La manipulación ideológica del lenguaje en torno a la pandemia de covid-19

No es la primera vez que menciono en este blog que el lenguaje no es “inocente”. Que no sólo nos sirve para nombrar y describir la realidad, sino que también (tal vez incluso en primer lugar) contribuye a construirla. Como dije ya en mi entrada inaugural, a propósito del lenguaje inclusivo, lo que no se nombra no existe (en ese caso las mujeres). Ahora añadiría que lo que se nombra “mal”, se conceptualiza y valora erróneamente… y por lo general ese error es inducido por el poder (o los poderes).

En esta entrada voy a hablar del uso manipulador de tres palabras que pertenecen al mismo campo semántico de los fenómenos naturales y de cómo ese uso afecta a dos “fenómenos” sociales de muy distinta naturaleza (valga la redundancia) y en sentidos completamente opuestos: las migraciones del Sur al Norte, cuya presunta “amenaza” se magnifica, y la pandemia de coronavirus, cuya amenaza ―muy real en este caso― se minimiza.


🟣 Empecemos por las migraciones:

La avalancha de pateras en Canarias dispara la inmigración ilegal en España

ABC.es, 17 de noviembre de 2020, https://www.abc.es/espana/abci-avalancha-pateras-canarias-dispara-inmigracion-ilegal-espana-202011171306_noticia.html?ref=https:%2F%2Fwww.google.es%2F

Evidentemente, la palabra avalancha se utiliza aquí en un sentido metafórico. En su sentido literal, según el Diccionario de la lengua española de la RAE, avalancha es alud. Y, si buscamos alud, el mismo diccionario nos dice que es “Gran masa de nieve que se derrumba de los montes con violencia y estrépito” (el subrayado es mío) y, en su acepción figurada, “Masa grande de una materia que se desprende por una vertiente, precipitándose por ella”, es decir, lo mismo, sólo que sin limitarse a la nieve. Pues bien, en ningún caso puedo imaginarme barcos “precipitándose” por una “vertiente” (a menos que seamos terraplanistas y pensemos que caerán al vacío al llegar a algún Finis Terrae).

Las implicaciones ideológicas son muy claras: La llegada de migrantes es un fenómeno natural, violento y… mortífero (como los aludes que sepultan a alpinistas imprudentes). Y también muy fáciles de desmontar: 1) La migración no es violenta. Que se sepa (y, si hubiese ocurrido, se sabría), ninguna patera ha desembarcado en nuestras costas con gente armada con ametralladoras. 2) No es mortífera (salvo para quienes arriesgan la vida, y a menudo la pierden, montándose en una frágil barquita… pero no es a esto a lo que se refieren). Al contrario, nuestro neoliberalismo salvaje necesita a esa población migrante para mantenerse y medrar. La migración “irregular” permite pagar salarios de miseria a quienes forman parte de ella, pero también a la población autóctona, y el único efecto llamada es el del propio empresariado de los países del Norte. Y 3) No es natural. Con ello no quiero decir que esté organizada (aunque existen numerosas mafias dedicadas al tráfico de personas), sino que no ocurre por causas accidentales y aleatorias: ocurre debido a la desigualdad estructural entre los países del Norte y del Sur.

En otros casos se utiliza la palabra oleada:

España en tensión por oleada de migrantes a costas canarias

telesurtv.net, 16 de noviembre de 2020, https://www.telesurtv.net/news/espana-tension-oleada-migrantes-costas-canarias-20201116-0023.html

¿Y qué es una oleada, según nuestro sapientísimo DLE? 1. “Embate y golpe de una ola” (el subrayado es mío: nuevamente la idea de violencia y destrucción). 2. “Movimiento impetuoso de mucha gente apiñada.” (¿Gente apiñada? Desde luego, la que viaja en las pateras… y cuyo apiñamiento es parcialmente responsable de los naufragios que sufren. ¿Pero “movimiento impetuoso”? Francamente, lo que yo suelo ver en las imágenes es a grupos de personas al borde de la muerte.) Y sigue una acepción en sentido figurado: 3. “Aparición repentina de algo en gran cantidad. Una oleada de atracos.” (El ejemplo es del propio diccionario y nuevamente remite a la delincuencia y la violencia.)

La intencionalidad que rige este vocabulario es evidente: crear en el subconsciente del público lector o de la audiencia la impresión de que las personas migrantes constituyen una seria amenaza, lo cual fomenta el racismo y la xenofobia, y de paso oculta el hecho de que es promovida desde los mismos poderes que pretenden asustarnos con ella.


🟣 Y, ahora, el segundo “fenómeno”: la actual pandemia de covid-19. Llevamos meses y meses (desde que acabó el confinamiento de primavera) hablando de sucesivas olas (no sólo en castellano: en todos los idiomas que domino o conozco se utiliza el mismo término, con idénticas connotaciones). Según la terminología al uso, hubo una primera ola, la de primavera; una segunda ola, en otoño; y ahora estamos en plena tercera ola. De hecho, en cuanto acabó la primera (que en su momento no recibió este nombre), se empezó a “predecir” la segunda y, cuando ésta no estaba controlada aún, ya se anunciaba la tercera.

Así se dispara una tercera ola que ya supera los peores datos de la segunda

elpais.com, 15 de enero de 2020, https://elpais.com/sociedad/2021-01-14/la-tercera-ola-crece-desde-antes-de-navidad-ya-triplica-los-contagios-y-duplica-los-ingresos.html

¿Cuáles son las implicaciones lingüísticas de la palabra ola? Volvamos al DLE. 1. “Onda de gran amplitud que se forma en la superficie de las aguas.” 2. “Fenómeno atmosférico que produce variación repentina en la temperatura de un lugar. Ola de calor, ola de frío.” Luego el diccionario nos remite a oleada: al movimiento impetuoso de gente apiñada y a la aparición repentina de algo, y esto último lo ejemplifica con “ola de gripe”.

En las dos primeras acepciones se está hablando de fenómenos naturales. El primero, las olas del mar, inocuo e incluso agradable: nos hace pensar en niñas y niños jugando con ellas y en surfistas cabalgándolas (cuando son peligrosas se suele hablar de oleaje y se suele añadir, además, algún adjetivo como fuerte). El segundo, el “fenómeno atmosférico”, desagradable, pero también imprevisible. Sabemos que el recrudecimiento de las olas tanto de frío como de calor de (sobre todo) la última década está motivado por el cambio climático, el cual, a su vez, es consecuencia de las actividades humanas. Pero, aun así, dichas olas se producen de manera accidental y aleatoria, e, incluso antes del actual cambio climático, siempre las hubo.

¿Realmente se pueden comparar los sucesivos períodos de aumento incontrolado de contagios y muertes por covid con sucesivas olas? Curiosamente, la única que podría encajar en la descripción de “fenómeno natural sobrevenido” sería la primera, pero entonces no se llamaba así. En un principio fue una epidemia y, poco después, una pandemia. Es posible que el gobierno chino haya ocultado datos, que los gobiernos europeos hayan actuado con demora, etcétera, pero su “advenimiento” puede justificarse por el hecho de que tanto el virus como la magnitud de sus consecuencias eran desconocidos.

Hasta donde recuerdo (y he seguido la prensa minuciosamente desde marzo), no se empezó a usar el término hasta la (chapucera) “desescalada” de junio, cuando empezó a hablarse de la posibilidad de una segunda ola en otoño… aunque ya entonces la viróloga Margarita del Val advirtió de que, si la población y los gobiernos no se tomaban “la cosa” en serio, la segunda ola podía surgir ya en julio… Y así fue, aunque “nadie” lo reconoció hasta octubre.

Es posible que no hubiera motivos espurios detrás del uso original de la palabra, sino que se eligiera por analogía con las olas de gripe, que suelen producirse en otoño e invierno, pese a que ya se sabía que este virus no tiene carácter estacional. Desde entonces, sin embargo, la reiteración de la palabrita y los verbos que la acompañan evidencian el esfuerzo por ocultar que, de naturales, en el sentido de inevitables, estas “olas” posteriores no tienen nada. Que, de haberse mantenido limitaciones razonables a la movilidad y a las aglomeraciones, quizá los contagios hubieran repuntado un poco en otoño (como consecuencia del mayor uso de espacios cerrados), pero no con la virulencia con que lo hicieron… y menos aún con la virulencia actual.

Con la desescalada (otro eufemismo engañoso porque, más que una reducción gradual de las limitaciones, fue ―por seguir con el vocabulario deportivo― un salto de trampolín… a una piscina vacía) se empezó a incitar a la población a llenar las terrazas y los bares, y a viajar-viajar-viajar para preservar el sacrosanto monocultivo del turismo: de nuevo el neoliberalismo salvaje como instigador de los “fenómenos” y su manipulación interesada. Y los contagios y las muertes fueron escalando, hasta que por fin se reconoció que “había llegado” la tan anunciada segunda ola… como si en realidad no se la hubiese invitado. Como solía bromear mi padre cuando se ponía una botella de vino en la mesa, “No vino, lo trajeron“. Unas tímidas medidas la frenaron, aunque sin que en ningún momento se recuperasen los niveles de junio. Y empezó la campaña “Salvar la Navidad”: cero limitaciones y muchas recomendaciones que, como confesó recientemente el inefable Fernando Simón, los gobiernos sabían que no se cumplirían.

