntesis, ¿les suena?) Sin embargo, también es cierto que: 1) Entonces se contaba con pocos instrumentos médicos o sociales para frenar la propagación de la pandemia (se probaron diversas vacunas, pero ninguna resultó eficaz); 2) Los índices de mortalidad eran en general mucho más elevados que los actuales (pre-pandemia), por lo que las muertes “prematuras” se asumían con más “resignación”; y 3) Aunque la pandemia se cebó (como suele suceder) con las clases desfavorecidas, las desigualdades eran menos notorias porque existían básicamente sólo dos clases, “la rica” y “la pobre”, con escasos estratos intermedios. Tal vez por todo ello la pandemia se vivenciara a nivel eminentemente individual y, una vez superada (se extinguió por sí sola, tras dos “oleadas” más), “todo el mundo” quisiera olvidarla como se olvidan otras catástrofes naturales (tampoco se ha escrito mucha literatura sobre huracanes o terremotos).

🌐 Las anteriores reflexiones las he elaborado sobre la marcha y soy consciente de que merecen un análisis bastante más profundo. 🌐

🟣 La actual pandemia es a todas luces distinta. Cierto que en su origen fue una catástrofe natural (al menos eso quiero seguir creyendo) y que de entrada pilló a gran parte del mundo por sorpresa. Sin embargo, aun antes de terminar el… confinamiento (iba a decir “primer confinamiento”, olvidando que este país es tan “estupendo” que sólo ha “necesitado” uno), se sabía ya cómo erradicarla confinamiento-rastreos-confinamiento, y de hecho algunos países lo han conseguido (China, Australia y Nueva Zelanda). Todo lo que ha venido después, por tanto, habría sido en gran medida evitable si la mayoría de los países (empezando por el nuestro) no hubiesen antepuesto los intereses económicos a los sanitarios. Por otra parte, ahora existen esas maravillas de la ciencia llamadas vacunas, cuya distribución, sin embargo, está siendo cuando menos chapucera y, en España, directamente injustificable en términos sanitarios (para no utilizar otros adjetivos, bastante más gruesos, que se me vienen a la cabeza). Sin contar que, en esta sociedad de sobresaturación informativa en la que vivimos, nos enteramos al minuto de cualquier novedad (al menos de aquellas que no se ocultan alevosamente) en cualquier parte del mundo, sobre todo del “primero”, que nos gusta pensar que es el nuestro. Lo cual, a su vez, muestra de manera palmaria las desigualdades socio-económicas y socio-sanitarias, tanto a nivel global como al interior de los países, en cuanto a su afectación y alivio, así como los privilegios que disfrutan, no ya sólo las clases acomodadas, como antaño, sino también determinados gremios laborales.

Por todo lo anterior, cabría pensar que las consecuencias (socio)psicológicas están siendo / serán bastante más devastadoras que las de la pandemia del siglo pasado: aunque se vivencien a nivel individual, están imbricadas con infinidad de cuestiones políticas, económicas, éticas y un largo etcétera… Y que la literatura estará ahí para plasmarlas.


🟣 Todo esto lo traigo a colación porque acabo de leer la primera novela ambientada en plena pandemia (la primera que ha llegado a mis manos… supongo que habrá algunas más), La Chasse (2021) de Bernard Minier. La novela, perteneciente a la serie policíaca del comandante Martin Servaz, se desarrolla entre finales de octubre y principios de noviembre de 2020, coincidiendo con el decreto del segundo confinamiento en Francia, que entró en vigor el 30 de octubre.

La novela en sí es estupenda, como casi todas las del autor (a quien, pese a la irritación que me provoca su uso hipermachista del lenguaje, sigo con entusiasmo), pero el tratamiento de la pandemia es totalmente superficial. Abundan las referencias a quiénes llevan o no mascarilla… aunque sin ningún tipo de juicio de valor respecto al segundo grupo (y, conforme avanza la trama, la voz narrativa se va olvidando del tema). Se recogen las quejas del gremio de la hostelería ante el nuevo cierre y la frustración de algunos personajes que echan de menos la vida nocturna. En cierto momento, Servaz se sorprende porque ha hecho un viaje de más de cien kilómetros en coche sin que lo parasen en ningún control (¿les suena de nuestros [presuntos] cierres perimetrales?).

PERO ESO ES TODO. En ningún momento ―y la novela tiene 480 páginas― se habla de muertes, hospitalizaciones o riesgos de contagio… cuando, a 30 de octubre de 2020, se contabilizaban en Francia 36.565 muertes por covid (www.europe1.fr). Y habría sido muy sencillo hacerlo, incluso sin necesidad de causarles tragedias a los personajes centrales (los habituales de la serie). Habría bastado con decir que algún personaje secundario perdió a una madre, a un hijo o a una pareja por covid, que alguno estuvo hospitalizado en algún momento anterior… o que está en cuarentena por contacto con una persona infectada… o que está autoconfinado por ser de riesgo. De hecho, el hijo de Servaz, Gustav, nació con una grave dolencia hepática, que superó gracias a un trasplante de hígado para el que su padre sirvió de donante. ¿No debería temer Servaz por él o por sí mismo (dado que en aquel momento le extirparon un cacho de hígado)? Y su pareja, Léa, que es pediatra, ¿no debería temer contagiarse en el hospital donde trabaja? (Sólo menciona de pasada que en el hospital la necesitan porque, aunque sean casos excepcionales, hay niñas y niños con covid, pero lo plantea como quien habla de la temporada de gripe.) Por otra parte, la única reflexión de carácter social o filosófico que le suscita la pandemia a Servaz es:

Époque de virus. Punitive, mortifère, purificatrice, qui avait trouvé son symbole : le masque. Posé comme un bâillon, comme le signe de reconnaissance d’une société muselée, hygiénisée, et aussi perdue aux abois.

“Época de virus. Punitiva, mortífera, purificadora, que había encontrado su símbolo: la mascarilla. Colocada como un bozal, como seña de identidad de una sociedad amordazada, higienizada, y también presa de la desesperación.” [Traducción propia] Bernard Minier, La Chasse (XO Éditions, 2021, cap. 1).

En una novela que incluye largos y certeros comentarios sobre la (in)justicia social, el abandono de las banlieues, la dicotomía justicia/venganza, las pulsiones fascistas dentro de la sociedad francesa, la citada reflexión resulta simplista, cuando no peligrosamente cercana al negacionismo.

Resumiendo: El autor podría haberse ahorrado la ambientación pandémica por completo. De hecho, su anterior novela (de 2020; publica una por año), La Vallée, se desarrolla dos años antes que La Chasse… con lo cual habría podido ubicar esta última en 2019 sin ningún problema. Mejor eso que abordar una tragedia de estas dimensiones centrándose sólo en lo accesorio.

Deduzco que Minier pertenece a ese ochenta por cierto de la población (me acabo de inventar el porcentaje… sobre la base de mis amistades y conocidas) a quien la pandemia sólo ha afectado en la medida de tener que ponerse una engorrosa mascarilla y limitar (y sólo hasta cierto punto) sus salidas y viajes. Sin embargo, es imposible que no conozca a nadie perteneciente al veinte por ciento restante, a quienes sencillamente “se nos ha roto la realidad” (tomo esta frase prestada de Juan José Millás). Deduzco, pues, que las demás personas le importamos un pimiento. Triste constatación… que me lleva a concluir que mi anterior afirmación sobre las devastadoras consecuencias socio-psicológicas de la pandemia es errónea tal “devastación” sólo nos afecta a las personas vulnerables por motivos de edad o salud y que, por tanto, no habrá una literatura que la plasme.


