“La función Delta” de Rosa Montero en “Mujeres de Libros”

Me complace anunciar que en la próxima (y, sniffff, última… por ahora) sesión del curso online “Mujeres de Libros” analizaremos La función Delta (1981) de Rosa Montero, una excelente novela que combina el análisis de la situación de las mujeres en el primer posfranquismo con la desoladora visión de un futuro mundo distópico.

Inscripción: jcruzf77@hotmail.com. (15 € por esta sesión)

Programa completo del curso: https://jcruzservicioslinguisticos.com/mujeres-de-libros/

“La voz dormida” de Dulce Chacón en “Mujeres de Libros”

Me complace anunciar que en la próxima sesión del curso online “Mujeres de Libros” analizaremos La voz dormida (2002) de Dulce Chacón, una novela imprescindible para la recuperación de la memoria histórica de las mujeres durante la guerra civil y el franquismo.

Inscripción: jcruzf77@hotmail.com. (15 € por esta sesión; 20 € por las dos sesiones restantes)

Programa completo del curso: https://jcruzservicioslinguisticos.com/mujeres-de-libros/

“O sabor das margaridas” (T1): Un alegato demoledor contra el sistema prostituyente

🌐 Preámbulo: Empecé a escribir esta entrada hace unas semanas, después de rever (sí, yo reveo películas y series del mismo modo que releo libros) la Temporada 1 y antes de ver la recién estrenada Temporada 2. La decepción con ésta fue tan grande que llegué a dudar de mi valoración de la primera y decidí no terminar mi análisis. Sin embargo, tras leer este breve artículo de BarbiJaputa que ensalza la serie, y que concuerda con mi opinión de que “el corte abolicionista es claro“, he cambiado de idea. Eso sí: limitándome a la T1, pues, al contrario que a ella, la T2 me parece absolutamente fallida a todos los niveles: el guión resulta inverosímil desde el principio (a excepción del hecho, nada sorprendente, de que los puteros importantes desenmascarados al final de la T1 hayan quedado impunes), las interpretaciones ―por ello mismo― son mediocres, hay sobreabundancia de paisajes espectaculares que no aportan nada al conjunto e incluso detecto cierta recreación en la misma violencia que se propone denunciar. 🌐

En entradas anteriores he analizado obras literarias y audiovisuales, todas casualmente de género policíaco, en las que el mensaje ideológico estaba, bien “metido con calzador” (La Nena de Carmen Mola), bien demasiado “discurseado” (Más que cuerpos de Susana Martín Gijón), o bien presentado de manera contraproducente (la serie brasileña Bom dia, Verônica). Hoy, en cambio, quiero hablar de una serie gallega, O sabor das margaridas, dirigida por Miguel Conde, en cuya primera temporada (2018) el “mensaje” ideológico abolicionista se presenta sin chirridos y sin fisuras. (Intentaré ilustrarlo sin destriparla del todo.)

O sabor das margaridas contiene todos los ingredientes propios de una buena serie policíaca: diversos sospechosos (masculino literal, pues las desaparecidas/asesinadas son mujeres jóvenes), pistas falsas, vueltas de tuerca y sorpresas de última hora, todo muy bien dosificado, con algunas estupendas interpretaciones y escenarios sencillos típicos de un pequeño pueblo gallego. Llama también la atención que los personajes principales son bastante “redondos”, sin el maniqueísmo (“buenos y malos”) que tanto abunda en este género.

El argumento no resulta en principio demasiado original: Rosa Vargas, una teniente de la Guardia Civil de A Coruña llega al pequeño pueblo de Murías para investigar la desaparición de una joven, Marta Labrada, y pronto descubrirá que al menos once mujeres han sido asesinadas en los últimos diez años, así como la relación de algunas de ellas con el puticlub Pétalos. Y esto da pie a un análisis demoledor del sistema prostituyente en su conjunto.

En una serie donde “nada es lo que parece”, lo único que sí es lo que parece es la explotación que sufren las mujeres prostituidas, tanto las que son víctimas de trata como las que (oficialmente) no lo son. Al contrario que en otras series o películas donde se retrata la prostitución, ésta no es glamurizada en ningún momento. El final del primer episodio da la impresión de que irá por ese derrotero, cuando vemos una habitación decorada al estilo puticlub, pero limpia y ordenada, y a una joven muy sensual. Sin embargo, el hecho de que el putero (me niego a llamarlo cliente) que le asignan sea un tipo muy “raro” (sólo quiere “mirar”, dice, y tiene pinta de psicópata) y la luz rojiza que ilumina la secuencia desmontan esa primera impresión. Y, en episodios posteriores, cada vez que la vemos, en silencio total ante este tipo (marido y padre de familia siempre pulcramente vestido con traje y corbata), se halla temblando literalmente de miedo, pues él le venda los ojos y le recorre el cuerpo, casi sin tocarlo, con un cuchillo. Estas escenas (a una por episodio) son heladoras, sobre todo por el contraste entre la elegancia hierática de la mujer (no llegamos a saber su nombre) y la mirada y los gestos pervertidos del putero.

De hecho, percibimos una dualidad similar desde los títulos de crédito, que muestran, entre objetos del mundo policial, imágenes desdobladas de fragmentos de cuerpos femeninos en poses sensuales y objetos fetiche de los puteros (como unos altísimos zapatos rojos con lentejuelas), todas ellas atravesadas por unas cuerdas rojas (las mismas utilizadas por Rosa para esquematizar la investigación en una pared de la comisaría) que metaforizan claramente el encarcelamiento físico y psicológico al que se hallan sometidas las mujeres.