Y, pasadas las (mal llamadas) fiestas (que se salvaron, sí, ¿pero a costa de cuántas vidas?), la previsible tercera ola. Vuelvo a llamar la atención sobre el titular citado arriba. Se dispara, con ese impersonal que quita toda responsabilidad a individuos y gobiernos… como si fuese una inevitable “onda sobre la superficie de las aguas”. Y no, no se ha disparado: la han disparado (me excluyo porque yo llevo diez meses autoconfinada) entre los gobiernos incompetentes (prefiero pensar que es incompetencia; la alternativa es demasiado espeluznante) y la población irresponsable. En una sociedad infantilizada e insolidaria como la nuestra la gente sólo responde a las imposiciones y las prohibiciones. Y ningún gobierno (ni el central ni los autonómicos) estuvieron por la labor. Más que una ola, lo que estamos padeciendo ahora es un tsunami, pero no de esos que se producen como resultado de un terremoto (y por tanto natural), sino del tipo provocado por la detonación de una bomba nuclear (y por tanto intencional). Y, encima, durante más de una semana los distintos gobiernos se dedicaron a ver llover los cadáveres (sorry, se me están contagiando las metáforas meteorológicas) antes de comenzar a aplicar parches… pero en ningún caso las medidas drásticas necesarias para doblegar la curva, es decir, un confinamiento domiciliario estricto. Doblegar la curva, otra expresión digna de análisis. Según el DLE, doblegar es “Hacer a alguien que desista de un propósito y se preste a otro”. Vaya, un poco enrevesada la definición… Los sinónimos someter o subyugar me parecen bastante más expresivos. Porque lo que ese doblegar viene a decir es que las olas “llegan” por sí solas, pero luego son vencidas “gracias a” los ímprobos esfuerzos de los mismos gobiernos que les han dado “vía libre”, cuando no directamente promovido. Y en realidad es al revés: las olas son convocadas y se doblegan solas en cuanto se limitan las ocasiones de contagio.


No deja de ser curioso que, al contrario que en el tema de las migraciones, no se hable ni de oleadas ni de avalanchas: puestas a escoger, estas dos palabras tienen las connotaciones de violencia y destrucción que la migración no conlleva pero el covid sí (ya sé que la RAE dictamina que se utilice el femenino, pero yo me tomo la libertad de desobedecerla): ¿o les parece poca destrucción las más de 54.000 muertes de las cifras oficiales (y que el Instituto Nacional de Estadística cifra para 2020, es decir, sin contar esta última “ola”, en 80.000)? Obviando el hecho de que la migración no es ni violenta ni destructiva (salvo para quienes la protagonizan) y centrándonos sólo en las cifras, ¿cuántas personas formaron parte de la presunta avalancha de migrantes en Canarias mencionada arriba, una de las más nutridas que se recuerda? Según RTVE, 8.157 en un mes (https://www.rtve.es/noticias/20201203/noviembre-marca-record-llegadas-migrantes-canarias-mes-8157/2059128.shtml). ¿Y cuántas personas se contagian de covid cada día? Ayer, 19 de enero, fueron 41.576. ¿Y cuántas mueren? Ayer, 454.

Me pregunto cuántos contagios y muertes son “aceptables” para los gobiernos antes de que se decidan a poner diques efectivos, también llamados rompeolas, para frenarlas.

“Memoria de la melancolía” de María Teresa León en “Mujeres de Libros”

Me complace anunciar que en la próxima sesión del curso online “Mujeres de Libros” analizaremos “Memoria de la melancolía” (1970) de María Teresa León, la autobiografía de una magnífica escritora perteneciente al grupo actualmente llamado de “Las Sinsombrero” (la generación “femenina” del 27) que, pese a sus indudables méritos, estuvo siempre a la sombra de su pareja (a quien, por justicia poética, me abstengo de nombrar 😉).

Inscripción: jcruzf77@hotmail.com. (15 € por esta sesión; 70 € por las seis sesiones restantes)

Programa completo del curso: https://jcruzservicioslinguisticos.com/mujeres-de-libros/

Sugerencias mínimas para la corrección de tus propios textos (I): Textos literarios y académicos

Al igual que la comida, un texto “entra por los ojos”: por muy brillante, divertido, innovador o riguroso que sea, si está mal redactado o contiene errores y erratas, perderá muchísimo valor a ojos de quien lo juzga (editorial, revista académica o público).

Un consejo reiterado en blogs y grupos de Facebook a quienes aspiran a publicar un libro, ya sea literario o académico, de ficción o de no ficción, es contratar a una correctora profesional antes de enviarlo a una editorial o concurso, o de autopublicarlo.

Como escritora y también correctora, estoy de acuerdo en que es imprescindible. Ahora bien, entiendo que no todo el mundo puede permitirse ese gasto y, en todo caso, aun cuando tengas previsto enviar tu manuscrito a una correctora, conviene hacer antes una autocorrección minuciosa. Por dos motivos: 1) La tarifa será más económica: por ejemplo, yo tengo una tarifa plana para la corrección ortotipográfica, pero mi tarifa para la corrección de estilo varía en función de la calidad del original, es decir, de cuánto esfuerzo vaya a requerir la corrección. 2) La calidad de la corrección dependerá de la calidad del original. Mientras más errores haya en el original, más lecturas serán necesarias, porque, ya sea con el control de cambios de Word o con un rotulador sobre papel, llega un punto en que ya no se “ve” y con ello aumentan las posibilidades de pasar cosas por alto. Además, aunque siempre se puede conseguir un texto “correcto” a secas, si la redacción de partida es mala, difícilmente llegará a “estupendo” (iba a decir “perfecto”, pero la perfección no existe).

Sin contar con el componente subjetivo/inconsciente de “desgana” que opera ante textos plagados de errores. Matizo: que “opera” en mí, Jacqueline. Yo admiro a las personas autodidactas, aquellas que, no habiendo podido “estudiar” por los motivos que sea, se esfuerzan por aprender aunque no dispongan (todavía) del caudal de conocimientos de quienes hemos sido más afortunadas. Sus errores los puedo “perdonar”. No así los que son producto del descuido, el desaliño, la negligencia, la pereza… Doy un par de ejemplos:

🔴 ¿Qué pensarían si llegara a sus manos un texto como éste (imagínenlo impreso [no encontré ninguna imagen pertinente]) para publicar? Les diré que, en mi lejana época como joven doctoranda a cargo de Mester, una revista dirigida por estudiantes de posgrado de la UCLA y bastante prestigiosa por cierto, recibí textos a máquina no muy distintos a éste. Corría el año 1991, los ordenadores recién empezaban a popularizarse y muchos académicos “veteranos” (masculino genérico porque eran casi todos hombres) seguían aferrados a la máquina de escribir. Y no se cortaban un pelo en presentar textos llenos de tachones y correcciones a mano. Esa experiencia tuvo desde luego un efecto positivo en mí: me sirvió para desmitificar a las “grandes figuras” del mundo académico. Pensaba: “Sabrán muchísimo más que yo sobre literatura, pero no respetan ni la lengua ni la profesión”. Obviamente, hoy en día, con el acceso (casi) universal a los procesadores de textos, nadie entregaría el equivalente impreso de esta imagen. Y, sin embargo, muchos textos que veo me producen esa misma sensación.

🔴 Hace poco me topé con un libro autoeditado (sí, editado: impreso, encuadernado y en circulación) que, entre un sinfín de errores, erratas, problemas sintácticos, gramaticales y un largo etcétera, contenía una frase parecida a ésta: “La población vivía afilada en chabolas”. Mi primera reacción fue: ¿Cómo puede una persona con estudios universitarios no conocer la palabra hacinada? ¿Acaso nunca la ha visto escrita? (Sé de alguien a quien le encanta decir “Es condición sinecuánime“, pero probablemente nunca la haya visto escrita ―no es precisamente un gran lector― y la utiliza porque debe de parecerle muy “sofisticada”.) Más adelante, sin embargo, aparecía la palabra hacinada correctamente escrita. El afilada de antes fue un lapsus (y de los gordos… que, además, no cabe atribuir a ningún corrector automático desquiciado), pero, ¿acaso no se molestó en releer el texto? Creo que algo así se captaría a la primera relectura. Francamente, me habría generado una impresión menos mala que escribiese acinada o hasinada en los dos casos. Esto último denota desconocimiento; lo otro, desinterés.

A la vista de estas y otras experiencias, se me ha ocurrido compilar algunas sugerencias básicas de autocorrección, que puedes aplicar conforme escribes y antes de enviar tu texto a una correctora (humana), a una traductora (sí, también, porque la calidad de una traducción depende en gran medida de la calidad del original, aunque este tema daría para otra entrada) o a una editorial. Es posible que a algunas lectoras les parezcan obviedades, pero, créanme, si lo he hecho es porque me consta que no lo son para todo el mundo.