🟣 Y viene también a colación porque estoy desarrollando (de momento en mi cabeza) mi próxima novela, que va a ser la “transposición” a literatura de un guión de largometraje que escribí hace más de diez años. Transcurre en la época “actual”, que puede ser la de entonces, la de ahora o cualquiera intermedia. Es decir, la puedo fechar en 2017, por ejemplo, y obviar la pandemia, de tal modo que los personajes puedan reunirse en cafeterías y hacer viajes en coche por la Península (éstos serían los dos elementos ―superficiales― que tendría que cambiar para trasladarla al presente de 2021). Ahora bien, me parece imposible escribirla con la misma ligereza con que en su momento escribí el guión. Tampoco, aunque la protagonista no tiene nada que ver conmigo y mis conflictos, me veo capaz de diseñarla sin volcarle de algún modo las secuelas psicológicas, existenciales e ideológicas (sí, existe tal cosa como “secuelas ideológicas”) que la pandemia me está dejando (y más que me dejará). Y para ello tendré que buscar metáforas y alegorías varias. Porque el único modo de hacerlo de manera directa, sin hablar de la pandemia en presente ni de mí misma dentro de ella, sería situar la novela en un hipotético futuro post-pandemia, pero ésa sería una osadía en exceso optimista.

“La Plaza del Diamante” de Mercè Rodoreda en “Mujeres de Libros”

Me complace anunciar que en la próxima sesión del curso online “Mujeres de Libros” analizaremos La Plaza del Diamante (1962) de Mercè Rodoreda, una magnífica novela escrita en el exilio que muestra, a través del personaje de Natalia (“la Colometa”), la opresión de las mujeres de clase trabajadora en el marco de la Segunda República, la guerra civil y la primera posguerra.

Inscripción: jcruzf77@hotmail.com. (15 € por esta sesión; 30 € por las tres sesiones restantes)

Programa completo del curso: https://jcruzservicioslinguisticos.com/mujeres-de-libros/

Literatura y cine: Analogías entre la novela de autoficción y el “guión adaptado”

En un grupo de cine de Facebook alguien planteó la pregunta de qué tipo de guión tiene más “mérito”, el guión original o el guión adaptado, de acuerdo con las dos categorías que se establecen en el mundo de los galardones. Y, mientras pensaba en los respectivos méritos y dificultades de cada uno, se me ocurrió que existe una perfecta analogía con las categorías de ficción y autoficción en la novela.


🟣 Guión original / guión adaptado:

En mi opinión, no se pueden comparar valorativamente porque son dos géneros literarios (por así decir) muy distintos. El guión original tiene el mérito de ―valga la redundancia― la originalidad, ese valor tan preciado desde el romanticismo. Implica “inventar” la trama, los personajes, la estructura, los escenarios… en una palabra, todo. Y es difícil, por supuesto, muy difícil, como sabrá cualquiera que haya intentado escribir ficción, ya sea cinematográfica o literaria. Sin embargo, el guión adaptado tiene otro tipo de mérito: el de ser capaz de “traducir” a imágenes y diálogos orales lo que son “sólo” palabras escritas sobre el papel (pienso sobre todo en las adaptaciones de novelas). No hay que inventar propiamente ―la trama, los personajes, la estructura y los espacios (al menos en abstracto) ya están ahí―, pero existe la dificultad añadida de escribir con una especie de corsé. En un guión original, si en mitad del proceso el o la guionista encuentra una falla en un personaje o episodio, lo puede quitar sin más. En cambio, en un guión adaptado, no se pueden eliminar/añadir según qué cosas. Se trata de captar la “esencia” de la obra adaptada y ser fiel a ella, para lo cual hace falta, entre otras cosas, conocerla a fondo (labor de filóloga).

Voy a ilustrar lo que digo con La Regenta (1884-1885) de Leopoldo Alas, porque en algún momento realicé un análisis comparativo de las dos adaptaciones cinematográficas de la novela, la película de Gonzalo Suárez de 1974 y la serie de RTVE dirigida por Fernando Méndez-Leite en 1995. Se trata de una novela muy difícil de adaptar, no sólo por su extensión (entre ochocientas y mil páginas, según las ediciones), sino porque, como todas las novelas del realismo/naturalismo, pretende dar una imagen totalizadora de la España de la época. El primer paso para llevarla al cine consiste, pues, en seleccionar qué elementos/episodios conservar y cuáles omitir para “encorsetar” el todo en 90 (la película) o 300 (la serie) minutos de metraje.

En la película, como argumenté en mi mencionado análisis de 2004, se eliminan numerosos episodios y prácticamente una fase entera del proceso pendular de Ana Ozores, pero, aun así, es fiel a la “esencia”, en la medida en que reproduce muy bien las oscilaciones de la protagonista entre las trampas de la religión (el Magistral) y las del mito del amor romántico (Álvaro Mesía), así como el entramado sociopolítico de la Restauración. En cambio, aunque la serie de RTVE cuenta con doscientos minutos más para incorporar episodios adicionales de la novela (por ejemplo, uno fundamental omitido por Suárez, la procesión religiosa en la que participa Ana), y quizá porque el casting es absolutamente penoso, no le hace ninguna justicia a la obra y los personajes resultan inverosímiles (¿Carmelo Gómez como el retorcido Magistral, en serioooo?), caricaturescos (Víctor) o muy distintos a como los presenta Alas (Ana). De todos modos, lo que a ninguno de los guionistas se le habría ocurrido ―para poder seguir considerándola una adaptación de La Regenta― es eliminar la figura del Magistral (quizá el personaje más difícil de traducir audiovisualmente), la relación adúltera entre Ana y Álvaro (es, por definición, una novela de adulterio) o la escena del duelo entre Álvaro y Víctor.

🌐🌐 Antes de continuar, no puedo resistir la tentación de mencionar la adaptación de L’Élégance du hérisson (2006), de Muriel Barbery, realizada por Mona Achache en 2009 bajo el título de Le Hérisson, porque es posiblemente la mejor adaptación literaria que he visto nunca (la propia autora fue coguionista junto con la directora). Más allá de captar esa “esencia” de la que hablaba, tanto en relación con los personajes principales (Renée y Paloma) como con el medio burgués en que se desarrolla ―y que pretende denunciar Barbery―, la película “perpetra” una auténtica genialidad: “traducir” los textos que escribe Paloma en la novela a imágenes que graba en vídeo, con lo cual no existe disonancia alguna entre los dos lenguajes, el literario y el audiovisual… aunque el resultado sean dos obras distintas, por cuanto la adolescente Paloma ya no es una precoz y lúcida escritora, sino una precoz y lúcida “cineasta” (de ahí tal vez el pequeño cambio en el título). 🌐🌐


🟣 Ficción / autoficción:

Creo que no hace falta desarrollar aquí las dificultades para escribir una novela, pues, como ya señalé, son evidentes para cualquiera que haya escrito ―o incluso sólo intentado escribir― una, como también es evidente el mérito de lograrlo.

Lo que quizá no resulte tan evidente es la dificultad de escribir autoficción, que yo defino como cualquier autobiografía en forma novelada, por oposición a la autobiografía stricto sensu (“Me llamo Jacqueline, nací en…”), independientemente de si autora, narradora y protagonista comparten el mismo nombre, tal como exige el “pacto autobiográfico” según Philippe Lejeune. De hecho, el género tiende a ser minusvalorado y, por ello, no es casual que a menudo se “acuse” a las escritoras (mujeres) de hacer “mera” autobiografía (incluso cuando no es el caso), pese a que hay también numerosos escritores (hombres) que recurren a la propia biografía como germen de sus novelas.

