“Nada” de Carmen Laforet en “Mujeres de Libros”

Me complace anunciar que en la próxima sesión del curso online “Mujeres de Libros” analizaremos “Nada” (1944), la novela revelación de una jovencísima Carmen Laforet que sacudió el mortecino panorama literario de la primera posguerra y sirvió de inspiración para muchas otras escritoras españolas.

Inscripción: jcruzf77@hotmail.com (15 euros por esta sesión; 45 euros por las cuatro sesiones restantes).

Programa completo del curso: https://jcruzservicioslinguisticos.com/mujeres-de-libros/

Sugerencias mínimas para utilizar lenguaje inclusivo (feminista) en tus textos

Como he señalado ya en varias entradas de este blog (aquí, aquí y aquí), lo que no se nombra no existe y, tal como están estructuradas las normas del castellano, las mujeres no existimos, ya que el género masculino se considera universal y el femenino sólo particular.

Esto es algo que me ha perturbado desde jovencita, desde mucho antes de que fuera un “tema” dentro del feminismo. Allá por 1990, cuando cursaba mi doctorado en la UCLA, presenté un trabajo de fin de curso para una clase de lingüística en el que hacía una serie de propuestas para evitar el masculino genérico… unas propuestas que, ejem, ahora no suscribiría. El profesor, un señor bastante mayor, se burló de mí, pero aun así me dio una A (sobresaliente) porque lo consideró bien argumentado.

Poco después, al escribir mi tesis doctoral Marginalidad y subversión: Emeterio Gutiérrez Albelo y la vanguardia canaria (que presenté en 1993), como entonces era muy modesta y “hablaba” en primera persona del plural (esa modestia la desterré muy pronto, para asumir mis opiniones en primera persona del singular), decía nosotras… y me cabreó muchísimo que, cuando me la publicaron en forma de libro, me cambiaran el pronombre a nosotros… porque, si algo tengo claro en esta vida, es que todas las YO somos mujeres.

Con los años, y aunque seguí utilizando el masculino genérico como los dioses (es decir, la rancia RAE) mandan en los textos académicos, me fui atreviendo a incluir algunas arrobas y algunos “-os/as”, para darnos aunque fuese una mínima visibilidad, mientras en otros medios (Facebook, Whatsapp) recurría constantemente a las arrobas.

El primer gran paso hacia mi uso actual de un lenguaje puramente inclusivo (que, valgan la redundancia y la paradoja, incluye también femeninos genéricos, como habrán observado quienes siguen este blog) tuvo lugar hace tres años, cuando me ofrecí para colaborar con la plataforma Traductoras para la Abolición de la Prostitución. Una de las normas era utilizar sólo lenguaje inclusivo, sin arrobas ni duplicaciones. Pensé que resultaría dificilísimo, pero no lo fue tanto. Hay que pensar un poco, sí, es menos cómodo que soltar masculinos genéricos a tutiplén, pero muy factible. Desde entonces, he publicado de esa manera un artículo académico sobre cine de ocho mil palabras en la revista Film-Història (en este caso me vi obligada a usar alguna duplicación, como “la directora y el director“, en referencia a una de las películas analizadas) y he escrito una novela (todavía inédita).

En la última década (o quizá desde un poco antes), numerosos organismos y entidades, públicas y privadas, han elaborado guías con recomendaciones para el uso de lenguaje inclusivo. También quiero citar el imprescindible libro de María Martín Ni por favor ni por favora: Cómo hablar con lenguaje inclusivo sin que se note (demasiado), que contiene un “manual de uso práctico”. (Recomiendo el libro con entusiasmo: su lectura no sólo te resultará útil, sino que te proporcionará muchas carcajadas, algo muy necesario en los tiempos oscuros que corren.)

Mi intención aquí es darte algunas sugerencias básicas para utilizar lenguaje inclusivo dentro de la norma (de la RAnciE). Como señalé, cada vez utilizo con más frecuencia el femenino genérico, así como ciertos femeninos proscritos por la venerable institución (miembra, testiga…). Ahora bien, si eres escritora novel o estás preparando tu Trabajo de Fin de Máster, no te aconsejo que me imites.


🟣 Aun siendo lenguaje inclusivo, evita las terminaciones “-os/as” y “-es/as“, las arrobas y las equis.