En las escenas que se desarrollan en el salón-bar vemos a las mujeres prostituidas en plan sexy, por supuesto, pero su conducta no verbal y sus gestos y comentarios cuando no están a la vista del proxeneta, Vidal, expresan todo lo contrario. Llegamos a conocer un poco de la vida de algunas de ellas: Samanta, que ya sólo se encarga del bar, pero en determinado momento se ve obligada a dejarse violar (no hay otra palabra) por dos niñatos que se burlan porque mantiene una relación “amorosa” con un hombre del pueblo, Xabier; Vivi, una mujer de aspecto aniñado que “vive”, valga la paradójica redundancia, con miedo perpetuo y sale llorando de todos sus encuentros con uno de los puteros; y sobre todo Pamela (interpretada por una espléndida Nerea Barros), que se hace pasar por mexicana porque a los puteros les gustan “exóticas”, pero es gallega y se llama Ana. En Pamela/Ana (otra dualidad) vemos la transformación física entre el objeto que “seduce” para ser violado (amarga paradoja) y su cuerpo y rostro reales. En el puticlub lleva una peluca pelirroja y es guapa y sensual; cuando está fuera, en cambio, lleva el pelo (negro) despeinado y parece más vieja. Su doble rostro/cuerpo queda también patente en una escena en la que el proxeneta le pide “un servicio”: de pie frente a él o sentada en sus rodillas (él está en una silla de ruedas), se contonea y susurra de manera “lasciva”, pero cada vez que se da la vuelta su rostro expresa un profundo terror.

Sin embargo, como ella misma confiesa, no puede escapar de esa vida. Su desolación es tal que, al final de uno de sus encuentros con Rosa (en los que ésta finge ser una “clienta” lesbiana) para intercambiar información, le pregunta si quiere sexo. “No. No es lo mío”, le responde Rosa. “Tampoco es lo mío”, dice Ana, “pero me parece que lo pasaríamos bien. Y eso no es algo habitual por aquí” (episodio 4; cito por los subtítulos en castellano, porque, habiendo estudiado formalmente portugués, mi dominio del gallego escrito es limitado). Esto sugiere que su trato con los puteros es tan enajenante que, cuando por una vez se siente valorada y capaz de ayudar a alguien, su primer impulso es ofrecer lo único que posee: su cuerpo. (Más tarde veremos que ofrecerá más, mucho más.)

Sin embargo, otras mujeres prostituidas están en una situación todavía peor: las que son llevadas, traficadas y/o menores (“Los clientes pagan muy bien por estrenarlas”, dice Ana), a las fiestas que “celebran” personalidades importantes, unas fiestas salvajes (sexo en grupo, violaciones simuladas, sadomaso, etc.) en las que en más de una ocasión ha muerto alguna (sólo en la T2 se desvelará exactamente cómo se desarrollan). Pero, ojo, contrariamente a lo que dirían algunos, las del puticlub tampoco están protegidas, pues dos de ellas son asesinadas a lo largo de la trama.

Sólo hay una mujer que ejerce la prostitución “libremente” (libre de la trata y del puticlub), por así decir: Marta Labrada. Sin embargo, no lo hace, como querrían hacernos creer los ―y, lamentablemente, las, que también las hay― “regulacionistas”, como un simple “trabajo” análogo al que ya tiene en la gasolinera del pueblo, sino porque confía en que, con el chantaje que les hace a los puteros, podrá sacar a su hermano de la cárcel. Pero de nuevo: el hecho de que la “desaparezcan” no se debe a que vaya por libre, sino a que comete el error de chantajear a una personalidad importante (que hasta la T2 no sabremos quién es, aunque en el fondo da igual).

Cuando todo sale por fin a la luz, uno de los culpables (prometí no destripar) es preguntado: “¿Quién mató a esas chicas?” Y aquí surge el único “discursito” que chirría un poco porque, en mi opinión al menos (pero tal vez no en la del público en general), es innecesario por redundante:

Todos. Todos tenemos alguna parte de culpa. Los que organizan esas fiestas, los que van a ese club, vecinos, compañeros de trabajo, gente con la que te cruzas cada día. ¿Cómo murieron? Un cliente violento pasado de coca, ajustes de cuentas, sobredosis, suicidios… Lo único que importa es que nadie se da cuenta de que faltan. […] Es un negocio que mueve mucha pasta […]. Y no desaparecerá mientras haya clientes y gente sin escrúpulos dispuesta a darles lo que buscan.

(Episodio 6)

A la connivencia del pueblo, por cierto, ya había aludido anteriormente Miguel, un profesor de instituto pedófilo, y uno de los puteros chantajeados por Marta, cuando dice que él evitaba ir al puticlub porque le daba “pudor” encontrarse con los padres de sus alumnas: “Pura hipocresía por parte de todos, sí” (episodio 2). En todo caso, el hecho de que esas mujeres hayan sido asesinadas por “todos”, y no por el típico asesino en serie psicópata y solitario de tantísimas obras policíacas, constituye otro de los logros de O sabor das margaridas.

Si lo que vamos conociendo a lo largo de la serie es desolador, el final lo es aún más. Vemos en primer plano un periódico con un gran titular: “A Garda Civil desmartella unha rede de explotación sexual de menores responsable da morte de 11 mulleres”. Quien lee el periódico es Vivi, a quien el nuevo proxeneta del puticlub llama para ser violada por un nuevo putero. En resumen: las redes no tienen ―ni tendrán― fin… al menos mientras ese tipo de “clubes” sigan siendo legales… y, como señaló el cómplice citado arriba, mientras siga habiendo depredadores dispuestos a pagar por explotar los cuerpos de las mujeres.

¿Es posible escribir durante la pandemia de COVID-19… sin hablar de la pandemia?

Allá por el verano planteé una pregunta similar en un grupo de escritoras y escritores de Facebook. Similar, porque entonces, ingenua de mí, la planteé como “¿Se podrá escribir después de la pandemia…? Sí, ingenua, porque han pasado ocho meses y, no sólo continúa la pandemia, sino que yo, personalmente, continúo en la misma situación de (auto)confinamiento (y ya van… 57 semanas)… y sin esperanzas de que ello cambie en ningún futuro abarcable con la ilusión.

En aquel momento recibí todo tipo de respuestas, desde quienes opinaban que sería inevitable hablar de la pandemia en cualquier obra ambientada en el presente hasta quienes señalaban que históricamente las epidemias han dado lugar a poca literatura y, por tanto, sería perfectamente aceptable obviarla, pasando por quienes habían hecho modificaciones a obras en curso, bien para incorporarla, bien para sortearla.

🟣 Confieso que nunca me había detenido a pensar en la escasez de literatura sobre epidemias concretas (sí las hay de tipo alegórico, como La peste [1947] de Albert Camus o Ensayo sobre la ceguera [1995] de José Saramago). Y llama sobre todo la atención que la última pandemia análoga a la que nos azota, la de la (mal llamada) gripe española de 1918-1920, no diera lugar a ninguna novela digna de mención… ni siquiera, hasta donde sé, indigna de mención, pese a que se estima que provocó más de cuarenta millones de muertes a nivel mundial. (Sobre ella conozco una sola obra: un episodio de la serie de RTVE El Ministerio del Tiempo, por supuesto muy posterior a los hechos [2016].)