🟣 Cuida la presentación visual

Aunque esto es probablemente lo último de lo que una se preocupa cuando está escribiendo, es lo primero que verá quien lo lea. No hace falta ser maquetadora para presentar un texto visualmente atractivo: yo soy, a efectos prácticos, “analfabeta” en cuestiones informáticas y con las herramientas de Word me basta. Algunas sugerencias básicas:

Fuente: Utiliza la misma en todo el texto (salvo que tengas un motivo concreto para modificarla en algún pasaje).

Párrafos: Sangra siempre la primera línea (en algunos libros no se sangra el primer párrafo de los capítulos porque empiezan con una letra capitular, pero en un manuscrito sí debe hacerse) y utiliza el mismo espaciado entre ellos (y entre las líneas) a lo largo de todo el texto. Recomiendo también justificarlos: los textos justificados dan una impresión más “profesional“.

Títulos: Aunque esto es hasta cierto punto subjetivo, yo recomiendo que los títulos de los capítulos estén centrados, en negrita y en letra más grande (ah, y sin un punto al final) y los de las secciones (si las hubiere) estén justificados a la izquierda, en negrita y con el mismo tamaño de fuente que el resto.

Paginación: Debes paginar el texto. El dónde colocar los números es subjetivo, aunque es preferible colocarlos centrados en la parte inferior, para que no haya diferencias entre las páginas pares e impares a la hora de maquetar.

No olvides cerrar todas tus frases con un punto (a menos, obviamente, que lo hagas con una exclamación o interrogación).

Usa siempre las comillas españolas para los textos literarios (en los académicos se pueden usar las comillas inglesas).

Y, aunque esta entrada no pretende ser un manual, no puedo resistirme a dar una regla básica de puntuación, porque su mal uso me hiere a menudo los ojos en las redes sociales: No se deja un espacio antes de la coma, sino después.

🟣 Usa el corrector de Word

Evidentemente, esto no basta para corregir un texto porque las herramientas automáticas (todavía) no valoran los contextos (hay, ahí y ay son todas palabras existentes, como también lo son las formas por qué, porque, porqué y por que), pero al menos te advertirá de algunas erratas. Eso sí: una vez pasado el corrector, relee el texto para asegurarte de que el susodicho no haya hecho cambios por su cuenta. (Yo tengo todos los correctores de todas mis aplicaciones desactivados, porque trabajo en tres idiomas ―a veces en un mismo texto― y en el pasado algún corrector me perpetró burradas como cambiarme palabras de un idioma a otro. Pero bueno… Como dice el dicho, Do As I Say, Not As I Do. Tampoco, como habrás podido percibir, “obedezco” en todo a la RAE. Sin embargo, es conveniente que quienes empiezan a escribir sí lo hagan.)

🟣 Desactiva el separador de palabras al final de la línea

(Salvo que estés maquetando el texto para imprimir.) Por varios motivos: 1) Los separadores de palabras son aún más falibles que los correctores automáticos, incluso en el idioma que tengas seleccionado (y, si incluyes palabras o nombres propios en otro, las probabilidades de separación errónea se multiplican). 2) En cuanto la correctora profesional o la maquetadora toque el texto, cambiará la ubicación de las palabras y, por consiguiente, el punto de separación. Además, si la correctora usa el control de cambios, lo que ve en pantalla no es el texto definitivo y, por tanto, no tiene sentido que corrija las palabras mal separadas (las del original o las que vayan surgiendo sobre la marcha).

🟣 Verifica todo aquello sobre lo que tengas dudas

Si estás convencida de que desahuciar se escribe deshauciar o desecho, en el sentido de residuo, se escribe como el participio del verbo deshacer, deshecho (dos errores que me encuentro con demasiada frecuencia en la prensa e incluso en libros de editoriales prestigiosas), no lo vas a verificar, claro… Pero todo aquello sobre lo que tengas dudas, sí debes verificarlo. A veces no es necesario siquiera acudir a un diccionario: basta con escribir la palabra en Google y sabrás si es la ortografía correcta. (Presta especial atención a los nombres propios en lenguas que no dominas.)

Lo mismo es válido para las dudas gramaticales. No siempre es necesario buscar manuales. Por ejemplo, si dudas entre preveyó (otro horror ―quiero decir error― que me encuentro a menudo, aunque más en la prensa oral que en la escrita) y previó, puedes buscar la conjugación del verbo prever o simplemente teclear en Google “preveyó o previó?” (no hace falta abrir la interrogación) y encontrarás la duda ya formulada y respondida. Recomiendo las respuestas de la Fundéu o el Diccionario Panhispánico de Dudas (no me fiaría, por ejemplo ―suponiendo que alguien haga preguntas tan “sesudas” ahí―, de ForoCoches).

Y no dudes en dudar. La duda es sana, aunque a veces caiga en lo hiperbólico. Yo, por ejemplo, dudo poco (al menos a nivel gramatical) con mis propios textos y con los primeros borradores de mis traducciones (aunque para éstos obviamente consulto a menudo el diccionario). Sin embargo, a la hora de corregir mis textos literarios (con los académicos no me sucede… ni idea de por qué), textos ajenos o los borradores últimos de mis traducciones, a veces me asaltan dudas “tontas” sobre preposiciones, adverbios o pronombres. Sin embargo, no me flagelo por ello (por dudar tontamente), pues opino que es mejor pecar por exceso que por defecto.

🟣 En la duda, reformula

Si te está costando mucho dar forma a una frase, a cuenta de las subordinadas o por algún otro motivo, o te suena “rara” cuando la lees, reformúlala de tal modo que evites ese escollo. (Ése es un lujo que se tiene cuando se escribe desde cero; a la hora de traducir frases retorcidas y/o mal redactadas, “la cosa” se complica infinitamente mucho, porque es preciso mantener un mínimo de fidelidad al original).

🟣 Sé coherente

Esto vale para todos los aspectos del texto, aparte de los que ya señalé en relación con la presentación: 1) Ortografía: Si una palabra o locución admite más de una forma (por ejemplo, quizá y quizás), asegúrate de utilizar siempre la misma. 2) Nombres propios: Si un personaje se llama Javier, sé consistente y no lo llames a veces Javier y a veces Javi (salvo en los diálogos, claro está, donde el cambio al diminutivo sirve, entre otras cosas, para mostrar cercanía).

Para ello, no hace falta mirar el texto con lupa cuando lo lees. En Word puedes pinchar “Buscar” para cada una de las formas y comprobar si aparecen y dónde. O, casi mejor, puedes pinchar “Reemplazar” para cambiar la forma desechada (sin hache) a la forma elegida.

🟣 Antes de entregar el texto, cambia la fuente y el espaciado de los párrafos, imprímelo y reléelo

Puede parecer una tontería, pero ver el mismo texto con otro aspecto facilita la detección de erratas y pequeños errores, porque crea distancia con respecto a lo que has estado viendo durante quién sabe cuánto tiempo y a lo largo de quién sabe cuántos borradores (si eres como yo, decenas y decenas). Y, aunque te lleves de maravilla con las pantallas (no es mi caso: yo necesito imprimir sí o sí), verlo impreso le dará cierto “empaque” que hará que chirríen más las erratas.

🟣 Haz una última lectura en voz alta

(Y, a ser posible, grábate y reescúchate: el beneficio será entonces doble.) La lectura en voz alta no sólo sirve para detectar repeticiones y rimas internas que se nos escapan en la lectura reiterada y/o somera, sino también, si concentras la vista en las palabras escritas según las vas leyendo, para detectar erratas y palabras faltantes o sobrantes (“eso” que sucede tan a menudo cuando hacemos algún cambio al texto, porque, o bien eliminamos más palabras de las necesarias, o bien se nos olvida eliminarlas todas).

🌐🌐 Lo dicho hasta aquí es válido para textos literarios y académicos. En los académicos hay aspectos adicionales que cuidar (citaciones y bibliografía), pero ése será tema para otra entrada.

🌐🌐 Y un último consejo (lo demás son sugerencias): Si no puedes costear los servicios de una correctora profesional para todo el texto, hazlo al menos para la sinopsis y la biografía. Para mí, no hay nada más desalentador (y disuasorio a la hora de comprar) que una sinopsis mal redactada y/o una biografía chapucera. (Esta misma semana le dije a alguien que **debía** reescribir la sinopsis de su libro en Amazon porque era ininteligible [estaba en inglés calidad traductor automático]. Su respuesta: “Bah, es sólo Amazon”. Creo que sobra cualquier comentario.)

Y no me resisto a dar una regla más: Los títulos de libros se escriben en cursiva (no en cursiva y negrita, no en negrita y entre comillas, no en mayúsculas y subrayados… que de todo esto he visto) y los de relatos o poemas sueltos en letra redonda y entre comillas. Respecto al uso de mayúsculas en los títulos, varía según las lenguas: en castellano sólo llevan mayúscula la primera palabra y los nombres propios.