Las terminaciones “-os/as” y “-es/as” (en realidad, por aquello del orden alfabético, deberían escribirse “-as/os” y “-as/es“), como en italianos/as o escritores/as, fueron el primer instrumento lingüístico para visibilizarnos y, por tanto, de gran utilidad. Posteriormente (no he podido precisar la fecha; si alguien la sabe, le agradeceré el dato), surgió el hallazgo de la arroba (@), que para el castellano funciona estupendamente, porque engloba la o y la a (aunque habría que puntualizar que la a está dentro de la o): ell@s. Y, más tarde aún, el uso de la equis o el asterisco en lugar de la terminación de género: ellxs o ell*s.

Sin embargo, hay un motivo práctico para evitarlas: resultaría casi imposible leer un texto largo lleno de arrobas, equis u “-os/as“, porque en castellano no sólo se generizan los sustantivos, sino también los artículos, los adjetivos, los pronombres, los participios… y es preciso mantener la concordancia, es decir, usar la misma terminación en todos. Sin embargo, existe otro motivo de carácter ético que descubrí hace poco: los convertidores de texto a voz, imprescindibles, por ejemplo, para las personas ciegas, no pueden descifrarlas.

🟣 Nunca utilices el hombre o los hombres para referirte a hombres y mujeres.

Estos usos nos invisibilizan más que cualquier masculino genérico porque equiparan al varón con la especie entera, con lo cual borran absolutamente (sin justificaciones gramaticales que valgan) a nuestro sexo. Usa siempre el ser humano, los seres humanos, las personas o la humanidad.

🟣 Sólo hay una cosa peor que el masculino genérico plural: el masculino genérico singular.

El uso del plural nos invisibiliza a las mujeres, pero, mediante un ejercicio de imaginación, puedo entender que estoy incluida cuando se habla de los españoles, los escritores o los profesores. Ahora bien, cuando oigo o leo el autor, el cliente o el arrendatario, directamente no me veo. Evita, por tanto, ese singular genérico, bien convirtiéndolo en plural (incluso masculino… si no tienes más remedio), bien mediante duplicación: el autor o autora, el lector o la lectora, etc.

🟣 Evita por completo las palabras para las que la RAE no admite femenino.

Me refiero a palabras como miembro o testigo. Yo las feminizo, pero, de nuevo, mi intención con esta entrada no es que te criminalicen por decir miembra, como le ocurrió a Bibiana Aído, Ministra de Igualdad con Rodríguez Zapatero, quien tuvo que disculparse públicamente por ello. (¿Alguna vez oyeron disculparse a Rajoy cuando masacraba el idioma con frases como “Somos mucho españoles” o “Somos sentimientos y tenemos seres humanos”?) En lugar de miembro, puedes utilizar integrante. Para testigo, “la cosa” se complica. En un contexto jurídico, se puede utilizar declarante (otra posibilidad es atestiguante, pero el diccionario de La Venerable no la recoge). En el sentido de “persona que presencia o adquiere directo o verdadero conocimiento de algo” (DLE, 2020), es más fácil: basta con decir presencié, observé o cualquier otro sinónimo, en lugar de fui testigo de.

🌐🌐 Se preguntarán por qué la RAE no admite estos femeninos, cuando, al contrario que en el caso de ciertas profesiones que las mujeres han tardado en ocupar, y para las que tampoco lo admite (pilota, soldada…), toda la vida ha habido miembras y testigas de algo. Una brillante explicación que leí en la época de Aído (lamentablemente, no recuerdo de quién) fue que a los señoros les molesta la feminización de miembro, porque piensan en una de sus otras acepciones: el órgano genital masculino. Y hoy, casualmente, mientras buscaba la definición exacta de testigo, me encontré con que la acepción número 8 es… ¡testículo! Resuelto el misterio, pues. 🌐🌐

Respecto a las profesiones para las que la RAnciE tampoco admite femenino, el problema se puede resolver mediante algunas de las herramientas siguientes.

🟣 Recursos para sortear el masculino genérico.

Siempre que sea posible, utiliza sustantivos colectivos.

Éste es quizá el recurso más fácil y el que señalan todas las guías.