¿Por qué?, me pregunto. ¿Tal vez porque aquélla fue una catástrofe natural y, por tanto, poco “relevante” en el contexto de los horrores, de origen muy (in)humano, provocados por la Primera Guerra Mundial? Cierto que hubo ocultación por parte de EEUU, donde surgió, y del resto de los países en guerra; de ahí la designación “gripe española”: la prensa de nuestro país fue la única que informó extensamente sobre ella. También es cierto que hubo retrasos en la adopción de medidas preventivas por parte de las autoridades y comportamientos irresponsables entre la población. Así, un bando publicado por el Gobierno Civil de Burgos en 1918 proclamaba:

[V]uelvo á reiterar á los que todavía no estén convencidos del grave peligro que esto encierra, que se abstengan terminantemente de celebrar dichas fiestas ó reuniones… Por tanto, estoy resuelto á castigar duramente, como ya se ha hecho en algún caso, a los incumplidores de esta disposición.

Boletín Oficial Extraordinario de la Provincia de Burgos, 4 de octubre de 1918.

(Entre paréntesis, ¿les suena?) Sin embargo, también es cierto que: 1) Entonces se contaba con pocos instrumentos médicos o sociales para frenar la propagación de la pandemia (se probaron diversas vacunas, pero ninguna resultó eficaz); 2) Los índices de mortalidad eran en general mucho más elevados que los actuales (pre-pandemia), por lo que las muertes “prematuras” se asumían con más “resignación”; y 3) Aunque la pandemia se cebó (como suele suceder) con las clases desfavorecidas, las desigualdades eran menos notorias porque existían básicamente sólo dos clases, “la rica” y “la pobre”, con escasos estratos intermedios. Tal vez por todo ello la pandemia se vivenciara a nivel eminentemente individual y, una vez superada (se extinguió por sí sola, tras dos “oleadas” más), “todo el mundo” quisiera olvidarla como se olvidan otras catástrofes naturales (tampoco se ha escrito mucha literatura sobre huracanes o terremotos).

🌐 Las anteriores reflexiones las he elaborado sobre la marcha y soy consciente de que merecen un análisis bastante más profundo. 🌐

🟣 La actual pandemia es a todas luces distinta. Cierto que en su origen fue una catástrofe natural (al menos eso quiero seguir creyendo) y que de entrada pilló a gran parte del mundo por sorpresa. Sin embargo, aun antes de terminar el… confinamiento (iba a decir “primer confinamiento”, olvidando que este país es tan “estupendo” que sólo ha “necesitado” uno), se sabía ya cómo erradicarla confinamiento-rastreos-confinamiento, y de hecho algunos países lo han conseguido (China, Australia y Nueva Zelanda). Todo lo que ha venido después, por tanto, habría sido en gran medida evitable si la mayoría de los países (empezando por el nuestro) no hubiesen antepuesto los intereses económicos a los sanitarios. Por otra parte, ahora existen esas maravillas de la ciencia llamadas vacunas, cuya distribución, sin embargo, está siendo cuando menos chapucera y, en España, directamente injustificable en términos sanitarios (para no utilizar otros adjetivos, bastante más gruesos, que se me vienen a la cabeza). Sin contar que, en esta sociedad de sobresaturación informativa en la que vivimos, nos enteramos al minuto de cualquier novedad (al menos de aquellas que no se ocultan alevosamente) en cualquier parte del mundo, sobre todo del “primero”, que nos gusta pensar que es el nuestro. Lo cual, a su vez, muestra de manera palmaria las desigualdades socio-económicas y socio-sanitarias, tanto a nivel global como al interior de los países, en cuanto a su afectación y alivio, así como los privilegios que disfrutan, no ya sólo las clases acomodadas, como antaño, sino también determinados gremios laborales.

Por todo lo anterior, cabría pensar que las consecuencias (socio)psicológicas están siendo / serán bastante más devastadoras que las de la pandemia del siglo pasado: aunque se vivencien a nivel individual, están imbricadas con infinidad de cuestiones políticas, económicas, éticas y un largo etcétera… Y que la literatura estará ahí para plasmarlas.


🟣 Todo esto lo traigo a colación porque acabo de leer la primera novela ambientada en plena pandemia (la primera que ha llegado a mis manos… supongo que habrá algunas más), La Chasse (2021) de Bernard Minier. La novela, perteneciente a la serie policíaca del comandante Martin Servaz, se desarrolla entre finales de octubre y principios de noviembre de 2020, coincidiendo con el decreto del segundo confinamiento en Francia, que entró en vigor el 30 de octubre.

La novela en sí es estupenda, como casi todas las del autor (a quien, pese a la irritación que me provoca su uso hipermachista del lenguaje, sigo con entusiasmo), pero el tratamiento de la pandemia es totalmente superficial. Abundan las referencias a quiénes llevan o no mascarilla… aunque sin ningún tipo de juicio de valor respecto al segundo grupo (y, conforme avanza la trama, la voz narrativa se va olvidando del tema). Se recogen las quejas del gremio de la hostelería ante el nuevo cierre y la frustración de algunos personajes que echan de menos la vida nocturna. En cierto momento, Servaz se sorprende porque ha hecho un viaje de más de cien kilómetros en coche sin que lo parasen en ningún control (¿les suena de nuestros [presuntos] cierres perimetrales?).