Y ahora… ¡¡A corregir(te)!! 😜

“Más que cuerpos” de Susana Martín Gijón: Una estupenda novela negra feminista… con algunos “peros”

En una de mis últimas entradas critiqué a fondo el modo como Carmen Mola mete la ideología queer “con calzador” en su última novela, La Nena (https://jcruzservicioslinguisticos.com/2020/09/16/la-nena-de-carmen-mola-o-como-meter-la-ideologia-queer-con-calzador/). Es una ideología con la que no sólo discrepo rotundamente, sino que me parece muy nociva porque, con la connivencia de ciertos oscuros intereses, está socavando todas las conquistas feministas de las últimas décadas. Sin embargo, no fue sólo eso lo que me molestó: me parecía que ese enorme esfuerzo por “hacer ideología” mermaba la calidad de la novela.

De hecho, extiendo el mismo tipo de crítica a obras que transmiten perspectivas ideológicas con las que sí concuerdo, pero que abusan de lo que yo llamo “discursitos”: parlamentos que pronuncian los personajes y que no suenan “naturales” en el contexto de la obra, sino dirigidos en primer término al público lector, o ―casi peor aún― digresiones por parte de la voz narrativa cuyo único fin es transmitir el mensaje en cuestión.


Empezaré diciendo que la novela Más que cuerpos (2013) de Susana Martín Gijón me parece una novela muy recomendable, incluso necesaria, en la medida en que es explícitamente feminista y coloca en primer plano dos graves problemas sobre los que nuestra sociedad necesita todavía mucha sensibilización: la violencia machista y la prostitución y la trata. Sobre todo porque, al tratarse de una novela negra, puede llegar a un público bastante más amplio que el ensayo u otros géneros literarios.

Más que cuerpos es la primera novela de la autora y la primera de una serie del mismo título. Fue publicada en papel por la Editorial Anantes y está disponible en versión Kindle en lo que sospecho que es una autoedición… que habría merecido un buen repaso ortotipográfico y estilístico: está plagada de erratas, errores gramaticales (sobre todo leísmos y queísmos), clichés como “rehacer su vida” o eufemismos como “le levantó la mano”. También hay varios gazapos: una cena fijada para “hoy” (las sucesivas secciones están fechadas) que tiene lugar al día siguiente o una conversación del mediodía que uno de los interlocutores recuerda como habiendo sucedido la noche anterior. Señalo todo esto porque varias veces estuve a punto de dejar la lectura (tal vez por mi trabajo como correctora y editora, soy en exceso puntillosa y no soporto los textos mal redactados/presentados) y, si seguí hasta el final, fue porque, pese a las críticas que voy a verter a continuación, me interesaba la temática.

La protagonista, Annika Kaunda, es una policía nacional de Mérida de origen africano especializada en temas de género. Tras un prólogo que nos presenta a una chica encerrada y maltratada (no sabemos todavía dónde), en el segundo párrafo de la novela propiamente dicha se indica que Annika “[e]staba convencida de que detrás de ese club [de alterne, al que por cierto no se ha hecho alusión] había una red de tráfico y trata de mujeres de Europa del Este” (pág. 13; el énfasis es mío). No me parece (literariamente) un buen comienzo para una novela. Si la autora quería introducir este tema clave desde la primera página, debería haberlo hecho con la notificación de algún crimen en dicho club (por ejemplo, la mujer prostituida que aparece “suicidada” posteriormente). Y más abajo en la misma página aparece ya una larga digresión sobre la indignación que le provoca la existencia de ese tipo de clubes (cincuenta y nueve en toda Extremadura) y el hecho de que sean “ampliamente tolerado[s] e ignorado[s]”: “Los ojos que no quieren ver, no verán jamás” (pág. 13). Es por ello por lo que piensa en Bruno, un periodista al que conoció unos meses antes: él podría hacer un reportaje para suscitar polémica y así obligar a su jefe a investigar.

Unos breves capítulos después, quedan a cenar y Annika le explica lo que desea y por qué es importante… lo cual le exige un largo discurso explicativo sobre cómo funciona la trata: “Es, en resumen, la compra y venta de sus cuerpos. La esclavitud del siglo XXI” (pág. 29). En este caso está justificado porque su interlocutor no está muy informado al respecto y la voz narrativa menciona el tono “pedagógico” (pág. 29) que se ve obligada a adoptar. Su denuncia del sistema prostitucional es muy potente y, aunque centrada en la trata ―que es, al cabo, lo que constituye delito (la prostitución presuntamente “libre”, no), queda claro, en este parlamento y en reflexiones y sucesos posteriores, que la línea divisoria entre la prostitución “voluntaria” y la “obligada” (de la que, según las cifras de Annika, es víctima el setenta por ciento de las mujeres prostituidas [pág. 29]) es “muy delgada” (pág. 99).

Bruno sale de la cena entusiasmado por ponerse a investigar, aunque ése era “un tema del que nunca se había ocupado” (pág. 29) a ningún nivel. No es putero y sólo ha estado en un burdel de su pueblo una vez y en la Casa de Campo otra, ambas a instancias de amigos, y, aunque lo primero le resultó “divertido” y lo segundo lo dejó “deslumbrado por los cuerpazos y la belleza de las chicas semidesnudas” (pág. 61), en ninguno de los dos casos utilizó los “servicios” disponibles (debemos creerlo, puesto que nos lo cuenta la voz narrativa omnisciente, pero esto se lo he oído yo a demasiados hombres como para que no me suene sospechoso). En todo caso, empieza a investigar y le bastan dos días de lecturas para descubrir que existe la trata y que la prostitución es una lacra que hay que erradicar:

¿Cuántos de ese medio millón de hombres [extremeños] pagaban unos billetes para ver satisfechos sus deseos sexuales sin importarle [sic] las condiciones de la persona que tenían enfrente?

Más que cuerpos, pág. 74

¡Ojalá fuera tan fácil en la vida real convertir a los hombres ―y a muchas mujeres― al abolicionismo!

Posteriormente, visitará el club de alterne de Badajoz, haciéndose pasar por cliente, y ahí sí se mostrará (en lugar de sólo contarse) lo pernicioso de la prostitución en general (el barman le habla de las mujeres disponibles como, según dirá más adelante el propio Bruno, “si de la carta de un restaurante se tratase” [pág. 236]) y la monstruosidad de la trata. Logra acceder a una habitación cerrada con llave donde se halla una chica que casi no habla español, de nombre Alma (“Qué irónico”, piensa Bruno, “[l]lamarse Alma una persona a la que tratan como si fuera un cuerpo sin más, un mero objeto” [pág. 101]) llena de moretones y horriblemente asustada. Cuando un matón lo descubre fisgoneando y lo expulsa del club, Patricia, una de las mujeres prostituidas ―y la única española―, le advierte de que es peligroso lo que está haciendo. Al día siguiente Patricia aparecerá “suicidada”.

El otro tema clave de la novela es, como señalé, la violencia machista, que se introduce justo después de la cena con Bruno, cuando llaman a Annika por el asesinato de una mujer, Sara. En realidad, el tema aparece en dos breves capítulos anteriores, cuando Juana, la vecina de Sara, oye ruidos y golpes en el apartamento y rememora las numerosas ocasiones en las que ha sido testiga de escenas similares, que claramente reconoce como violencia machista. Será luego ella quien, tras mucho debatir, llame a la policía, de lo cual se alegra Annika, aunque en esa ocasión haya sido demasiado tarde:

Por eso era tan importante que la sociedad se concienciara ya de una vez sobre esto […]. Que no miraran hacia otro lado cuando oían ruidos en casa de sus vecinos. Que no pensaran que eran problemas de familia y cerraran los ojos y los oídos. Podía evitarse tanto dolor, tantos crímenes si todo el mundo se comprometiera a denunciar estas cosas.

(pág. 45)

La violencia machista que sufría Sara es corroborada también por su hermano y, con posterioridad, por amigas de la víctima, y, al igual que en el caso de la prostitución/trata, se explican minuciosamente los mecanismos de la violencia, a veces también con cifras (desde luego, la autora se ha documentado bien): la destrucción de la autoestima de la víctima, el aislamiento de su familia y sus amistades, la escalada desde la violencia psicológica hasta ese “le levantó la mano” (pág. 18) que me parece tan burdamente eufemístico, así como la reticencia de muchas víctimas a denunciar, bien por “miedo a su agresor o por el sentimiento de culpa que las imbuía tras haber estado expuestas a situaciones de violencia constante” (pág. 46). A raíz de ello, Álvaro, la pareja de Sara, se convertirá en el principal sospechoso y es especialmente interesante su descripción de su relación con Sara cuando Annika lo interroga, porque ―una vez más― se nos muestra más que se nos cuenta. Sus propias palabras, como piensa la propia Annika, lo dejan “retratado” (pág. 89):

No sé qué quiere decir con eso de “persona independiente”. Sara era mi chica y vivía conmigo.

Tenía algunas amigas, pero hacía bastante que no las veía. Eran unas petardas.

Llegaba tarde a casa [del trabajo] y a menudo decía que estaba muy cansada para preparar la cena […]. Entonces yo me cabreaba. No creo que eso sea un modelo de pareja.