  • Nacionalidades: la población (española, italiana, japonesa…), la ciudadanía
  • Grupos etarios: la infancia, la juventud, la adultez o edad adulta, la tercera edad
  • Colectivos sociales: el gobierno, el alumnado, el profesorado, el empresariado, el proletariado (me permito seguir siendo marxista)… Siguiendo este modelo, yo he acuñado el autonomado (personas que trabajamos por cuenta propia), aunque por el momento no lo he visto en ningún sitio.
  • Profesiones: la judicatura, la abogacía, la clase política, el personal de limpieza, el personal de vuelo (aquí entrarían las pilotas aeronáuticas), el gremio médico
  • Otros grupos: la familia, el vecindario, la comunidad, el público (lector o espectador), la audiencia, el elenco (de actores y actrices)

De esta manera se pueden englobar casi todas las profesiones o personas pertenecientes a determinado grupo. El problema es el casi. Por ejemplo, no existe un buen modo de nombrar a escritores y escritoras. No se puede “colectivizar” a una asociación que nos represente llamándola “de la escritura“, porque esto no necesariamente se refiere al oficio de escribir (libros), ni “de la escribanía“, porque éste es un oficio distinto. Tampoco valdría el gremio literario, porque éste incluye también a editoriales, distribuidoras, librerías, personas que ejercemos la crítica ídem… Y no se me ocurren más adjetivos, porque tanto gremio escriturario como gremio escribidor suenan un tanto grotescos (el segundo, además, me hace pensar en el inefable Vargas Llosa). En este caso, no queda más remedio que desdoblar: escritoras y escritores o los y las escritoras (prefiero esta última forma, porque nos da más visibilidad) o utilizar una larga perífrasis (ver abajo): quienes se dedican al oficio de la escritura. Lo mismo ocurre con autor y autora, aunque en ciertos contextos se puede utilizar autoría (por ejemplo, derechos de autoría).

Otro “conjunto” al que no le encuentro solución es los padres, cuando se refiere a una madre y un padre (y no dos madres o dos padres). Cuando se trata de una mención puntual, basta con desdoblar, como han hecho las antiguas APAs, hoy AMPAs, Asociaciones de Madres y Padres de… Alumnos (ups, como que al final se olvidaron de la inclusividad). Pero, cuando se repite varias veces, es engorroso leer los padres y las madres o mi madre y mi padre. No sirve la (modejna) propuesta queer de usar progenitor/a/as/es porque progenitor es masculino. Yo a veces acorto con m/padres, pero… De nuevo, con la RAE hemos topado (aparte de que acarrearía la misma dificultad lectora que señalé antes para las arrobas). Acepto sugerencias 😉.

Utiliza perífrasis.

La más fácil y cómoda consiste en utilizar quienes: quienes lean este libro (en lugar de los lectores, aunque, como ya señalé, también se puede usar el colectivo público), quienes tengan previsto viajar (en lugar de los viajeros)... La otra opción, un poco más larga, es utilizar las personas que (lean este libro, etc.).

Siempre que sea posible, utiliza sustantivos y adjetivos epicenos.

Éstas son palabras iguales en sus formas femenina y masculina y nos evitan tanto la “colectivización” como las perífrasis: estudiantes en lugar de alumnas/os, docentes en lugar de profesoras/es, amistades en lugar de amigas/os, integrantes, como ya mencioné, en lugar de miembras/os, pacientes en lugar de enfermas/os, mayores en lugar de ancianas/os (aparte de que la palabra anciana/o no me gusta nada), intérpretes en lugar de actores y actrices, etc.

Lo mismo es válido para los adjetivos calificativos, aunque no siempre podamos encontrar sinónimos estrictos, sobre todo en los textos literarios, donde tan importante es la precisión: responsables en lugar de aplicadas/os, diferentes en lugar de distintas/os, amables en lugar de atentas/os, incompetentes en lugar de ineptas/os…

El problema surge cuando hay que anteponer un artículo determinado o indeterminado, porque éstos están forzosamente generizados. No podemos decir, por ejemplo, “Estudiantes responsables sacan mejores notas”, así, sin el artículo (suena a mala traducción del inglés). En esos casos es preciso, o bien buscar el modo de elidir el artículo, o bien recurrir, como arriba, a las perífrasis: quienes son responsables sacan mejores notas en los estudios.

Evita los participios generizados.

1) Cuando funcionan como sustantivos, por ejemplo, los afectados, basta con introducir la palabra personas (las personas afectadas). También se pueden buscar sustantivos epicenos que signifiquen lo mismo (en este caso, podría funcionar las víctimas) o, incluso, sustantivos abstractos, por ejemplo en el caso de esas horribles cifras con las que nos bombardean a diario desde hace un año: muertes en lugar de muertos o fallecidos.

2) Cuando forman parte de una oración pasiva, basta con reformularla: por ejemplo, sufrieron represalias en lugar de fueron represaliados; tienen la obligación en lugar de están obligados

Mezcla masculinos y femeninos genéricos.