PERO ESO ES TODO. En ningún momento ―y la novela tiene 480 páginas― se habla de muertes, hospitalizaciones o riesgos de contagio… cuando, a 30 de octubre de 2020, se contabilizaban en Francia 36.565 muertes por covid (www.europe1.fr). Y habría sido muy sencillo hacerlo, incluso sin necesidad de causarles tragedias a los personajes centrales (los habituales de la serie). Habría bastado con decir que algún personaje secundario perdió a una madre, a un hijo o a una pareja por covid, que alguno estuvo hospitalizado en algún momento anterior… o que está en cuarentena por contacto con una persona infectada… o que está autoconfinado por ser de riesgo. De hecho, el hijo de Servaz, Gustav, nació con una grave dolencia hepática, que superó gracias a un trasplante de hígado para el que su padre sirvió de donante. ¿No debería temer Servaz por él o por sí mismo (dado que en aquel momento le extirparon un cacho de hígado)? Y su pareja, Léa, que es pediatra, ¿no debería temer contagiarse en el hospital donde trabaja? (Sólo menciona de pasada que en el hospital la necesitan porque, aunque sean casos excepcionales, hay niñas y niños con covid, pero lo plantea como quien habla de la temporada de gripe.) Por otra parte, la única reflexión de carácter social o filosófico que le suscita la pandemia a Servaz es:

Époque de virus. Punitive, mortifère, purificatrice, qui avait trouvé son symbole : le masque. Posé comme un bâillon, comme le signe de reconnaissance d’une société muselée, hygiénisée, et aussi perdue aux abois.

“Época de virus. Punitiva, mortífera, purificadora, que había encontrado su símbolo: la mascarilla. Colocada como un bozal, como seña de identidad de una sociedad amordazada, higienizada, y también presa de la desesperación.” [Traducción propia] Bernard Minier, La Chasse (XO Éditions, 2021, cap. 1).

En una novela que incluye largos y certeros comentarios sobre la (in)justicia social, el abandono de las banlieues, la dicotomía justicia/venganza, las pulsiones fascistas dentro de la sociedad francesa, la citada reflexión resulta simplista, cuando no peligrosamente cercana al negacionismo.

Resumiendo: El autor podría haberse ahorrado la ambientación pandémica por completo. De hecho, su anterior novela (de 2020; publica una por año), La Vallée, se desarrolla dos años antes que La Chasse… con lo cual habría podido ubicar esta última en 2019 sin ningún problema. Mejor eso que abordar una tragedia de estas dimensiones centrándose sólo en lo accesorio.

Deduzco que Minier pertenece a ese ochenta por cierto de la población (me acabo de inventar el porcentaje… sobre la base de mis amistades y conocidas) a quien la pandemia sólo ha afectado en la medida de tener que ponerse una engorrosa mascarilla y limitar (y sólo hasta cierto punto) sus salidas y viajes. Sin embargo, es imposible que no conozca a nadie perteneciente al veinte por ciento restante, a quienes sencillamente “se nos ha roto la realidad” (tomo esta frase prestada de Juan José Millás). Deduzco, pues, que las demás personas le importamos un pimiento. Triste constatación… que me lleva a concluir que mi anterior afirmación sobre las devastadoras consecuencias socio-psicológicas de la pandemia es errónea tal “devastación” sólo nos afecta a las personas vulnerables por motivos de edad o salud y que, por tanto, no habrá una literatura que la plasme.


🟣 Y viene también a colación porque estoy desarrollando (de momento en mi cabeza) mi próxima novela, que va a ser la “transposición” a literatura de un guión de largometraje que escribí hace más de diez años. Transcurre en la época “actual”, que puede ser la de entonces, la de ahora o cualquiera intermedia. Es decir, la puedo fechar en 2017, por ejemplo, y obviar la pandemia, de tal modo que los personajes puedan reunirse en cafeterías y hacer viajes en coche por la Península (éstos serían los dos elementos ―superficiales― que tendría que cambiar para trasladarla al presente de 2021). Ahora bien, me parece imposible escribirla con la misma ligereza con que en su momento escribí el guión. Tampoco, aunque la protagonista no tiene nada que ver conmigo y mis conflictos, me veo capaz de diseñarla sin volcarle de algún modo las secuelas psicológicas, existenciales e ideológicas (sí, existe tal cosa como “secuelas ideológicas”) que la pandemia me está dejando (y más que me dejará). Y para ello tendré que buscar metáforas y alegorías varias. Porque el único modo de hacerlo de manera directa, sin hablar de la pandemia en presente ni de mí misma dentro de ella, sería situar la novela en un hipotético futuro post-pandemia, pero ésa sería una osadía en exceso optimista.

“La Plaza del Diamante” de Mercè Rodoreda en “Mujeres de Libros”

Me complace anunciar que en la próxima sesión del curso online “Mujeres de Libros” analizaremos La Plaza del Diamante (1962) de Mercè Rodoreda, una magnífica novela escrita en el exilio que muestra, a través del personaje de Natalia (“la Colometa”), la opresión de las mujeres de clase trabajadora en el marco de la Segunda República, la guerra civil y la primera posguerra.

Inscripción: jcruzf77@hotmail.com. (15 € por esta sesión; 30 € por las tres sesiones restantes)

Programa completo del curso: https://jcruzservicioslinguisticos.com/mujeres-de-libros/

Literatura y cine: Analogías entre la novela de autoficción y el “guión adaptado”

En un grupo de cine de Facebook alguien planteó la pregunta de qué tipo de guión tiene más “mérito”, el guión original o el guión adaptado, de acuerdo con las dos categorías que se establecen en el mundo de los galardones. Y, mientras pensaba en los respectivos méritos y dificultades de cada uno, se me ocurrió que existe una perfecta analogía con las categorías de ficción y autoficción en la novela.


🟣 Guión original / guión adaptado:

En mi opinión, no se pueden comparar valorativamente porque son dos géneros literarios (por así decir) muy distintos. El guión original tiene el mérito de ―valga la redundancia― la originalidad, ese valor tan preciado desde el romanticismo. Implica “inventar” la trama, los personajes, la estructura, los escenarios… en una palabra, todo. Y es difícil, por supuesto, muy difícil, como sabrá cualquiera que haya intentado escribir ficción, ya sea cinematográfica o literaria. Sin embargo, el guión adaptado tiene otro tipo de mérito: el de ser capaz de “traducir” a imágenes y diálogos orales lo que son “sólo” palabras escritas sobre el papel (pienso sobre todo en las adaptaciones de novelas). No hay que inventar propiamente ―la trama, los personajes, la estructura y los espacios (al menos en abstracto) ya están ahí―, pero existe la dificultad añadida de escribir con una especie de corsé. En un guión original, si en mitad del proceso el o la guionista encuentra una falla en un personaje o episodio, lo puede quitar sin más. En cambio, en un guión adaptado, no se pueden eliminar/añadir según qué cosas. Se trata de captar la “esencia” de la obra adaptada y ser fiel a ella, para lo cual hace falta, entre otras cosas, conocerla a fondo (labor de filóloga).