La de la derecha no es la portada de la nueva novela, pero la imagen (tomada de Pixabay) me pareció bastante ilustrativa del contenido.

Yo he escrito una novela de cada tipo: Gajos de naranjas, ya publicada (en 2014), y otra, cuyo título por el momento me reservo, que estoy a punto de finalizar. En la primera todo es rigurosamente ficticio, mientras que la segunda es el relato autobiográfico, en forma novelada, de tres años muy oscuros de mi vida. Para la primera tuve que inventarme y desarrollar una trama, diseñar una protagonista y cuatro personajes secundarios (aparte de algunos figurantes), con sus respectivas biografías, elaborar una estructura y dosificar los distintos episodios en espacio y tiempo. Me llevó dos años hacerlo (con alguna reescritura posterior) y no diré que fue todo coser y cantar (entre otras cosas porque no sé coser 😂), pero la disfruté enormemente. Todo estaba en mi cabeza y, por tanto, todo era modificable hasta lograr lo que me había propuesto.

Para la de autoficción, en cambio, tenía de entrada todos los ingredientes: la trama, la protagonista (yo, aunque le haya dado otro nombre), los personajes secundarios y terciarios, los escenarios, el desarrollo lineal… Incluso, al tratarse de una etapa muy concreta de mi vida (y no de toda ella), tenía ya el planteamiento/nudo/desenlace. Eso era lo “fácil”. Todo lo demás fue sudor neuronal y (debido al contenido) lágrimas, muchas lágrimas. (Cuando la publique, explicaré en más detalle el tortuoso proceso.) Al igual que ocurre con los guiones adaptados, tuve que decidir qué episodios incluir (eso sí, con más libertad para omitir, añadir o modificar/tergiversar algunos), cómo darles sentido novelesco, cómo dosificar la información, cómo “rediseñar” los personajes secundarios para preservar ―esto es fundamental― su identidad o, por lo menos, su intimidad, y cómo conseguir, además, que el todo resultase verosímil (la realidad no siempre es verosímil; la literatura debe serlo siempre)… con el corsé, en este caso no de otro texto, sino de esa misma realidad. Por otra parte, del mismo modo que hay pasajes de una novela “intraducibles” al cine (sensaciones, monólogos interiores en plan fluir de conciencia, etc.), en la vida real hay experiencias que, por su elevada carga emocional, son difícilmente traducibles a palabras (aquí es donde entran las lágrimas).


Claro que… Se me ocurre que tal vez toda la disquisición anterior no sea más que una simple coartada para autodarme palmaditas en la espalda, ya que esta semana releí la novela después de cuatro meses en reposo e, independientemente de la calidad que pueda tener a ojos de quien la lea (ésa es otra: si siempre es difícil juzgar la propia obra con “objetividad”, en el caso de la autoficción lo es más aún porque una está entramada toda entera ahí dentro), me ha parecido una auténtica proeza haberla escrito, casi más que si alguien me hubiese pedido un guión adaptado de La Regenta o L’Élégance du hérisson.

“Nada” de Carmen Laforet en “Mujeres de Libros”

Me complace anunciar que en la próxima sesión del curso online “Mujeres de Libros” analizaremos “Nada” (1944), la novela revelación de una jovencísima Carmen Laforet que sacudió el mortecino panorama literario de la primera posguerra y sirvió de inspiración para muchas otras escritoras españolas.

Inscripción: jcruzf77@hotmail.com (15 euros por esta sesión; 45 euros por las cuatro sesiones restantes).

Programa completo del curso: https://jcruzservicioslinguisticos.com/mujeres-de-libros/

Sugerencias mínimas para utilizar lenguaje inclusivo (feminista) en tus textos

Como he señalado ya en varias entradas de este blog (aquí, aquí y aquí), lo que no se nombra no existe y, tal como están estructuradas las normas del castellano, las mujeres no existimos, ya que el género masculino se considera universal y el femenino sólo particular.

Esto es algo que me ha perturbado desde jovencita, desde mucho antes de que fuera un “tema” dentro del feminismo. Allá por 1990, cuando cursaba mi doctorado en la UCLA, presenté un trabajo de fin de curso para una clase de lingüística en el que hacía una serie de propuestas para evitar el masculino genérico… unas propuestas que, ejem, ahora no suscribiría. El profesor, un señor bastante mayor, se burló de mí, pero aun así me dio una A (sobresaliente) porque lo consideró bien argumentado.

Poco después, al escribir mi tesis doctoral Marginalidad y subversión: Emeterio Gutiérrez Albelo y la vanguardia canaria (que presenté en 1993), como entonces era muy modesta y “hablaba” en primera persona del plural (esa modestia la desterré muy pronto, para asumir mis opiniones en primera persona del singular), decía nosotras… y me cabreó muchísimo que, cuando me la publicaron en forma de libro, me cambiaran el pronombre a nosotros… porque, si algo tengo claro en esta vida, es que todas las YO somos mujeres.

Con los años, y aunque seguí utilizando el masculino genérico como los dioses (es decir, la rancia RAE) mandan en los textos académicos, me fui atreviendo a incluir algunas arrobas y algunos “-os/as”, para darnos aunque fuese una mínima visibilidad, mientras en otros medios (Facebook, Whatsapp) recurría constantemente a las arrobas.

El primer gran paso hacia mi uso actual de un lenguaje puramente inclusivo (que, valgan la redundancia y la paradoja, incluye también femeninos genéricos, como habrán observado quienes siguen este blog) tuvo lugar hace tres años, cuando me ofrecí para colaborar con la plataforma Traductoras para la Abolición de la Prostitución. Una de las normas era utilizar sólo lenguaje inclusivo, sin arrobas ni duplicaciones. Pensé que resultaría dificilísimo, pero no lo fue tanto. Hay que pensar un poco, sí, es menos cómodo que soltar masculinos genéricos a tutiplén, pero muy factible. Desde entonces, he publicado de esa manera un artículo académico sobre cine de ocho mil palabras en la revista Film-Història (en este caso me vi obligada a usar alguna duplicación, como “la directora y el director“, en referencia a una de las películas analizadas) y he escrito una novela (todavía inédita).

En la última década (o quizá desde un poco antes), numerosos organismos y entidades, públicas y privadas, han elaborado guías con recomendaciones para el uso de lenguaje inclusivo. También quiero citar el imprescindible libro de María Martín Ni por favor ni por favora: Cómo hablar con lenguaje inclusivo sin que se note (demasiado), que contiene un “manual de uso práctico”. (Recomiendo el libro con entusiasmo: su lectura no sólo te resultará útil, sino que te proporcionará muchas carcajadas, algo muy necesario en los tiempos oscuros que corren.)

Mi intención aquí es darte algunas sugerencias básicas para utilizar lenguaje inclusivo dentro de la norma (de la RAnciE). Como señalé, cada vez utilizo con más frecuencia el femenino genérico, así como ciertos femeninos proscritos por la venerable institución (miembra, testiga…). Ahora bien, si eres escritora novel o estás preparando tu Trabajo de Fin de Máster, no te aconsejo que me imites.


🟣 Aun siendo lenguaje inclusivo, evita las terminaciones “-os/as” y “-es/as“, las arrobas y las equis.