(págs. 88-89)

Sin embargo, al igual que con el tema de la prostitución/trata, los “discursitos” a veces chirrían, por ejemplo, cuando el jefe de Sara, Pablo, se entera por su secretario de que una agente de policía quiere interrogarlo. Ello le molesta y su proceso mental, tal como nos lo cuenta la voz narrativa, que asumimos que sigue “dentro de su cabeza” puesto que lo está justo antes y después, es el siguiente:

Todo estaba muy claro […]. Había sido un asesinato de esos pasionales, ejecutado por un hombre que llevaba años maltratándola. […] Los primeros síntomas, los celos, el control, el aislamiento, pasar a las manos, y por último el ataque desesperado que le había hecho creer que era suya hasta el punto de acabar con su vida.

(pág. 115)

Resulta difícil de creer que un hombre “normal y corriente”, es decir, uno que no haya recibido formación sobre violencia machista (como algunos miembros de la policía o psicólogos) ni haya conocido a nadie víctima de ella, se la plantee en estos términos tan “sofisticados” (si descontamos el adjetivo “pasionales” y el eufemismo “pasar a las manos”). Habría sido mucho más creíble endilgarle este proceso mental a Mati, el compañero de Annika, o incluso a su jefe.

No acaban aquí los temas feministas que aborda la novela: se denuncian también la doble jornada a la que están condenadas las mujeres con pareja e hijas, el “síndrome de la abuela esclava”, la doble moral sexual, las violaciones sistemáticas de mujeres en situaciones de guerra y la necesidad de recuperar la historia de las mujeres, entre otros muchos.

Pero la crítica social que asume la novela va más allá del feminismo. Bruno, que se convierte pronto en coprotagonista, comparte piso con dos amigos. Uno de ellos, Julio, es gay y acaba de descubrir que es seropositivo, lo cual da pie para denunciar (con algún “discursito” de por medio) la homofobia y el rechazo social que todavía hoy inspiran las personas seropositivas.

Por otra parte, Bruno visita a menudo a su madre, quien vive en un pueblo cercano y que lleva mucho tiempo intentando convencerlo para que redacte la biografía de su amiga Doña Paquita. Bruno tiene nulo interés: él quiere ser periodista, no escritor en la sombra de ancianitas aburridas. Finalmente, pasada la mitad de la novela, accede a conocerla y se queda fascinado por el relato de la señora, que se reparte a lo largo de varios capítulos espaciados entre sí. Vivió la guerra civil de muy niña y, después de que su madre fuera asesinada por “roja” y feminista (tras ser rapada al cero y paseada por el pueblo con una dosis de aceite de ricino en el cuerpo), su padre y ella se refugiaron en Francia, donde fueron internad@s en un campo de concentración. Fallecido su padre, viajó a París y se casó con un joven que murió en el frente durante la Segunda Guerra Mundial. Posteriormente, pasó muchos años trabajando como tantas migrantes (aunque no especifica en qué), hasta que se casó con un diplomático de la antigua Yugoslavia y se instaló con él en Sarajevo, donde fue testiga de la guerra de los Balcanes, con todo su horror, incluidas la limpieza étnica y las “violaciones de niñas y mujeres en masa” (pág. 311).

Nuevamente, lo más inverosímil de la historia es la “conversión” de Bruno. Hasta entonces, no sólo no había tenido ningún interés por la recuperación de la memoria histórica, sino que incluso le parecía que “no tenía sentido escarbar en el pasado” (pág. 187). Le bastará una conversación con Doña Paquita y algo de investigación en Internet para darse cuenta de “las carencias, las irregularidades y la amnesia impuesta [por la Transición] que dejó un proceso eternamente inconcluso” (pág. 219).

Mientras, Annika continúa con sus investigaciones de la red prostitucional y del asesinato de Sara, ambas a escondidas de su jefe, pues para él no cabe duda de que Álvaro es el asesino de Sara (paréntesis spoiler: el tipo es un miserable, pero no es el asesino). Surge entonces el tema de las farmacéuticas (Sara trabajaba en una empresa de este sector) y, al igual que con los temas anteriores, se dan numerosos datos (a menudo en plan “discursitos”) al público lector sobre su enorme poder, su medicalización de “problemas de la vida rutinaria” (pág. 243), la dificultad de acceso a los medicamentos por parte de los países del Sur debido a las patentes abusivas y, además, el hecho de que esas mismas empresas participan en la venta de medicamentos fraudulentos por Internet.

Llegada a este punto, empecé a agobiarme, aunque también en este caso concordara con la crítica que lleva a cabo. Daba la impresión de que la autora se había hecho una lista de temas feministas y de izquierdas que abordar, y los fue tachando conforme los incorporaba. Afortunadamente, al final (nuevo spoiler) descubrimos que la empresa farmacéutica sí estaba involucrada en el asesinato de Sara, con lo cual la crítica resulta absolutamente pertinente.

Aclaro nuevamente que me parece una novela muy recomendable y respeto el interés de la autora, una mujer muy comprometida (ha sido Directora General del Instituto de la Juventud de Extremadura y Presidenta del Comité contra el Racismo, la Xenofobia y la Intolerancia, además de colaborar con la Red de Mujeres Jóvenes Africanas y Españolas), por “educar” al público. Lo que a menudo “me sacaba” de la trama era el tono didáctico, más apropiado para un ensayo que para una novela. Reconozco que tal vez sea necesario para una parte del público lector, pero para alguien ya concienciada ―y muy informada― sobre estas cuestiones, resulta un tanto tedioso.

Al mismo tiempo, mientras “critico” todo eso, hago mi propia autocrítica. Mi única novela ya publicada hasta la fecha (tengo otra “a punto de”), Gajos de naranjas, fue desde su concepción una novela feminista, en la que me interesaba “hacer feminismo” explícito (cuando empecé a escribirla, allá por 2005, no se publicaban demasiadas novelas de corte feminista) y tuve que batallar muchísimo, en los sucesivos borradores, para podar los “discursitos” que me brotaban espontáneamente y que abarcaban también numerosos otros temas (racismo, migración, neoliberalismo salvaje, etc.). Por esas fechas leí en algún sitio que los y las escritores noveles tienen (tenemos) cierta inclinación a “querer decirlo todo” en una primera novela. Es posible que a Susana Martín Gijón le haya ocurrido esto.

“Tea Rooms: Mujeres obreras” de Luisa Carnés en “Mujeres de Libros”

Me complace anunciar que en la próxima sesión del curso online “Mujeres de Libros” analizaremos “Tea Rooms: Mujeres obreras” (1934) de Luisa Carnés, una escritora vanguardista perteneciente al grupo actualmente llamado de las “sinsombrero” y completamente olvidada (¡como tantas otras!) hasta que en 2016 se reeditó esta maravillosa novela.

Inscripción: jcruzf77@hotmail.com. (15 € por esta sesión; 80 € por las siete sesiones restantes)

Programa completo del curso: https://jcruzservicioslinguisticos.com/mujeres-de-libros/

“Adorables criaturas” de Dolores Payás en “Mujeres de Libros”

Me complace anunciar que en la próxima sesión del curso online “Mujeres de Libros” analizaremos “Adorables criaturas” (2013) de Dolores Payás y contaremos con la participación de la autora.

“Adorables criaturas” es una brillante reescritura en clave feminista de la novela decimonónica masculina, en la que encontramos todos los estereotipos de la época (el “ángel del hogar”, la mujer “monstruo”, el esposo frío y distante, el seductor, el higienista)… pero completamente subvertidos. La crítica feroz de estas figuras, de la ideología subyacente y de sus trágicas consecuencias convive, sin embargo, con un cáustico sentido del humor, con toques surrealistas, que la convierte en una novela también hilarante.

Inscripción: jcruzf77@hotmail.com. (15 € por esta sesión; 90 € por las ocho sesiones restantes)

Programa completo del curso: https://jcruzservicioslinguisticos.com/mujeres-de-libros/

“Bom dia, Verônica”: Cómo no sensibilizar sobre la violencia machista

(ADVERTENCIA: CONTIENE SPOILER)

Bom dia, Verônica es una serie policíaca brasileña de ocho episodios, estrenada este mismo año, que tiene como objetivo explícito sensibilizar sobre la violencia machista. Basada en el libro homónimo de Ilana Casoy y Raphael Montes (bajo el pseudónimo de Andrea Killmore), al final de cada episodio aparece un rótulo con el mensaje: “Se você ou alguém que você conhece sofre com violência e abuso, e precisa de ajuda para encontrar recursos de apoio, acesse http://www.wannatalkaboutit.com”.

Y ciertamente lo hace ―sensibilizar―, pero de una manera fallida, e incluso peligrosa. Personalmente, creo que, a partir de la mitad de la serie, el mencionado rótulo debería decir: “Accede a… y deja de ver la serie”.

La protagonista, Verônica Torres, es una secretaria de policía muy concienciada respecto a la violencia machista. Muestra un gran conocimiento del tema, una profunda empatía hacia las víctimas y se implica a fondo intentando ayudarlas y castigar a los culpables. La historia comienza cuando una mujer se suicida en su comisaría después de intentar (sin éxito) presentar una denuncia de violación contra un tipo al que conoció a través de una plataforma de Internet y que la drogó (con ácido, nada menos), la violó y le sacó fotos desnuda e inconsciente que luego puso a la venta en la Dark Net (o una red similar). Verônica localiza a otra víctima dispuesta a colaborar en su identificación, Tânia, y consigue detenerlo.