Voy a ilustrar lo que digo con La Regenta (1884-1885) de Leopoldo Alas, porque en algún momento realicé un análisis comparativo de las dos adaptaciones cinematográficas de la novela, la película de Gonzalo Suárez de 1974 y la serie de RTVE dirigida por Fernando Méndez-Leite en 1995. Se trata de una novela muy difícil de adaptar, no sólo por su extensión (entre ochocientas y mil páginas, según las ediciones), sino porque, como todas las novelas del realismo/naturalismo, pretende dar una imagen totalizadora de la España de la época. El primer paso para llevarla al cine consiste, pues, en seleccionar qué elementos/episodios conservar y cuáles omitir para “encorsetar” el todo en 90 (la película) o 300 (la serie) minutos de metraje.

En la película, como argumenté en mi mencionado análisis de 2004, se eliminan numerosos episodios y prácticamente una fase entera del proceso pendular de Ana Ozores, pero, aun así, es fiel a la “esencia”, en la medida en que reproduce muy bien las oscilaciones de la protagonista entre las trampas de la religión (el Magistral) y las del mito del amor romántico (Álvaro Mesía), así como el entramado sociopolítico de la Restauración. En cambio, aunque la serie de RTVE cuenta con doscientos minutos más para incorporar episodios adicionales de la novela (por ejemplo, uno fundamental omitido por Suárez, la procesión religiosa en la que participa Ana), y quizá porque el casting es absolutamente penoso, no le hace ninguna justicia a la obra y los personajes resultan inverosímiles (¿Carmelo Gómez como el retorcido Magistral, en serioooo?), caricaturescos (Víctor) o muy distintos a como los presenta Alas (Ana). De todos modos, lo que a ninguno de los guionistas se le habría ocurrido ―para poder seguir considerándola una adaptación de La Regenta― es eliminar la figura del Magistral (quizá el personaje más difícil de traducir audiovisualmente), la relación adúltera entre Ana y Álvaro (es, por definición, una novela de adulterio) o la escena del duelo entre Álvaro y Víctor.

🌐🌐 Antes de continuar, no puedo resistir la tentación de mencionar la adaptación de L’Élégance du hérisson (2006), de Muriel Barbery, realizada por Mona Achache en 2009 bajo el título de Le Hérisson, porque es posiblemente la mejor adaptación literaria que he visto nunca (la propia autora fue coguionista junto con la directora). Más allá de captar esa “esencia” de la que hablaba, tanto en relación con los personajes principales (Renée y Paloma) como con el medio burgués en que se desarrolla ―y que pretende denunciar Barbery―, la película “perpetra” una auténtica genialidad: “traducir” los textos que escribe Paloma en la novela a imágenes que graba en vídeo, con lo cual no existe disonancia alguna entre los dos lenguajes, el literario y el audiovisual… aunque el resultado sean dos obras distintas, por cuanto la adolescente Paloma ya no es una precoz y lúcida escritora, sino una precoz y lúcida “cineasta” (de ahí tal vez el pequeño cambio en el título). 🌐🌐


🟣 Ficción / autoficción:

Creo que no hace falta desarrollar aquí las dificultades para escribir una novela, pues, como ya señalé, son evidentes para cualquiera que haya escrito ―o incluso sólo intentado escribir― una, como también es evidente el mérito de lograrlo.

Lo que quizá no resulte tan evidente es la dificultad de escribir autoficción, que yo defino como cualquier autobiografía en forma novelada, por oposición a la autobiografía stricto sensu (“Me llamo Jacqueline, nací en…”), independientemente de si autora, narradora y protagonista comparten el mismo nombre, tal como exige el “pacto autobiográfico” según Philippe Lejeune. De hecho, el género tiende a ser minusvalorado y, por ello, no es casual que a menudo se “acuse” a las escritoras (mujeres) de hacer “mera” autobiografía (incluso cuando no es el caso), pese a que hay también numerosos escritores (hombres) que recurren a la propia biografía como germen de sus novelas.

La de la derecha no es la portada de la nueva novela, pero la imagen (tomada de Pixabay) me pareció bastante ilustrativa del contenido.

Yo he escrito una novela de cada tipo: Gajos de naranjas, ya publicada (en 2014), y otra, cuyo título por el momento me reservo, que estoy a punto de finalizar. En la primera todo es rigurosamente ficticio, mientras que la segunda es el relato autobiográfico, en forma novelada, de tres años muy oscuros de mi vida. Para la primera tuve que inventarme y desarrollar una trama, diseñar una protagonista y cuatro personajes secundarios (aparte de algunos figurantes), con sus respectivas biografías, elaborar una estructura y dosificar los distintos episodios en espacio y tiempo. Me llevó dos años hacerlo (con alguna reescritura posterior) y no diré que fue todo coser y cantar (entre otras cosas porque no sé coser 😂), pero la disfruté enormemente. Todo estaba en mi cabeza y, por tanto, todo era modificable hasta lograr lo que me había propuesto.

Para la de autoficción, en cambio, tenía de entrada todos los ingredientes: la trama, la protagonista (yo, aunque le haya dado otro nombre), los personajes secundarios y terciarios, los escenarios, el desarrollo lineal… Incluso, al tratarse de una etapa muy concreta de mi vida (y no de toda ella), tenía ya el planteamiento/nudo/desenlace. Eso era lo “fácil”. Todo lo demás fue sudor neuronal y (debido al contenido) lágrimas, muchas lágrimas. (Cuando la publique, explicaré en más detalle el tortuoso proceso.) Al igual que ocurre con los guiones adaptados, tuve que decidir qué episodios incluir (eso sí, con más libertad para omitir, añadir o modificar/tergiversar algunos), cómo darles sentido novelesco, cómo dosificar la información, cómo “rediseñar” los personajes secundarios para preservar ―esto es fundamental― su identidad o, por lo menos, su intimidad, y cómo conseguir, además, que el todo resultase verosímil (la realidad no siempre es verosímil; la literatura debe serlo siempre)… con el corsé, en este caso no de otro texto, sino de esa misma realidad. Por otra parte, del mismo modo que hay pasajes de una novela “intraducibles” al cine (sensaciones, monólogos interiores en plan fluir de conciencia, etc.), en la vida real hay experiencias que, por su elevada carga emocional, son difícilmente traducibles a palabras (aquí es donde entran las lágrimas).