Las terminaciones “-os/as” y “-es/as” (en realidad, por aquello del orden alfabético, deberían escribirse “-as/os” y “-as/es“), como en italianos/as o escritores/as, fueron el primer instrumento lingüístico para visibilizarnos y, por tanto, de gran utilidad. Posteriormente (no he podido precisar la fecha; si alguien la sabe, le agradeceré el dato), surgió el hallazgo de la arroba (@), que para el castellano funciona estupendamente, porque engloba la o y la a (aunque habría que puntualizar que la a está dentro de la o): ell@s. Y, más tarde aún, el uso de la equis o el asterisco en lugar de la terminación de género: ellxs o ell*s.

Sin embargo, hay un motivo práctico para evitarlas: resultaría casi imposible leer un texto largo lleno de arrobas, equis u “-os/as“, porque en castellano no sólo se generizan los sustantivos, sino también los artículos, los adjetivos, los pronombres, los participios… y es preciso mantener la concordancia, es decir, usar la misma terminación en todos. Sin embargo, existe otro motivo de carácter ético que descubrí hace poco: los convertidores de texto a voz, imprescindibles, por ejemplo, para las personas ciegas, no pueden descifrarlas.

🟣 Nunca utilices el hombre o los hombres para referirte a hombres y mujeres.

Estos usos nos invisibilizan más que cualquier masculino genérico porque equiparan al varón con la especie entera, con lo cual borran absolutamente (sin justificaciones gramaticales que valgan) a nuestro sexo. Usa siempre el ser humano, los seres humanos, las personas o la humanidad.

🟣 Sólo hay una cosa peor que el masculino genérico plural: el masculino genérico singular.

El uso del plural nos invisibiliza a las mujeres, pero, mediante un ejercicio de imaginación, puedo entender que estoy incluida cuando se habla de los españoles, los escritores o los profesores. Ahora bien, cuando oigo o leo el autor, el cliente o el arrendatario, directamente no me veo. Evita, por tanto, ese singular genérico, bien convirtiéndolo en plural (incluso masculino… si no tienes más remedio), bien mediante duplicación: el autor o autora, el lector o la lectora, etc.

🟣 Evita por completo las palabras para las que la RAE no admite femenino.

Me refiero a palabras como miembro o testigo. Yo las feminizo, pero, de nuevo, mi intención con esta entrada no es que te criminalicen por decir miembra, como le ocurrió a Bibiana Aído, Ministra de Igualdad con Rodríguez Zapatero, quien tuvo que disculparse públicamente por ello. (¿Alguna vez oyeron disculparse a Rajoy cuando masacraba el idioma con frases como “Somos mucho españoles” o “Somos sentimientos y tenemos seres humanos”?) En lugar de miembro, puedes utilizar integrante. Para testigo, “la cosa” se complica. En un contexto jurídico, se puede utilizar declarante (otra posibilidad es atestiguante, pero el diccionario de La Venerable no la recoge). En el sentido de “persona que presencia o adquiere directo o verdadero conocimiento de algo” (DLE, 2020), es más fácil: basta con decir presencié, observé o cualquier otro sinónimo, en lugar de fui testigo de.

🌐🌐 Se preguntarán por qué la RAE no admite estos femeninos, cuando, al contrario que en el caso de ciertas profesiones que las mujeres han tardado en ocupar, y para las que tampoco lo admite (pilota, soldada…), toda la vida ha habido miembras y testigas de algo. Una brillante explicación que leí en la época de Aído (lamentablemente, no recuerdo de quién) fue que a los señoros les molesta la feminización de miembro, porque piensan en una de sus otras acepciones: el órgano genital masculino. Y hoy, casualmente, mientras buscaba la definición exacta de testigo, me encontré con que la acepción número 8 es… ¡testículo! Resuelto el misterio, pues. 🌐🌐

Respecto a las profesiones para las que la RAnciE tampoco admite femenino, el problema se puede resolver mediante algunas de las herramientas siguientes.

🟣 Recursos para sortear el masculino genérico.

Siempre que sea posible, utiliza sustantivos colectivos.

Éste es quizá el recurso más fácil y el que señalan todas las guías.

  • Nacionalidades: la población (española, italiana, japonesa…), la ciudadanía
  • Grupos etarios: la infancia, la juventud, la adultez o edad adulta, la tercera edad
  • Colectivos sociales: el gobierno, el alumnado, el profesorado, el empresariado, el proletariado (me permito seguir siendo marxista)… Siguiendo este modelo, yo he acuñado el autonomado (personas que trabajamos por cuenta propia), aunque por el momento no lo he visto en ningún sitio.
  • Profesiones: la judicatura, la abogacía, la clase política, el personal de limpieza, el personal de vuelo (aquí entrarían las pilotas aeronáuticas), el gremio médico
  • Otros grupos: la familia, el vecindario, la comunidad, el público (lector o espectador), la audiencia, el elenco (de actores y actrices)

De esta manera se pueden englobar casi todas las profesiones o personas pertenecientes a determinado grupo. El problema es el casi. Por ejemplo, no existe un buen modo de nombrar a escritores y escritoras. No se puede “colectivizar” a una asociación que nos represente llamándola “de la escritura“, porque esto no necesariamente se refiere al oficio de escribir (libros), ni “de la escribanía“, porque éste es un oficio distinto. Tampoco valdría el gremio literario, porque éste incluye también a editoriales, distribuidoras, librerías, personas que ejercemos la crítica ídem… Y no se me ocurren más adjetivos, porque tanto gremio escriturario como gremio escribidor suenan un tanto grotescos (el segundo, además, me hace pensar en el inefable Vargas Llosa). En este caso, no queda más remedio que desdoblar: escritoras y escritores o los y las escritoras (prefiero esta última forma, porque nos da más visibilidad) o utilizar una larga perífrasis (ver abajo): quienes se dedican al oficio de la escritura. Lo mismo ocurre con autor y autora, aunque en ciertos contextos se puede utilizar autoría (por ejemplo, derechos de autoría).

Otro “conjunto” al que no le encuentro solución es los padres, cuando se refiere a una madre y un padre (y no dos madres o dos padres). Cuando se trata de una mención puntual, basta con desdoblar, como han hecho las antiguas APAs, hoy AMPAs, Asociaciones de Madres y Padres de… Alumnos (ups, como que al final se olvidaron de la inclusividad). Pero, cuando se repite varias veces, es engorroso leer los padres y las madres o mi madre y mi padre. No sirve la (modejna) propuesta queer de usar progenitor/a/as/es porque progenitor es masculino. Yo a veces acorto con m/padres, pero… De nuevo, con la RAE hemos topado (aparte de que acarrearía la misma dificultad lectora que señalé antes para las arrobas). Acepto sugerencias 😉.

Utiliza perífrasis.

La más fácil y cómoda consiste en utilizar quienes: quienes lean este libro (en lugar de los lectores, aunque, como ya señalé, también se puede usar el colectivo público), quienes tengan previsto viajar (en lugar de los viajeros)... La otra opción, un poco más larga, es utilizar las personas que (lean este libro, etc.).

Siempre que sea posible, utiliza sustantivos y adjetivos epicenos.

Éstas son palabras iguales en sus formas femenina y masculina y nos evitan tanto la “colectivización” como las perífrasis: estudiantes en lugar de alumnas/os, docentes en lugar de profesoras/es, amistades en lugar de amigas/os, integrantes, como ya mencioné, en lugar de miembras/os, pacientes en lugar de enfermas/os, mayores en lugar de ancianas/os (aparte de que la palabra anciana/o no me gusta nada), intérpretes en lugar de actores y actrices, etc.