Durante la investigación hace un llamamiento televisivo a otras víctimas de violencia machista y da públicamente su número de teléfono. Janete, una mujer maltratada por su marido (Brandão, un teniente coronel de la policía militar) a quien hemos visto en varias secuencias desde el principio, se siente interpelada y llama a Verônica, quien hará todo lo posible por que deje a su marido y lo denuncie, no sólo por la violencia contra ella, sino porque… es también un asesino en serie que utiliza a Janete como cómplice y espectadora de las torturas a las que somete a sus víctimas antes de matarlas (aunque a ella le dice que las libera).

NETFLIX © 2020

A lo largo de la serie, Verônica pronuncia diversos “discursos” (a sus compañeros y jefes, y a las mujeres con quienes interactúa) que tienen por objeto “educar” y sensibilizar al público, algo todavía muy necesario en todas las sociedades y más en el Brasil de Bolsonaro (aunque el libro es anterior, de 2016). Por ejemplo, se indigna cuando una inspectora (mujer, además) interroga a la mujer violada por el individuo de Internet sobre sus comportamientos, culpándola implícitamente por lo que le ha sucedido (¿les suena?). Por su parte, la relación entre Janete y Brandão refleja muy bien la dinámica de la violencia machista: oscilaciones entre la ira desaforada y la ternura, peticiones de perdón con regalitos incluidos, control absoluto, aislamiento de su familia y su entorno, etc.

¿Por qué considero entonces que la serie no es sólo fallida, sino incluso contraproducente?, se preguntarán.

Veamos el primer caso: Señalé que el violador de Internet es detenido. Sin embargo, poco después queda en libertad. Con ello se pone de relieve la impunidad de los violadores que conocemos muy bien también por estos lares, pero… la cosa no acaba ahí. El tipo empieza a acosar a Tânia y, aunque no llega a esclarecerse del todo, parece ser que la empuja frente a un autobús… Éste la atropella… y ella acaba en coma.

Y el segundo: Ante las dificultades de Verônica para que se investigue a Brandão (aparte de ser policía militar, forma parte de una trama corrupta en la que están implicadas otras personas de la comisaría de Verônica), Janete duda y cambia de parecer varias veces. Cuando finalmente se decide a actuar, durante la sesión de tortura a la última víctima de su marido, éste mata a la chica y a ella la quema viva. Lamentablemente, el hecho de que el maltratador abandonado y/o denunciado mate a su pareja o ex-pareja es también bastante habitual.

Ahora bien… ¿Se han preguntado los y las creadoras de la serie cómo estos desenlaces pueden afectar a las víctimas reales de violencia? Es posible que sean más realistas que series o películas en las que la mujer maltratada escapa y logra reconstruirse… Sin embargo, dado que el objetivo es animar a las mujeres a denunciar, habría que ofrecerles una mínima esperanza. Si la serie les muestra que las tres mujeres que lo hacen acaban, una suicidada, otra en coma y la tercera quemada viva, poco “incentivo” van a tener. En este sentido, la película de Icíar Bollaín Te doy mis ojos (2003), que sigue pareciéndome la mejor que se ha realizado sobre el tema, es mucho más efectiva. Al final Pilar se va de casa con la ayuda de dos amigas… y el futuro queda abierto. Ella ha dado el paso, que es lo fundamental. No sabemos si Antonio la perseguirá allá donde vaya y acabará matándola, pero esa (atroz) posibilidad queda fuera del texto.

Por otra parte, al descubrir el cadáver carbonizado de Janete, Verônica tiene un muy comprensible ataque de furia (ha fracasado en los dos casos por los que luchó tan denodadamente y las dos mujeres han acabado muertas o casi) y… mata a Brandão, también quemándolo vivo. Luego finge su suicidio (¡incluso de cara a su pareja y a sus hij@s!) y… Se tiñe de rubio y se convierte en vengadora de las mujeres. En la última secuencia, acude al restaurante donde el violador de Internet cita a sus víctimas y lo envenena. El tipo se muere, ella se monta en una bici y la serie termina con sus gritos alborozados. Esta “solución” a la violencia machista no es tal. En primer lugar, por motivos obvios de derechos humanos: aunque estemos de acuerdo con que ciertos “entes” la merecen, no podemos apoyar (y menos incitar a) la pena de muerte. Y, en segundo lugar, porque, si la intención es disuadir a los potenciales maltratadores, tampoco resulta efectiva. Como escribí en un antiguo artículo, refiriéndome a la película Sólo mía (2001) de Javier Balaguer:

El “mensaje” de ésta y […] otras películas podría ser que la violencia contra las mujeres no queda impune, pero el castigo resulta tan extremo ―e inverosímil― que difícilmente puede suponer una advertencia disuasoria para los maltratadores.

“Del silencio a la toma de conciencia y… ¿a la reacción?: La violencia de género en los discursos culturales” (La Nueva Literatura Hispánica 8-9 [2004-2005]: 215-243), pág. 233.

Cierto que el tema de la mujer vengadora de mujeres maltratadas abunda en la ficción policíaca: por citar sólo dos ejemplos, la novela de Henning Mankell La quinta mujer (1996) y la serie francesa La Mante (2017). Sin embargo, por lo general no idealizan ese tipo de comportamiento: en la novela de Mankell podemos empatizar con la asesina, pero no se aplaude su conducta, mientras que la protagonista de La Mante es una psicópata (entre otras cosas bastante macabras, descuartiza a sus víctimas) y, por tanto, en absoluto un modelo a seguir. Verônica, en cambio, sí adquiere un aura positiva, casi de superhéroa, aunque al mismo tiempo se la condene implícitamente por ser una “mala esposa” y “mala madre” al simular su suicidio.

Dejo para el final el aspecto más perturbador de Bom dia, Verônica: el hecho de que el maltratador sea un asesino en serie. Esa parte de la trama es muy truculenta, además de inverosímil: Janete invita a chicas que llegan en autobús de São Luís de Maranhão (siempre de allí) a montarse en el coche con su marido con el pretexto de un trabajo como empleadas de hogar, él las encierra en el maletero y, durante el trayecto hasta una finca en mitad del campo, Janete lleva los ojos vendados. Una vez allí, el marido la sienta en una silla y le tapa la cabeza con una caja que tiene un pequeño orificio por el que puede ver a la chica de turno colgada del techo… mientras él se somete a unas sesiones de santería con una anciana que dice ser su abuela.

Truculenta la trama y muy problemático “pintar” al maltratador como psicópata, puesto que la mayoría de los maltratadores no lo son. La mayoría son hombres “normales y corrientes” (hijos sanos del patriarcado) que sólo ejercen la violencia sobre “sus” mujeres. El presentarlo en este caso como un psicópata le resta eficacia al mensaje dirigido a las víctimas ―comparados con este individuo, concluirán que sus parejas son unos “angelitos”― y también desvirtúa el fenómeno de la violencia. Citando a María Jesús Izquierdo:

Algunos hombres se presentan como un ejemplo de inhumanidad, algo monstruoso, ajeno al ser humano. Pero de este modo, lo que tiene su raíz en las condiciones estructurales de desigualdad social de las mujeres, y por ello les afecta a todas y no sólo a una parte, e implica a todos y no sólo a una parte de los hombres, se presenta como algo anormal, patológico.

“Los órdenes de la violencia: Especie, sexo y género” (El sexo de la violencia: Género y cultura de la violencia, ed. Vicenç Fisas, Barcelona, Icaria [1998]: 61-91); págs. 69-70 (el subrayado es mío).

Por último, quiero resaltar el cartel de Netflix. La figura de Brandão al fondo refleja bien el pretendido mensaje de la serie, puesto que es el macho que domina no sólo a su pareja y a las numerosas mujeres a las que asesina, sino también a la cúpula policial. Ahora bien, la imagen de Verônica, con ese peinado que la sexualiza y esa mirada maléfica, no se ajusta en absoluto a la del personaje a lo largo de la serie. Más problemática aún es la de Janete: cierto que ella misma se coloca la caja cuando su marido se lo ordena, pero su aspecto cuasi fantasmal posee un toque grotesco que a mí, personalmente, me parece una burla del personaje.

En suma, muy buenas intenciones, pero pésimo desarrollo.

“Género y modernización en la novela realista española” de Jo Labanyi, o El placer de la traducción

Hace años empecé un blog, jacqueline-cruz.blogspot.com, al que nunca dediqué demasiado tiempo (en aquel momento no lo tenía) y que muy pronto languideció. Y como a éste, en cambio, sí le estoy dedicando tiempo y energía (y pienso seguir haciéndolo), se me ocurrió rescatar las entradas que puedan resultar pertinentes para mi página de servicios lingüísticos. Y la que sigue desde luego lo es: en este blog hablo mucho de traducción y, además, para la próxima sesión de mi curso online “Mujeres de Libros”, sobre La Tribuna de Emilia Pardo Bazán, me he vuelto a sumergir en el siglo XIX y a consultar el libro de Jo Labanyi. La reproduzco tal cual la publiqué el 11 de enero de 2012.