Claro que… Se me ocurre que tal vez toda la disquisición anterior no sea más que una simple coartada para autodarme palmaditas en la espalda, ya que esta semana releí la novela después de cuatro meses en reposo e, independientemente de la calidad que pueda tener a ojos de quien la lea (ésa es otra: si siempre es difícil juzgar la propia obra con “objetividad”, en el caso de la autoficción lo es más aún porque una está entramada toda entera ahí dentro), me ha parecido una auténtica proeza haberla escrito, casi más que si alguien me hubiese pedido un guión adaptado de La Regenta o L’Élégance du hérisson.

“Nada” de Carmen Laforet en “Mujeres de Libros”

Me complace anunciar que en la próxima sesión del curso online “Mujeres de Libros” analizaremos “Nada” (1944), la novela revelación de una jovencísima Carmen Laforet que sacudió el mortecino panorama literario de la primera posguerra y sirvió de inspiración para muchas otras escritoras españolas.

Inscripción: jcruzf77@hotmail.com (15 euros por esta sesión; 45 euros por las cuatro sesiones restantes).

Programa completo del curso: https://jcruzservicioslinguisticos.com/mujeres-de-libros/

Sugerencias mínimas para utilizar lenguaje inclusivo (feminista) en tus textos

Como he señalado ya en varias entradas de este blog (aquí, aquí y aquí), lo que no se nombra no existe y, tal como están estructuradas las normas del castellano, las mujeres no existimos, ya que el género masculino se considera universal y el femenino sólo particular.

Esto es algo que me ha perturbado desde jovencita, desde mucho antes de que fuera un “tema” dentro del feminismo. Allá por 1990, cuando cursaba mi doctorado en la UCLA, presenté un trabajo de fin de curso para una clase de lingüística en el que hacía una serie de propuestas para evitar el masculino genérico… unas propuestas que, ejem, ahora no suscribiría. El profesor, un señor bastante mayor, se burló de mí, pero aun así me dio una A (sobresaliente) porque lo consideró bien argumentado.

Poco después, al escribir mi tesis doctoral Marginalidad y subversión: Emeterio Gutiérrez Albelo y la vanguardia canaria (que presenté en 1993), como entonces era muy modesta y “hablaba” en primera persona del plural (esa modestia la desterré muy pronto, para asumir mis opiniones en primera persona del singular), decía nosotras… y me cabreó muchísimo que, cuando me la publicaron en forma de libro, me cambiaran el pronombre a nosotros… porque, si algo tengo claro en esta vida, es que todas las YO somos mujeres.

Con los años, y aunque seguí utilizando el masculino genérico como los dioses (es decir, la rancia RAE) mandan en los textos académicos, me fui atreviendo a incluir algunas arrobas y algunos “-os/as”, para darnos aunque fuese una mínima visibilidad, mientras en otros medios (Facebook, Whatsapp) recurría constantemente a las arrobas.

El primer gran paso hacia mi uso actual de un lenguaje puramente inclusivo (que, valgan la redundancia y la paradoja, incluye también femeninos genéricos, como habrán observado quienes siguen este blog) tuvo lugar hace tres años, cuando me ofrecí para colaborar con la plataforma Traductoras para la Abolición de la Prostitución. Una de las normas era utilizar sólo lenguaje inclusivo, sin arrobas ni duplicaciones. Pensé que resultaría dificilísimo, pero no lo fue tanto. Hay que pensar un poco, sí, es menos cómodo que soltar masculinos genéricos a tutiplén, pero muy factible. Desde entonces, he publicado de esa manera un artículo académico sobre cine de ocho mil palabras en la revista Film-Història (en este caso me vi obligada a usar alguna duplicación, como “la directora y el director“, en referencia a una de las películas analizadas) y he escrito una novela (todavía inédita).

En la última década (o quizá desde un poco antes), numerosos organismos y entidades, públicas y privadas, han elaborado guías con recomendaciones para el uso de lenguaje inclusivo. También quiero citar el imprescindible libro de María Martín Ni por favor ni por favora: Cómo hablar con lenguaje inclusivo sin que se note (demasiado), que contiene un “manual de uso práctico”. (Recomiendo el libro con entusiasmo: su lectura no sólo te resultará útil, sino que te proporcionará muchas carcajadas, algo muy necesario en los tiempos oscuros que corren.)

Mi intención aquí es darte algunas sugerencias básicas para utilizar lenguaje inclusivo dentro de la norma (de la RAnciE). Como señalé, cada vez utilizo con más frecuencia el femenino genérico, así como ciertos femeninos proscritos por la venerable institución (miembra, testiga…). Ahora bien, si eres escritora novel o estás preparando tu Trabajo de Fin de Máster, no te aconsejo que me imites.


🟣 Aun siendo lenguaje inclusivo, evita las terminaciones “-os/as” y “-es/as“, las arrobas y las equis.

Las terminaciones “-os/as” y “-es/as” (en realidad, por aquello del orden alfabético, deberían escribirse “-as/os” y “-as/es“), como en italianos/as o escritores/as, fueron el primer instrumento lingüístico para visibilizarnos y, por tanto, de gran utilidad. Posteriormente (no he podido precisar la fecha; si alguien la sabe, le agradeceré el dato), surgió el hallazgo de la arroba (@), que para el castellano funciona estupendamente, porque engloba la o y la a (aunque habría que puntualizar que la a está dentro de la o): ell@s. Y, más tarde aún, el uso de la equis o el asterisco en lugar de la terminación de género: ellxs o ell*s.

Sin embargo, hay un motivo práctico para evitarlas: resultaría casi imposible leer un texto largo lleno de arrobas, equis u “-os/as“, porque en castellano no sólo se generizan los sustantivos, sino también los artículos, los adjetivos, los pronombres, los participios… y es preciso mantener la concordancia, es decir, usar la misma terminación en todos. Sin embargo, existe otro motivo de carácter ético que descubrí hace poco: los convertidores de texto a voz, imprescindibles, por ejemplo, para las personas ciegas, no pueden descifrarlas.