Lo mismo es válido para los adjetivos calificativos, aunque no siempre podamos encontrar sinónimos estrictos, sobre todo en los textos literarios, donde tan importante es la precisión: responsables en lugar de aplicadas/os, diferentes en lugar de distintas/os, amables en lugar de atentas/os, incompetentes en lugar de ineptas/os…

El problema surge cuando hay que anteponer un artículo determinado o indeterminado, porque éstos están forzosamente generizados. No podemos decir, por ejemplo, “Estudiantes responsables sacan mejores notas”, así, sin el artículo (suena a mala traducción del inglés). En esos casos es preciso, o bien buscar el modo de elidir el artículo, o bien recurrir, como arriba, a las perífrasis: quienes son responsables sacan mejores notas en los estudios.

Evita los participios generizados.

1) Cuando funcionan como sustantivos, por ejemplo, los afectados, basta con introducir la palabra personas (las personas afectadas). También se pueden buscar sustantivos epicenos que signifiquen lo mismo (en este caso, podría funcionar las víctimas) o, incluso, sustantivos abstractos, por ejemplo en el caso de esas horribles cifras con las que nos bombardean a diario desde hace un año: muertes en lugar de muertos o fallecidos.

2) Cuando forman parte de una oración pasiva, basta con reformularla: por ejemplo, sufrieron represalias en lugar de fueron represaliados; tienen la obligación en lugar de están obligados

Mezcla masculinos y femeninos genéricos.

Sospecho (en realidad, sé) que la RAE no lo aprueba, pero resulta menos “flagrante” que utilizar puros femeninos genéricos, como me gusta hacer a mí. Esto es especialmente útil en el caso de las enumeraciones: por ejemplo, “A la reunión acudieron ministras, alcaldes, diputadas y senadores”. Eso sí: evita endosarles el femenino sólo a las profesiones o cargos subordinados. Estoy harta de leer por ahí “médicos y enfermeras“, algo que también vulnera las normas de la RAE (desde el momento en que haya un solo enfermero, es obligatorio el plural masculino), pero a nadie le molesta… ¿Por qué? ¿Porque la enfermería sigue siendo una profesión mayoritariamente femenina? No exactamente, puesto que la de médica también empieza a serlo. Es un modo de mantener las jerarquías, tan importantes dentro del gremio sanitario. (Otro ejemplo de manual es “pilotos y azafatas“.)

Existen más herramientas, pero éstas son las más sencillas. Quizá en algún momento dedique otra entrada a este tema.


🌐🌐 Podría argumentarse que estos usos inclusivos que propongo tampoco otorgan visibilidad a las mujeres como tales. Cierto, pero… En primer lugar, es infinitamente mejor englobarnos en un término neutro (el profesorado, la ciudadanía) que estar subsumidas dentro del masculino (los profesores, los ciudadanos). En el primer caso, yo “veo” a mujeres y hombres; en el segundo, sólo veo a hombres. Por otra parte, como estos recursos no siempre funcionan ―ya analicé el caso de escritoras y escritores―, siempre va a haber alguna duplicación que nos visibilice. De todos modos, para mí la mejor receta contra la invisibilidad sigue siendo la de nombrar todo (o mucho) en femenino. Y quiero creer que llegará el día en que, cuando alguien lea todas, no asuma que se refiere a un grupo sólo de mujeres, del mismo modo que todos no siempre se refiere a un grupo sólo de hombres. ¿No dice la propia RAE que el contexto aclara cualquier posible ambigüedad acerca de si un masculino es literal o genérico? Pues eso. 🌐🌐


Nota: Habrá quien se pregunte por qué no he incluido la terminación “-es” (como, por ejemplo, en todes) dentro del lenguaje inclusivo, junto con las arrobas, las equis y los asteriscos. La respuesta es sencilla: no lo considero lenguaje inclusivo. Antes bien, lo considero un neolenguaje excluyente que pretende distinguir entre quienes se consideran no binaries (la modejnidad superguay a tope) y quienes seguimos pensando que todas las personas (salvo un minúsculo porcentaje de personas intersexuales, el cual oscila, según diversas fuentes, entre un 0,05% y un 1,7% de la población) somos mujeres u hombres, independientemente de que nos amoldemos o no a los roles y estereotipos que culturalmente se nos han asignado a unas y otros. Porque, en el fondo, ese presunto no-binarismo encierra un nuevo binarismo: el que se establece entre “elles” y nosotras/nosotros… sobre todo nosotras.

Por eso también he añadido, en el título, el “apellido” feminista a lenguaje inclusivo: para distinguirlo del “lenguaje inclusivo” espurio del que habla el movimiento transgenerista, y que es todo lo contrario de inclusivo, pues nos borra a las mujeres de uno de los pocos “huecos” que teníamos en el lenguaje machista, como “hembras de la especie humana, es decir, en lo anatómico-fisiológico (ahora somos personas menstruantes o personas gestantes que producimos leche pectoral). Dicho movimiento ya nos usurpó, distorsionándola, la palabra género y ahora pretende apropiarse también del lenguaje inclusivo por el que algunas llevamos tantos años luchando. Y que también podría llamarse binario (lo acabo de acuñar), porque dos son los géneros gramaticales (en castellano existe también un género neutro, pero, al contrario que en alemán, por ejemplo, su uso es muy limitado) y dos son los sexos (salvo en el caso de las personas intersexuales mencionadas arriba).

“A mí no me iba a pasar” de Laura Freixas en “Mujeres de Libros”

Me complace anunciar que en la próxima sesión del curso online “Mujeres de Libros” analizaremos “A mí no me iba a pasar” (2019) de Laura Freixas, una excelente autobiografía en la que la autora se cuestiona, desde una perspectiva abiertamente feminista, las decisiones que la llevaron a asumir, en una época, los roles sexuales que siempre rechazó.

Inscripción: jcruzf77@hotmail.com. (15 € por esta sesión; 60 € por las cinco sesiones restantes)

Programa completo del curso: https://jcruzservicioslinguisticos.com/mujeres-de-libros/

Sugerencias mínimas para la corrección de tus propios textos (II): Textos académicos y de no ficción

En una entrada reciente presenté unas sugerencias mínimas para la autocorrección de textos válidas para textos tanto literarios como académicos, pues se centraban en aspectos puramente lingüísticos. En ésta añadiré algunas más que deben tomarse en cuenta para los textos académicos y de no ficción en general.


1. Repaso de las sugerencias generales.

Los siguientes son los puntos básicos que expuse en mi anterior entrada y que siguen siendo aplicables:

  • Cuida la presentación visual.
  • Usa el corrector de Word.
  • Desactiva el separador de palabras al final de la línea.
  • Verifica todo aquello sobre lo que tengas dudas.
  • En la duda, reformula.
  • Antes de entregar el texto, cambia la fuente y el espaciado de los párrafos, imprímelo y reléelo.
  • Haz una última lectura en voz alta.

2. Sugerencias específicas para textos académicos.

2.1. Verifica todo, verifica siempre.

En mi anterior entrada sugería que verifiques todo aquello sobre lo que tengas dudas a nivel lingüístico, porque dudar es sano. Sin embargo, en un texto académico debes ir un paso más allá y verificar todos los datos expuestos (fechas, nombres propios de personas, lugares u organizaciones, títulos de obras artísticas, términos o fórmulas científicas)… incluso cuando estés (casi) segura de ellos, porque la memoria nos juega a veces malas pasadas. Y, aunque desde luego no lo recomiendo como fuente para la investigación, a la hora de verificar datos que ya conoces, suele bastar con un vistazo en Google o la Wikipedia.