(Versión abreviada de lo que leí en la presentación del libro [Madrid: Cátedra, 2011], en el Instituto Internacional de Madrid, el 30 de noviembre de 2011, en la que participaron también la autora, Julia Doménech, Pura Fernández, Antonio Muñoz Molina y Eugenio Suárez-Galbán.)

En primer lugar, quiero agradecer a Jo Labanyi que me haya ofrecido la oportunidad de traducir este libro, una tarea que ha resultado sumamente gratificante y estimulante, un auténtico lujo, vaya, en parte por el proceso de la traducción y en parte por el libro mismo.

Oxford: Oxford University Press, 2000

Respecto al proceso, la implicación de Jo fue tal que casi debería figurar como co-traductora. (Aunque sobra decir que la única responsabilidad de los errores que pueda haber es sólo mía.) Yo le enviaba cada capítulo según lo terminaba, con mis dudas. Ella me lo devolvía, aclarando las dudas y planteando otras, yo lo revisaba y volvía a enviárselo (a menudo con nuevas dudas que surgían en el proceso de aclarar las anteriores) y así… ¡a veces hasta cinco viajes de ida y vuelta!

En cierto sentido, el libro fue muy fácil de traducir: está muy bien escrito (no hay nada más difícil que traducir un texto mal redactado), con una prosa clara y fluida, y me planteó pocas dudas a nivel de redacción o construcción. A la vez, el hecho de que esté tan bien escrito ―y ahora hablo en términos estilísticos y conceptuales― dio lugar a algunas dificultades. Es tal el dominio del lenguaje de Jo y su habilidad para conectar conceptos y crear juegos de palabras (juegos de palabras con sentido profundo, no meros alardes de ingenio), muchos de ellos intraducibles, que en muchos casos me quedé frustrada por no haber podido transmitir el sentido original y no haberle hecho justicia a su trabajo.

Un caso en cuestión fue el juego de palabras entre husbanding husbandry, en los capítulos sobre las novelas rurales. La primera, husbanding, se refiere al hecho de ser “marido” o “esposo”, y la segunda, husbandry, de la misma raíz, significa “cultivo agrícola” o “cría de animales”. En castellano no existe ningún término que recoja esta conexión etimológica, que por otra parte no es gratuita, ya que dice mucho sobre la posición de las mujeres en el siglo XIX (y a lo largo de la historia): su función como meros objetos, con valor análogo al de las tierras o los ganados que “gestionaban” los hombres. Jo encontró una solución magnífica para el título de la Parte III ―“Patrimonio y patriarcado”―, que en gran medida conserva la idea original. Pero en los demás lugares donde aparecía, por ejemplo al hablar del Luis de Pepita Jiménez o el Marcelo de Peñas arriba como husband en ambos sentidos del término, hubimos de conformarnos con un “como marido y terrateniente” a todas luces insuficiente.

Sin embargo, la mayor (y más fascinante) dificultad se produjo en el Capítulo III, en el análisis de La desheredada de Galdós, donde Jo jugaba intensivamente con la palabra drain, que como sustantivo significa sumidero, desagüe, cloaca o sangría (en sentido metafórico), y, como verbo, significa drenar, agotar, vaciar o sangrar (también en sentido metafórico). Con ello, ponía de relieve las intrincadas interconexiones entre los problemas de alcantarillado del Madrid decimonónico, la percepción de las mujeres prostituidas como “sumideros sociales” (y de los prostíbulos como “sumideros de semen”), el drenaje de las arcas del Estado por parte del funcionariado, el agotamiento de los recursos de la nación por el exceso consumista, las sanguijuelas literales que vende La Sanguijuelera y el carácter de parásitos de los amantes de Isidora, a quienes ella a su vez les “sangra” sus excedentes. Mi primer impulso ante la abrumadora avalancha de drains, sobre todo en un pasaje en que se repetía diez o doce veces, fue traducirla como correspondía en cada momento, marcándola con cursivas, y poner una “nota de la traductora” explicando el juego de palabras del original. Y ello no por una “ley del mínimo esfuerzo”, sino para que las lectoras y los lectores pudieran entender mejor esas conexiones y, a la vez, apreciar la maestría de Jo. Sin embargo, ella prefirió eliminar la nota y me ayudó a refundir ese pasaje de tal manera que no se perdieran las conexiones, pero sin el corsé de utilizar la misma palabra. (No exagero si digo que acabamos drained, en su acepción de exhaustas.)

Podría dar más ejemplos, como el juego, en otra sección del mismo Capítulo III, con las distintas acepciones de waste, que, según el contexto, puede significar residuos, gasto, despilfarro o debilitamiento físico, y en el texto remite a las relaciones entre ―otra vez― la eliminación de los residuos, el gasto (despilfarro) de dinero por parte de la familia Fúcar y el desgaste físico de Luis Gonzaga, conceptos estos últimos (gasto y desgaste) asociados a su vez al doble sentido de la palabra consumption: consumo y consunción.

Creo que estos ejemplos dan ya una idea de la riqueza del libro y la cantidad de nuevas perspectivas que abre. Por eso una parte importante del placer que me reportó la traducción fue el libro mismo, o sea, su contenido.


Madrid: Cátedra, 2011

El título Género y modernización en la novela realista española es hasta cierto punto engañoso. El libro trata efectivamente sobre la novela realista y analiza a fondo seis novelas de Benito Pérez Galdós, además de La Regenta de Leopoldo Alas, Pepita Jiménez de Juan Valera, Peñas arriba de José María de Pereda y Los Pazos de Ulloa y La madre naturaleza de Emilia Pardo Bazán. Y efectivamente en su análisis privilegia las cuestiones de género tal como aparecen representadas en las novelas: los modelos de feminidad y masculinidad imperantes en el siglo XIX, las teorías de la diferencia sexual, las intersecciones entre género, clase y raza, la separación entre las esferas pública y privada, y los efectos de la disolución de dicha separación, la prostitución y las implicaciones del adulterio femenino.

Pero el libro es mucho más que un libro de crítica literaria desde la perspectiva de género. Es un ejemplo modélico de los estudios culturales, un verdadero tour de force analítico sobre la España decimonónica, donde todos los aspectos de la España de la época aparecen interrelacionados, y de manera tan convincente que sus argumentos se convierten instantáneamente en evidencias. Y cuando digo todos, quiero decir todos, puesto que se mencionan y analizan en profundidad aspectos tan variados como la historia, la pintura, la arquitectura, el urbanismo, el derecho, la medicina (entonces llamada “higiene”), la psiquiatría, el sistema educativo, la teoría política, la economía, la filosofía, la filantropía, la moda, la vida cotidiana… ¡y hasta la jardinería y los sistemas de alcantarillado!

En su libro, Jo se apoya en diversos estudios críticos anteriores, y se nutre de las ideas de diversos filósofos, politólogos, economistas, urbanistas e higienistas del siglo XIX, así como de teóricos posteriores como Michel Foucault, Walter Benjamin, Benedict Anderson, Eric Hobsbawm, Anthony Giddens y Jürgen Habermas, entre otros. Pero en su trabajo como “trapera cultural”, según ella misma se autodefine, y al igual que el Mariano de La desheredada o Walter Benjamin según Frisby, las recolecta, las clasifica, las recicla, las reelabora y las pone de nuevo en circulación, transformadas en una visión absolutamente novedosa, por no decir revolucionaria, de la novela realista española. Por señalar sólo la más significativa en relación con los estudios literarios, redefine el realismo, del que los diccionarios y manuales de literatura nos dicen que es “la representación fiel de la realidad”, como “la representación de una realidad constituida por relaciones de intercambio”, estableciendo así un vínculo directo entre la literatura y la economía, pero no en el sentido marxista convencional, a menudo simplificador, de causa-efecto entre la estructura y la superestructura. También revolucionaria es su conclusión de que lo que en sentido amplio se denomina modernismo (todos los movimientos artísticos de entre finales del siglo XIX y la década de 1930 que en inglés se engloban bajo el término modernism) no supone una ruptura radical con la novela realista, como ha tendido a asumirse, sino que existe una continuidad entre ellos: que la novela realista española prefigura e incluso, con su problematización de la representación, va más allá del modernismo, para acercarse al posmodernismo.

Podría pasarme varias horas más hablando sobre este libro y las sugerentes ideas que propone, y me quedo también aquí con la impresión de que no he sabido hacerle justicia. Gracias de nuevo a Jo, por esta maravillosa oportunidad, y también a Raúl García Bravo, de Cátedra, por la bonita y cuidada edición de este libro del que, con permiso de Jo y tomando prestada su terminología, me siento también “madre sucedánea” o “co-madre”, aunque en realidad sólo haya sido la “comadrona”.

“La Nena” de Carmen Mola, o cómo meter la ideología “queer” con calzador

No es ninguna novedad si afirmo que toda literatura es ideología: ya sea voluntaria o involuntariamente, explícita o implícitamente, toda obra artística transmite una visión del mundo y de la sociedad. Y, sin embargo, la literatura que lo hace de manera explícita ―que, en mi opinión, es la más honesta― suele tener mala prensa ―sobre todo por parte de quienes no comparten dicha ideología― y ser tildada de “panfletaria” o “propagandística”.