🟣 Nunca utilices el hombre o los hombres para referirte a hombres y mujeres.

Estos usos nos invisibilizan más que cualquier masculino genérico porque equiparan al varón con la especie entera, con lo cual borran absolutamente (sin justificaciones gramaticales que valgan) a nuestro sexo. Usa siempre el ser humano, los seres humanos, las personas o la humanidad.

🟣 Sólo hay una cosa peor que el masculino genérico plural: el masculino genérico singular.

El uso del plural nos invisibiliza a las mujeres, pero, mediante un ejercicio de imaginación, puedo entender que estoy incluida cuando se habla de los españoles, los escritores o los profesores. Ahora bien, cuando oigo o leo el autor, el cliente o el arrendatario, directamente no me veo. Evita, por tanto, ese singular genérico, bien convirtiéndolo en plural (incluso masculino… si no tienes más remedio), bien mediante duplicación: el autor o autora, el lector o la lectora, etc.

🟣 Evita por completo las palabras para las que la RAE no admite femenino.

Me refiero a palabras como miembro o testigo. Yo las feminizo, pero, de nuevo, mi intención con esta entrada no es que te criminalicen por decir miembra, como le ocurrió a Bibiana Aído, Ministra de Igualdad con Rodríguez Zapatero, quien tuvo que disculparse públicamente por ello. (¿Alguna vez oyeron disculparse a Rajoy cuando masacraba el idioma con frases como “Somos mucho españoles” o “Somos sentimientos y tenemos seres humanos”?) En lugar de miembro, puedes utilizar integrante. Para testigo, “la cosa” se complica. En un contexto jurídico, se puede utilizar declarante (otra posibilidad es atestiguante, pero el diccionario de La Venerable no la recoge). En el sentido de “persona que presencia o adquiere directo o verdadero conocimiento de algo” (DLE, 2020), es más fácil: basta con decir presencié, observé o cualquier otro sinónimo, en lugar de fui testigo de.

🌐🌐 Se preguntarán por qué la RAE no admite estos femeninos, cuando, al contrario que en el caso de ciertas profesiones que las mujeres han tardado en ocupar, y para las que tampoco lo admite (pilota, soldada…), toda la vida ha habido miembras y testigas de algo. Una brillante explicación que leí en la época de Aído (lamentablemente, no recuerdo de quién) fue que a los señoros les molesta la feminización de miembro, porque piensan en una de sus otras acepciones: el órgano genital masculino. Y hoy, casualmente, mientras buscaba la definición exacta de testigo, me encontré con que la acepción número 8 es… ¡testículo! Resuelto el misterio, pues. 🌐🌐

Respecto a las profesiones para las que la RAnciE tampoco admite femenino, el problema se puede resolver mediante algunas de las herramientas siguientes.

🟣 Recursos para sortear el masculino genérico.

Siempre que sea posible, utiliza sustantivos colectivos.

Éste es quizá el recurso más fácil y el que señalan todas las guías.

  • Nacionalidades: la población (española, italiana, japonesa…), la ciudadanía
  • Grupos etarios: la infancia, la juventud, la adultez o edad adulta, la tercera edad
  • Colectivos sociales: el gobierno, el alumnado, el profesorado, el empresariado, el proletariado (me permito seguir siendo marxista)… Siguiendo este modelo, yo he acuñado el autonomado (personas que trabajamos por cuenta propia), aunque por el momento no lo he visto en ningún sitio.
  • Profesiones: la judicatura, la abogacía, la clase política, el personal de limpieza, el personal de vuelo (aquí entrarían las pilotas aeronáuticas), el gremio médico
  • Otros grupos: la familia, el vecindario, la comunidad, el público (lector o espectador), la audiencia, el elenco (de actores y actrices)

De esta manera se pueden englobar casi todas las profesiones o personas pertenecientes a determinado grupo. El problema es el casi. Por ejemplo, no existe un buen modo de nombrar a escritores y escritoras. No se puede “colectivizar” a una asociación que nos represente llamándola “de la escritura“, porque esto no necesariamente se refiere al oficio de escribir (libros), ni “de la escribanía“, porque éste es un oficio distinto. Tampoco valdría el gremio literario, porque éste incluye también a editoriales, distribuidoras, librerías, personas que ejercemos la crítica ídem… Y no se me ocurren más adjetivos, porque tanto gremio escriturario como gremio escribidor suenan un tanto grotescos (el segundo, además, me hace pensar en el inefable Vargas Llosa). En este caso, no queda más remedio que desdoblar: escritoras y escritores o los y las escritoras (prefiero esta última forma, porque nos da más visibilidad) o utilizar una larga perífrasis (ver abajo): quienes se dedican al oficio de la escritura. Lo mismo ocurre con autor y autora, aunque en ciertos contextos se puede utilizar autoría (por ejemplo, derechos de autoría).

Otro “conjunto” al que no le encuentro solución es los padres, cuando se refiere a una madre y un padre (y no dos madres o dos padres). Cuando se trata de una mención puntual, basta con desdoblar, como han hecho las antiguas APAs, hoy AMPAs, Asociaciones de Madres y Padres de… Alumnos (ups, como que al final se olvidaron de la inclusividad). Pero, cuando se repite varias veces, es engorroso leer los padres y las madres o mi madre y mi padre. No sirve la (modejna) propuesta queer de usar progenitor/a/as/es porque progenitor es masculino. Yo a veces acorto con m/padres, pero… De nuevo, con la RAE hemos topado (aparte de que acarrearía la misma dificultad lectora que señalé antes para las arrobas). Acepto sugerencias 😉.

Utiliza perífrasis.

La más fácil y cómoda consiste en utilizar quienes: quienes lean este libro (en lugar de los lectores, aunque, como ya señalé, también se puede usar el colectivo público), quienes tengan previsto viajar (en lugar de los viajeros)... La otra opción, un poco más larga, es utilizar las personas que (lean este libro, etc.).

Siempre que sea posible, utiliza sustantivos y adjetivos epicenos.

Éstas son palabras iguales en sus formas femenina y masculina y nos evitan tanto la “colectivización” como las perífrasis: estudiantes en lugar de alumnas/os, docentes en lugar de profesoras/es, amistades en lugar de amigas/os, integrantes, como ya mencioné, en lugar de miembras/os, pacientes en lugar de enfermas/os, mayores en lugar de ancianas/os (aparte de que la palabra anciana/o no me gusta nada), intérpretes en lugar de actores y actrices, etc.