Aquí es donde lo académico diverge de lo literario. Por ejemplo, si en una novela incluyes un dato erróneo ―”En 1982, cuando el golpe de Tejero…” (fue en 1981); “Me encanta la Toscana, sobre todo Roma” (Roma está en el Lazio); “El virus de la tuberculosis estaba haciendo estragos” (es una bacteria); “Su ópera favorita era Tosca de Verdi” (es de Puccini)―, ello no tiene por qué afectar a la calidad del conjunto, salvo que se trate de una novela histórica (en el primer caso), se desarrolle en Italia (en el segundo) o sus protagonistas sean médicas o músicas (en los dos últimos). Una parte del público lector no se dará cuenta y otra parte atribuirá el error a un despiste o a algún teclazo mal dado, y, en todo caso, valorará el texto por sus méritos literarios. (Iba a poner un ejemplo de error literario, pero no: si eres escritora, no puedes confundir títulos o autoras.) En cambio, ese mismo error en un texto académico, aunque no trate sobre ese tema específico, te hará perder credibilidad como ensayista/académica.

2.2. Todo lo que no es cita es plagio.

Citar y referenciar todas las ideas que hayas tomado de otras fuentes es esencial en el trabajo académico, y en ello difiere también del literario. Abro paréntesis:

🟣🟣 Ojo, con ello no quiero decir que en una obra literaria puedas copiar y pegar alegremente pasajes enteros de otra como si fuesen tuyos (eso sí constituye plagio), pero la “apropiación” de palabras o incluso frases o versos de otros textos es parte integral de la literatura. Somos en gran medida los libros que hemos leído, las canciones que hemos escuchado, las películas que hemos visto, y todo eso se vuelca, a veces incluso inconscientemente, en lo que escribimos. Aparte, la intertextualidad (el diálogo que una obra entabla con otra u otras anteriores, ya sea como homenaje, como parodia o como simple guiño) es un elemento sumamente enriquecedor. Aclaro que estoy hablando aquí de las “leyes de la literatura“, las cuales no siempre coinciden con las leyes del mundo jurídico. Con las cada vez más estrictas leyes de propiedad intelectual, deberás citar y referenciar todo lo que no sea tuyo y, además, pedir autorización para reproducir lo que esté sujeto a derechos de autoría. Personalmente, opino que ello perjudica a la literatura, porque presupone darle todo “masticadito” al público lector. ¿Realmente es necesario que, si se me ocurre decir de un paisaje que “era verde, de un verde intenso, verde que te quiero verde…”, ponga una nota al pie indicando que la última parte es un verso del “Romance sonámbulo” de Lorca? ¿No se presupone que cualquier lectora hispanohablante medianamente culta captará la referencia? Si la capta, ¿podrá pensar siquiera remotamente que pretendo hacer pasar por mío ese verso archiconocido? Y, si no lo hace, ¿realmente es tan importante que la instruya sobre ello? ¿Cómo establezco una relación de complicidad con el público si se lo explicito todo? Como escritora yo misma, además de traductora, soy la primera interesada en que se respete la propiedad intelectual, pero creo que en la literatura hay una amplia zona gris… y no tengo muy claro (aún) cómo resolver el dilema. 🟣🟣

Hecha esta digresión… En el trabajo académico es imprescindible citar. De hecho, cuanto más cites, sobre todo si eres todavía estudiante o acabas de recibir tu doctorado, mejor, porque se te exige demostrar que has leído todo-todo-todo lo que se ha publicado sobre ese tema hasta la fecha. (Todavía recuerdo el caso de una antigua alumna de mi universidad a la que denegaron la admisión en un programa de doctorado con el único argumento de que su tesina de Máster tenía sólo dos páginas de bibliografía. ¿Habían leído la tesina? Sospecho que no: también en el mundillo académico se confunde a veces cantidad con calidad.) Evidentemente, tu trabajo no puede ser sólo una ensalada de citas. Tiene que aportar algo original y las citas sirven para apoyar tus ideas, incluso ―o sobre todo― cuando las refutas (las citas, no tus ideas 😉 ).

Ahora bien, hay que desarrollar una cierta intuición (y experiencia) para determinar qué y cómo citar. No es necesario referenciar datos que pertenecen al dominio público de tu disciplina. En mis tiempos de profesora, a veces recibía trabajos en los que las alumnas ponían las fechas de nacimiento y muerte de un autor o autora, e indicaban dónde habían obtenido la información (por lo general Wikipedia), lo cual era a todas luces superfluo. Por dar una norma sencilla: podemos considerar “de dominio público” el tipo de datos que encontramos en enciclopedias o libros de introducción a determinada materia: fechas, nombres, definiciones de conceptos básicos, etcétera.

Otra cuestión es cómo. Lo ideal es alternar las citas textuales con paráfrasis o medias paráfrasis (en las que parafraseas el concepto, citando textualmente sólo una palabra o varias). Y aquí entra de nuevo la obsesión con la verificación: debes asegurarte de que la porción entre comillas esté copiada textualmente. Si contiene una errata o error, debes poner “[sic]” (así, entre corchetes), para dejar claro que el error no es tuyo. (El sic también se puede utilizar con intenciones irónicas, pero ése es otro tema.) Si modificas mayúsculas, minúsculas o terminaciones de palabras para garantizar la fluidez y/o concordancia de la frase, debes indicar esos cambios entre corchetes. Si omites una parte, debes señalarlo con puntos suspensivos entre paréntesis, entre corchetes o espaciados, dependiendo del formato de citación que utilices.

Eso sí: una vez citado o parafraseado el concepto, has de indicar la fuente e incluirla en la bibliografía siguiendo alguno de los formatos establecidos para ello (ver sección siguiente). No hace mucho me topé con un libro que contenía largas citas entre comillas pero sin referencia alguna. Cuando se lo advertí a la autora, me dijo: “Bah, son sólo enciclopedias”. Pues bien, en ese caso, se trataría de conocimientos “de dominio público” y, por tanto, le habría bastado con parafrasear… pero supongo que le pareció más expeditivo copiar y pegar.

Y, antes de poner punto final al texto, puesto que la mayoría de las bibliografías incluyen sólo las obras citadas, deberás volver al principio y asegurarte de que todas las citas tengan la referencia bibliográfica correspondiente y viceversa, que todas las obras citadas en efecto estén citadas en el texto.

2.3. Coherencia en las citaciones y la bibliografía.

En mi anterior entrada hablaba de coherencia en relación con la ortografía (cuando hay más de una opción correcta) y los nombres propios. En un texto académico, hay que cuidar también la coherencia en la terminología científica (de la disciplina que sea), pero la más difícil de cumplir es la de las citaciones y la bibliografía.

Normalmente las revistas académicas, los volúmenes editados y las editoriales exigen un formato determinado: MLA (Modern Language Association), APA (American Psychological Association), Chicago A o B, Vancouver, etcétera, (no) casualmente todos provenientes del mundo académico estadounidense. Éste es un intrincado laberinto en el que deberás aprender a moverte. (Y, aunque no es mi intención desanimarte, una vez que lo hayas aprendido, lo cambiarán y tendrás que reaprenderlo… Por mencionar sólo dos de ellos, el de la APA va por la séptima edición y el de la MLA por la octava. Quienes idean estos formatos se parecen un poco a la RAE, dictatoriales y altamente volubles… lo que, por cierto, no está desligado de intereses pecuniarios, pues cada nueva edición genera nuevos ingresos.) Deberás aprenderte las normas de ese formato, ajustarte a ellas y… la coherencia surgirá por sí sola.