Y es cierto que hay un tipo de literatura política (digo política y no comprometida, porque para mí esta última sólo puede ser progresista y hay también literatura política reaccionaria) que podemos describir como “panfletaria”: aquella en la que el mensaje adquiere prioridad sobre la construcción artística y que, por ello mismo, suele ser maniquea, con personajes planos y arquetípicos: todos los de un grupo (político o social) son buenos-buenísimos, mientras que los del otro son malos-malísimos.

Y luego está la literatura que, sin ser “panfletaria”, es decir, maniquea y superficial, mete elementos ideológicos “con calzador”. Esto a menudo se traduce en “discursitos” que pronuncian los personajes y que no suenan “naturales” en el contexto de la obra, sino dirigidos en primer término al público lector. También pueden estar en boca de la voz narrativa, por ejemplo cuando en mitad de la narración introduce largas digresiones, o manifestarse en escenas sueltas sin relación con la trama cuyo único fin es transmitir el mensaje en cuestión.


Lo ilustraré con un ejemplo reciente que me ha “chirriado” especialmente: La Nena de Carmen Mola (aunque daré muchos detalles de la novela, prometo no destriparla). Ésta es la tercera de la trilogía superventas de esta misteriosa autora (no se conoce su identidad) y, personalmente, a nivel de la pura trama policial, la que más me gustó… Quizá también por eso me molestó más aún el nada disimulado esfuerzo por meter la ideología queer con calzador.

Declaro de entrada que discrepo absolutamente de las teorías transgénero, o queer. Es más: pienso que le están haciendo mucho daño al feminismo y, en connivencia, involuntaria o no, con el patriarcado más rancio, contribuyendo a borrar a las mujeres como sujeto histórico y político. Pero no fue por esto por lo que me molestó su inclusión o, al menos, por lo que estoy escribiendo sobre ella. Si la trama girase en torno a un personaje trans o “no binario”, podría entender el atracón de ideología queer. Pero no es el caso. De hecho, el tema central es la violación y, aunque ésta es inequívocamente condenada, no da lugar a “discursitos” explicativos.

El transgenerismo surge a cuenta del personaje de Reyes Rentero, una nueva agente que se incorpora a la Brigada de Análisis de Casos (BAC). Al principio (cap. 2) aparece vestida de hombre, con traje de tres piezas y corbata, y su apretón de manos es también “masculino” (la chica de la foto probablemente sea demasiado “femenina” para Reyes). Más adelante, la narradora habla de “la brusquedad de su traje masculino y su corte de pelo agresivo” (cap. 4). Y yo me pregunto: ¿Qué es un corte de pelo agresivo? Para mí lo sería una cabellera enredada con alambres de espino o con granadas colgando, por ejemplo. Pero no: el de Reyes es simplemente muy corto, con partes rasuradas. También resulta llamativo que la narradora diga:

Nadie ha hecho comentarios sobre su aspecto, aunque ninguno esté seguro de cómo comportarse. Si como lo haría con un hombre o como con una mujer.

La Nena, de Carmen Mola (Barcelona: Alfaguara, 2020), cap. 2.

A ver… Tal vez inconscientemente todas y todos nos comportemos de manera distinta ante hombres y mujeres; ahora bien, en un contexto laboral, entre colegas, no entiendo que nadie se lo plantee conscientemente (en una discoteca de ligoteo sí puedo entenderlo).

Esa tarde su compañero Orduño le dice que vestirse “con traje y corbata” puede no ser lo más adecuado para hablar con testigos y ella responde que no siempre se viste así (cap. 6). Y, en efecto: al día siguiente aparece con un “vestido floreado, con poco escote”, y un maquillaje “natural que dulcifica sus rasgos” (cap. 9; el subrayado es mío). Y, al siguiente, con “un vestido negro, de cuero, muy corto y bastante escotado, que muestra sus piernas y su pecho más allá de lo decoroso” (cap. 21; el subrayado es mío), tanto así que se la comparará explícitamente en dos ocasiones con una mujer prostituida y ella se lo tomará casi como un cumplido (yo no describiría a la chica de la foto como “poco decorosa”, pero el vestido lo imagino más o menos así). Es entonces cuando “Orduño se decide, por fin, a hablar con Reyes para preguntarle lo que quizá todos quieren saber” y que es, de nuevo, por qué se viste “así”. Su respuesta: “¿Has oído hablar del gender fluid [sic], el género fluido?” (cap. 22). Y, como él le dice que no, le sugiere que lo busque en Internet.

Hasta ahí, vale: un personaje poco convencional, como también, de otro modo, lo son Elena Blanco, la inspectora y protagonista de las tres novelas, o la “hacker sexagenaria” Mariajo. Pero el tema vuelve a surgir, de nuevo en conversaciones con Orduño. En una, Reyes le aclara que:

[N]o es solo la ropa o el maquillaje. También mi actitud cambia. A veces me siento mujer y a veces hombre. No tengo definida mi identidad sexual. [….] A veces cambio de un minuto a otro.

Cap. 28; el subrayado es mío.

Francamente, si no quedara claro por las explicaciones que la autora pretende reivindicar la fluidez de género (me canso de tanto anglicismo), parecería una parodia. (Por otro lado, yo pensaba que era la identidad de género, y no la identidad sexual, la que reivindica la teoría transgénero… Empiezo a hacerme un lío.) ¿Cambiar de un minuto a otro? ¿La identidad sexual o de género como una simple “actitud”, como un mero estado de ánimo? Y se me ocurre una pregunta malvada: ¿Qué pasa el día en que se viste de hombre y a media tarde, por ejemplo, se siente mujer? ¿Va a casa y se cambia? En este trabajo al menos no va a tener tiempo para hacerlo.

En otro momento, le da un puñetazo bien dado (y merecido) a un tipo y Orduño le dice: “Menos mal que en ese momento te sentías hombre”, a lo que ella replica: “Ah, no, en esos momentos me sentía mujer” (cap. 45). ¡Menos mal, porque hasta este momento los roles de género del personaje eran absolutamente estereotípicos! Aun así, no deja de ser todo muy superficial. Y, personalmente, yo no he conseguido discernir qué significa para el personaje sentirse hombre o mujer, más allá de las preferencias en el vestir.

Pero hay más: muy cerca del desenlace, cuando lo único que le interesa al público lector es la detención de el o los culpables (ya dije que no destriparía la trama), hay dos escenas bastante fuera de lugar:

1) Orduño visita a su novia en la cárcel porque está muy afectado por el caso. Le cuenta lo sucedido y, de repente, le pregunta: “Sabes lo que es el gender fluid [sic]?” Y por supuesto que su novia sí lo sabe y, cuando él le dice que lo que tiene Reyes es “un lío que no se aclara”, ella le contesta desdeñosamente: “Típica opinión de varón blanco heterosexual” (cap. 60). Es decir, quienes no lo entendemos (me incluyo) somos forzosamente machistas, racistas y homófob@s. (Y, de paso, me pregunto: ¿qué tendrá que ver la raza?) Llama también la atención esta escena porque Marina era un personaje importante en La Red Púrpura, la segunda novela de la trilogía, y aquí su única función parece ser la de reivindicar la fluidez de género.

2) Hay casi un capítulo entero (el 65) en el que Reyes rememora lo marginada que se sintió de niña porque no encajaba en ninguna “definición” y cómo sólo encontró su sitio cuando descubrió, a través de una amiga, el concepto de gender-fluid. Si esto hubiese surgido en mitad de la novela, no parecería tan metido “con calzador”; aquí, sí. Además, aunque la narradora es omnisciente, salvo en el caso de Elena sólo se adentra en la “cabeza” de los personajes (biografía, emociones, etc.) cuando ello tiene que ver con la trama (Orduño en la segunda novela; Zárate en ésta). Y la infancia y adolescencia de Reyes no pintan nada aquí.

Considero perfectamente legítimo ―y podría resultar incluso interesante― escribir una novela sobre un personaje no binario (¿o debería decir no binarie?) y explicar, desde él/ella, lo que eso significa. Pero en el caso de La Nena, tal como se va presentando ―y, sobre todo, explicando― el personaje de Reyes, parece más que nada un intento (en mi opinión fallido) de subirse al carro de la que parece la nueva moda en términos de género.

Mujeres de Libro: Taller de Literatura Feminista (Virtual)

Como mucho me temo que falta mucho para que yo pueda volver a impartir talleres presenciales, he decidido iniciar uno virtual, vía Skype.

En cada sesión mensual, el último miércoles de cada mes, analizaremos una obra literaria (por lo general narrativa hispánica) de autoría femenina desde una perspectiva teórica feminista, tomando además en cuenta su contexto sociohistórico y sociocultural.

La primera sesión, el 30 de septiembre, estará dedicada a “El cuarto de atrás” (1978) de Carmen Martín Gaite. He elegido esta novela para inaugurar el taller porque, aparte de ser un clásico del siglo XX, plantea interesantes cuestiones teóricas con respecto a la escritura femenina.

Esta primera sesión será gratuita (previa inscripción escribiendo a jcruzf77@hotmail.com). A partir de la segunda, el precio de inscripción será de 5 euros por sesión.

¡Espero verlas por allí! 😊