Lo mismo es válido para los adjetivos calificativos, aunque no siempre podamos encontrar sinónimos estrictos, sobre todo en los textos literarios, donde tan importante es la precisión: responsables en lugar de aplicadas/os, diferentes en lugar de distintas/os, amables en lugar de atentas/os, incompetentes en lugar de ineptas/os…

El problema surge cuando hay que anteponer un artículo determinado o indeterminado, porque éstos están forzosamente generizados. No podemos decir, por ejemplo, “Estudiantes responsables sacan mejores notas”, así, sin el artículo (suena a mala traducción del inglés). En esos casos es preciso, o bien buscar el modo de elidir el artículo, o bien recurrir, como arriba, a las perífrasis: quienes son responsables sacan mejores notas en los estudios.

Evita los participios generizados.

1) Cuando funcionan como sustantivos, por ejemplo, los afectados, basta con introducir la palabra personas (las personas afectadas). También se pueden buscar sustantivos epicenos que signifiquen lo mismo (en este caso, podría funcionar las víctimas) o, incluso, sustantivos abstractos, por ejemplo en el caso de esas horribles cifras con las que nos bombardean a diario desde hace un año: muertes en lugar de muertos o fallecidos.

2) Cuando forman parte de una oración pasiva, basta con reformularla: por ejemplo, sufrieron represalias en lugar de fueron represaliados; tienen la obligación en lugar de están obligados

Mezcla masculinos y femeninos genéricos.

Sospecho (en realidad, sé) que la RAE no lo aprueba, pero resulta menos “flagrante” que utilizar puros femeninos genéricos, como me gusta hacer a mí. Esto es especialmente útil en el caso de las enumeraciones: por ejemplo, “A la reunión acudieron ministras, alcaldes, diputadas y senadores”. Eso sí: evita endosarles el femenino sólo a las profesiones o cargos subordinados. Estoy harta de leer por ahí “médicos y enfermeras“, algo que también vulnera las normas de la RAE (desde el momento en que haya un solo enfermero, es obligatorio el plural masculino), pero a nadie le molesta… ¿Por qué? ¿Porque la enfermería sigue siendo una profesión mayoritariamente femenina? No exactamente, puesto que la de médica también empieza a serlo. Es un modo de mantener las jerarquías, tan importantes dentro del gremio sanitario. (Otro ejemplo de manual es “pilotos y azafatas“.)

Existen más herramientas, pero éstas son las más sencillas. Quizá en algún momento dedique otra entrada a este tema.


🌐🌐 Podría argumentarse que estos usos inclusivos que propongo tampoco otorgan visibilidad a las mujeres como tales. Cierto, pero… En primer lugar, es infinitamente mejor englobarnos en un término neutro (el profesorado, la ciudadanía) que estar subsumidas dentro del masculino (los profesores, los ciudadanos). En el primer caso, yo “veo” a mujeres y hombres; en el segundo, sólo veo a hombres. Por otra parte, como estos recursos no siempre funcionan ―ya analicé el caso de escritoras y escritores―, siempre va a haber alguna duplicación que nos visibilice. De todos modos, para mí la mejor receta contra la invisibilidad sigue siendo la de nombrar todo (o mucho) en femenino. Y quiero creer que llegará el día en que, cuando alguien lea todas, no asuma que se refiere a un grupo sólo de mujeres, del mismo modo que todos no siempre se refiere a un grupo sólo de hombres. ¿No dice la propia RAE que el contexto aclara cualquier posible ambigüedad acerca de si un masculino es literal o genérico? Pues eso. 🌐🌐


Nota: Habrá quien se pregunte por qué no he incluido la terminación “-es” (como, por ejemplo, en todes) dentro del lenguaje inclusivo, junto con las arrobas, las equis y los asteriscos. La respuesta es sencilla: no lo considero lenguaje inclusivo. Antes bien, lo considero un neolenguaje excluyente que pretende distinguir entre quienes se consideran no binaries (la modejnidad superguay a tope) y quienes seguimos pensando que todas las personas (salvo un minúsculo porcentaje de personas intersexuales, el cual oscila, según diversas fuentes, entre un 0,05% y un 1,7% de la población) somos mujeres u hombres, independientemente de que nos amoldemos o no a los roles y estereotipos que culturalmente se nos han asignado a unas y otros. Porque, en el fondo, ese presunto no-binarismo encierra un nuevo binarismo: el que se establece entre “elles” y nosotras/nosotros… sobre todo nosotras.

Por eso también he añadido, en el título, el “apellido” feminista a lenguaje inclusivo: para distinguirlo del “lenguaje inclusivo” espurio del que habla el movimiento transgenerista, y que es todo lo contrario de inclusivo, pues nos borra a las mujeres de uno de los pocos “huecos” que teníamos en el lenguaje machista, como “hembras de la especie humana, es decir, en lo anatómico-fisiológico (ahora somos personas menstruantes o personas gestantes que producimos leche pectoral). Dicho movimiento ya nos usurpó, distorsionándola, la palabra género y ahora pretende apropiarse también del lenguaje inclusivo por el que algunas llevamos tantos años luchando. Y que también podría llamarse binario (lo acabo de acuñar), porque dos son los géneros gramaticales (en castellano existe también un género neutro, pero, al contrario que en alemán, por ejemplo, su uso es muy limitado) y dos son los sexos (salvo en el caso de las personas intersexuales mencionadas arriba).

“A mí no me iba a pasar” de Laura Freixas en “Mujeres de Libros”

Me complace anunciar que en la próxima sesión del curso online “Mujeres de Libros” analizaremos “A mí no me iba a pasar” (2019) de Laura Freixas, una excelente autobiografía en la que la autora se cuestiona, desde una perspectiva abiertamente feminista, las decisiones que la llevaron a asumir, en una época, los roles sexuales que siempre rechazó.

Inscripción: jcruzf77@hotmail.com. (15 € por esta sesión; 60 € por las cinco sesiones restantes)

Programa completo del curso: https://jcruzservicioslinguisticos.com/mujeres-de-libros/