Ahora bien, si no se te exige ningún formato concreto, deberás elegirlo tú, y puede ser uno de esta lista (en alguna entrada futura hablaré de las ventajas e inconvenientes de cada uno) o uno diseñado por ti. En cualquier caso, tendrás que respetarlo siempre. Por ejemplo, si optas por el MLA (mi favorito, pues es el más sintético e intuitivo), donde las citaciones parentéticas básicas (obra de una sola autora de la cual sólo citas una) tienen la forma “(Cruz 325)“, no podrás combinarlo con el APA (el más pesadillesco, que no recomiendo salvo bajo pena de cárcel o destierro… aunque menos que el Chicago A, con sus notas al pie y su sopa de letras latinas del tipo op. cit. e ibid., con toda la maraña de cursivas, abreviaturas y puntuación que ello conlleva), cuya forma sería “(Cruz, 2014, p. 325)“.

Lo mismo es válido para la bibliografía o listado de obras citadas. Elijas el formato que elijas, debes ser coherente en todas las entradas: que todas tengan exactamente el mismo formato dependiendo del tipo de texto del que se trate (hay normas específicas para libros enteros, para capítulos de libros, para artículos de revistas, para páginas de Internet, para material audiovisual…). Y, cuando la hayas elaborado, debes leerla y releerla y volver a (re)leerla varias veces más, puesto que, entre tantas mayúsculas y minúsculas, cursivas y redondas, comillas, puntos, comas, dos puntos, paréntesis… es muy fácil que se cuelen erratas.

Y, como se diría en inglés, on that happy note… ¡A autocorregir(te)! 😊

La manipulación ideológica del lenguaje en torno a la pandemia de covid-19

No es la primera vez que menciono en este blog que el lenguaje no es “inocente”. Que no sólo nos sirve para nombrar y describir la realidad, sino que también (tal vez incluso en primer lugar) contribuye a construirla. Como dije ya en mi entrada inaugural, a propósito del lenguaje inclusivo, lo que no se nombra no existe (en ese caso las mujeres). Ahora añadiría que lo que se nombra “mal”, se conceptualiza y valora erróneamente… y por lo general ese error es inducido por el poder (o los poderes).

En esta entrada voy a hablar del uso manipulador de tres palabras que pertenecen al mismo campo semántico de los fenómenos naturales y de cómo ese uso afecta a dos “fenómenos” sociales de muy distinta naturaleza (valga la redundancia) y en sentidos completamente opuestos: las migraciones del Sur al Norte, cuya presunta “amenaza” se magnifica, y la pandemia de coronavirus, cuya amenaza ―muy real en este caso― se minimiza.


🟣 Empecemos por las migraciones:

La avalancha de pateras en Canarias dispara la inmigración ilegal en España

ABC.es, 17 de noviembre de 2020, https://www.abc.es/espana/abci-avalancha-pateras-canarias-dispara-inmigracion-ilegal-espana-202011171306_noticia.html?ref=https:%2F%2Fwww.google.es%2F

Evidentemente, la palabra avalancha se utiliza aquí en un sentido metafórico. En su sentido literal, según el Diccionario de la lengua española de la RAE, avalancha es alud. Y, si buscamos alud, el mismo diccionario nos dice que es “Gran masa de nieve que se derrumba de los montes con violencia y estrépito” (el subrayado es mío) y, en su acepción figurada, “Masa grande de una materia que se desprende por una vertiente, precipitándose por ella”, es decir, lo mismo, sólo que sin limitarse a la nieve. Pues bien, en ningún caso puedo imaginarme barcos “precipitándose” por una “vertiente” (a menos que seamos terraplanistas y pensemos que caerán al vacío al llegar a algún Finis Terrae).

Las implicaciones ideológicas son muy claras: La llegada de migrantes es un fenómeno natural, violento y… mortífero (como los aludes que sepultan a alpinistas imprudentes). Y también muy fáciles de desmontar: 1) La migración no es violenta. Que se sepa (y, si hubiese ocurrido, se sabría), ninguna patera ha desembarcado en nuestras costas con gente armada con ametralladoras. 2) No es mortífera (salvo para quienes arriesgan la vida, y a menudo la pierden, montándose en una frágil barquita… pero no es a esto a lo que se refieren). Al contrario, nuestro neoliberalismo salvaje necesita a esa población migrante para mantenerse y medrar. La migración “irregular” permite pagar salarios de miseria a quienes forman parte de ella, pero también a la población autóctona, y el único efecto llamada es el del propio empresariado de los países del Norte. Y 3) No es natural. Con ello no quiero decir que esté organizada (aunque existen numerosas mafias dedicadas al tráfico de personas), sino que no ocurre por causas accidentales y aleatorias: ocurre debido a la desigualdad estructural entre los países del Norte y del Sur.

En otros casos se utiliza la palabra oleada:

España en tensión por oleada de migrantes a costas canarias

telesurtv.net, 16 de noviembre de 2020, https://www.telesurtv.net/news/espana-tension-oleada-migrantes-costas-canarias-20201116-0023.html

¿Y qué es una oleada, según nuestro sapientísimo DLE? 1. “Embate y golpe de una ola” (el subrayado es mío: nuevamente la idea de violencia y destrucción). 2. “Movimiento impetuoso de mucha gente apiñada.” (¿Gente apiñada? Desde luego, la que viaja en las pateras… y cuyo apiñamiento es parcialmente responsable de los naufragios que sufren. ¿Pero “movimiento impetuoso”? Francamente, lo que yo suelo ver en las imágenes es a grupos de personas al borde de la muerte.) Y sigue una acepción en sentido figurado: 3. “Aparición repentina de algo en gran cantidad. Una oleada de atracos.” (El ejemplo es del propio diccionario y nuevamente remite a la delincuencia y la violencia.)

La intencionalidad que rige este vocabulario es evidente: crear en el subconsciente del público lector o de la audiencia la impresión de que las personas migrantes constituyen una seria amenaza, lo cual fomenta el racismo y la xenofobia, y de paso oculta el hecho de que es promovida desde los mismos poderes que pretenden asustarnos con ella.


🟣 Y, ahora, el segundo “fenómeno”: la actual pandemia de covid-19. Llevamos meses y meses (desde que acabó el confinamiento de primavera) hablando de sucesivas olas (no sólo en castellano: en todos los idiomas que domino o conozco se utiliza el mismo término, con idénticas connotaciones). Según la terminología al uso, hubo una primera ola, la de primavera; una segunda ola, en otoño; y ahora estamos en plena tercera ola. De hecho, en cuanto acabó la primera (que en su momento no recibió este nombre), se empezó a “predecir” la segunda y, cuando ésta no estaba controlada aún, ya se anunciaba la tercera.

Así se dispara una tercera ola que ya supera los peores datos de la segunda

elpais.com, 15 de enero de 2020, https://elpais.com/sociedad/2021-01-14/la-tercera-ola-crece-desde-antes-de-navidad-ya-triplica-los-contagios-y-duplica-los-ingresos.html

¿Cuáles son las implicaciones lingüísticas de la palabra ola? Volvamos al DLE. 1. “Onda de gran amplitud que se forma en la superficie de las aguas.” 2. “Fenómeno atmosférico que produce variación repentina en la temperatura de un lugar. Ola de calor, ola de frío.” Luego el diccionario nos remite a oleada: al movimiento impetuoso de gente apiñada y a la aparición repentina de algo, y esto último lo ejemplifica con “ola de gripe”.

En las dos primeras acepciones se está hablando de fenómenos naturales. El primero, las olas del mar, inocuo e incluso agradable: nos hace pensar en niñas y niños jugando con ellas y en surfistas cabalgándolas (cuando son peligrosas se suele hablar de oleaje y se suele añadir, además, algún adjetivo como fuerte). El segundo, el “fenómeno atmosférico”, desagradable, pero también imprevisible. Sabemos que el recrudecimiento de las olas tanto de frío como de calor de (sobre todo) la última década está motivado por el cambio climático, el cual, a su vez, es consecuencia de las actividades humanas. Pero, aun así, dichas olas se producen de manera accidental y aleatoria, e, incluso antes del actual cambio climático, siempre las hubo.

¿Realmente se pueden comparar los sucesivos períodos de aumento incontrolado de contagios y muertes por covid con sucesivas olas? Curiosamente, la única que podría encajar en la descripción de “fenómeno natural sobrevenido” sería la primera, pero entonces no se llamaba así. En un principio fue una epidemia y, poco después, una pandemia. Es posible que el gobierno chino haya ocultado datos, que los gobiernos europeos hayan actuado con demora, etcétera, pero su “advenimiento” puede justificarse por el hecho de que tanto el virus como la magnitud de sus consecuencias eran desconocidos.

Hasta donde recuerdo (y he seguido la prensa minuciosamente desde marzo), no se empezó a usar el término hasta la (chapucera) “desescalada” de junio, cuando empezó a hablarse de la posibilidad de una segunda ola en otoño… aunque ya entonces la viróloga Margarita del Val advirtió de que, si la población y los gobiernos no se tomaban “la cosa” en serio, la segunda ola podía surgir ya en julio… Y así fue, aunque “nadie” lo reconoció hasta octubre.

Es posible que no hubiera motivos espurios detrás del uso original de la palabra, sino que se eligiera por analogía con las olas de gripe, que suelen producirse en otoño e invierno, pese a que ya se sabía que este virus no tiene carácter estacional. Desde entonces, sin embargo, la reiteración de la palabrita y los verbos que la acompañan evidencian el esfuerzo por ocultar que, de naturales, en el sentido de inevitables, estas “olas” posteriores no tienen nada. Que, de haberse mantenido limitaciones razonables a la movilidad y a las aglomeraciones, quizá los contagios hubieran repuntado un poco en otoño (como consecuencia del mayor uso de espacios cerrados), pero no con la virulencia con que lo hicieron… y menos aún con la virulencia actual.

Con la desescalada (otro eufemismo engañoso porque, más que una reducción gradual de las limitaciones, fue ―por seguir con el vocabulario deportivo― un salto de trampolín… a una piscina vacía) se empezó a incitar a la población a llenar las terrazas y los bares, y a viajar-viajar-viajar para preservar el sacrosanto monocultivo del turismo: de nuevo el neoliberalismo salvaje como instigador de los “fenómenos” y su manipulación interesada. Y los contagios y las muertes fueron escalando, hasta que por fin se reconoció que “había llegado” la tan anunciada segunda ola… como si en realidad no se la hubiese invitado. Como solía bromear mi padre cuando se ponía una botella de vino en la mesa, “No vino, lo trajeron“. Unas tímidas medidas la frenaron, aunque sin que en ningún momento se recuperasen los niveles de junio. Y empezó la campaña “Salvar la Navidad”: cero limitaciones y muchas recomendaciones que, como confesó recientemente el inefable Fernando Simón, los gobiernos sabían que no se cumplirían.

Y, pasadas las (mal llamadas) fiestas (que se salvaron, sí, ¿pero a costa de cuántas vidas?), la previsible tercera ola. Vuelvo a llamar la atención sobre el titular citado arriba. Se dispara, con ese impersonal que quita toda responsabilidad a individuos y gobiernos… como si fuese una inevitable “onda sobre la superficie de las aguas”. Y no, no se ha disparado: la han disparado (me excluyo porque yo llevo diez meses autoconfinada) entre los gobiernos incompetentes (prefiero pensar que es incompetencia; la alternativa es demasiado espeluznante) y la población irresponsable. En una sociedad infantilizada e insolidaria como la nuestra la gente sólo responde a las imposiciones y las prohibiciones. Y ningún gobierno (ni el central ni los autonómicos) estuvieron por la labor. Más que una ola, lo que estamos padeciendo ahora es un tsunami, pero no de esos que se producen como resultado de un terremoto (y por tanto natural), sino del tipo provocado por la detonación de una bomba nuclear (y por tanto intencional). Y, encima, durante más de una semana los distintos gobiernos se dedicaron a ver llover los cadáveres (sorry, se me están contagiando las metáforas meteorológicas) antes de comenzar a aplicar parches… pero en ningún caso las medidas drásticas necesarias para doblegar la curva, es decir, un confinamiento domiciliario estricto. Doblegar la curva, otra expresión digna de análisis. Según el DLE, doblegar es “Hacer a alguien que desista de un propósito y se preste a otro”. Vaya, un poco enrevesada la definición… Los sinónimos someter o subyugar me parecen bastante más expresivos. Porque lo que ese doblegar viene a decir es que las olas “llegan” por sí solas, pero luego son vencidas “gracias a” los ímprobos esfuerzos de los mismos gobiernos que les han dado “vía libre”, cuando no directamente promovido. Y en realidad es al revés: las olas son convocadas y se doblegan solas en cuanto se limitan las ocasiones de contagio.


No deja de ser curioso que, al contrario que en el tema de las migraciones, no se hable ni de oleadas ni de avalanchas: puestas a escoger, estas dos palabras tienen las connotaciones de violencia y destrucción que la migración no conlleva pero el covid sí (ya sé que la RAE dictamina que se utilice el femenino, pero yo me tomo la libertad de desobedecerla): ¿o les parece poca destrucción las más de 54.000 muertes de las cifras oficiales (y que el Instituto Nacional de Estadística cifra para 2020, es decir, sin contar esta última “ola”, en 80.000)? Obviando el hecho de que la migración no es ni violenta ni destructiva (salvo para quienes la protagonizan) y centrándonos sólo en las cifras, ¿cuántas personas formaron parte de la presunta avalancha de migrantes en Canarias mencionada arriba, una de las más nutridas que se recuerda? Según RTVE, 8.157 en un mes (https://www.rtve.es/noticias/20201203/noviembre-marca-record-llegadas-migrantes-canarias-mes-8157/2059128.shtml). ¿Y cuántas personas se contagian de covid cada día? Ayer, 19 de enero, fueron 41.576. ¿Y cuántas mueren? Ayer, 454.

Me pregunto cuántos contagios y muertes son “aceptables” para los gobiernos antes de que se decidan a poner diques efectivos, también llamados rompeolas, para frenarlas.

“Memoria de la melancolía” de María Teresa León en “Mujeres de Libros”

Me complace anunciar que en la próxima sesión del curso online “Mujeres de Libros” analizaremos “Memoria de la melancolía” (1970) de María Teresa León, la autobiografía de una magnífica escritora perteneciente al grupo actualmente llamado de “Las Sinsombrero” (la generación “femenina” del 27) que, pese a sus indudables méritos, estuvo siempre a la sombra de su pareja (a quien, por justicia poética, me abstengo de nombrar 😉).

Inscripción: jcruzf77@hotmail.com. (15 € por esta sesión; 70 € por las seis sesiones restantes)

Programa completo del curso: https://jcruzservicioslinguisticos.com/mujeres-de-libros/