Sospecho (en realidad, sé) que la RAE no lo aprueba, pero resulta menos “flagrante” que utilizar puros femeninos genéricos, como me gusta hacer a mí. Esto es especialmente útil en el caso de las enumeraciones: por ejemplo, “A la reunión acudieron ministras, alcaldes, diputadas y senadores”. Eso sí: evita endosarles el femenino sólo a las profesiones o cargos subordinados. Estoy harta de leer por ahí “médicos y enfermeras“, algo que también vulnera las normas de la RAE (desde el momento en que haya un solo enfermero, es obligatorio el plural masculino), pero a nadie le molesta… ¿Por qué? ¿Porque la enfermería sigue siendo una profesión mayoritariamente femenina? No exactamente, puesto que la de médica también empieza a serlo. Es un modo de mantener las jerarquías, tan importantes dentro del gremio sanitario. (Otro ejemplo de manual es “pilotos y azafatas“.)

Existen más herramientas, pero éstas son las más sencillas. Quizá en algún momento dedique otra entrada a este tema.


🌐🌐 Podría argumentarse que estos usos inclusivos que propongo tampoco otorgan visibilidad a las mujeres como tales. Cierto, pero… En primer lugar, es infinitamente mejor englobarnos en un término neutro (el profesorado, la ciudadanía) que estar subsumidas dentro del masculino (los profesores, los ciudadanos). En el primer caso, yo “veo” a mujeres y hombres; en el segundo, sólo veo a hombres. Por otra parte, como estos recursos no siempre funcionan ―ya analicé el caso de escritoras y escritores―, siempre va a haber alguna duplicación que nos visibilice. De todos modos, para mí la mejor receta contra la invisibilidad sigue siendo la de nombrar todo (o mucho) en femenino. Y quiero creer que llegará el día en que, cuando alguien lea todas, no asuma que se refiere a un grupo sólo de mujeres, del mismo modo que todos no siempre se refiere a un grupo sólo de hombres. ¿No dice la propia RAE que el contexto aclara cualquier posible ambigüedad acerca de si un masculino es literal o genérico? Pues eso. 🌐🌐


Nota: Habrá quien se pregunte por qué no he incluido la terminación “-es” (como, por ejemplo, en todes) dentro del lenguaje inclusivo, junto con las arrobas, las equis y los asteriscos. La respuesta es sencilla: no lo considero lenguaje inclusivo. Antes bien, lo considero un neolenguaje excluyente que pretende distinguir entre quienes se consideran no binaries (la modejnidad superguay a tope) y quienes seguimos pensando que todas las personas (salvo un minúsculo porcentaje de personas intersexuales, el cual oscila, según diversas fuentes, entre un 0,05% y un 1,7% de la población) somos mujeres u hombres, independientemente de que nos amoldemos o no a los roles y estereotipos que culturalmente se nos han asignado a unas y otros. Porque, en el fondo, ese presunto no-binarismo encierra un nuevo binarismo: el que se establece entre “elles” y nosotras/nosotros… sobre todo nosotras.

Por eso también he añadido, en el título, el “apellido” feminista a lenguaje inclusivo: para distinguirlo del “lenguaje inclusivo” espurio del que habla el movimiento transgenerista, y que es todo lo contrario de inclusivo, pues nos borra a las mujeres de uno de los pocos “huecos” que teníamos en el lenguaje machista, como “hembras de la especie humana, es decir, en lo anatómico-fisiológico (ahora somos personas menstruantes o personas gestantes que producimos leche pectoral). Dicho movimiento ya nos usurpó, distorsionándola, la palabra género y ahora pretende apropiarse también del lenguaje inclusivo por el que algunas llevamos tantos años luchando. Y que también podría llamarse binario (lo acabo de acuñar), porque dos son los géneros gramaticales (en castellano existe también un género neutro, pero, al contrario que en alemán, por ejemplo, su uso es muy limitado) y dos son los sexos (salvo en el caso de las personas intersexuales mencionadas arriba).

“A mí no me iba a pasar” de Laura Freixas en “Mujeres de Libros”

Me complace anunciar que en la próxima sesión del curso online “Mujeres de Libros” analizaremos “A mí no me iba a pasar” (2019) de Laura Freixas, una excelente autobiografía en la que la autora se cuestiona, desde una perspectiva abiertamente feminista, las decisiones que la llevaron a asumir, en una época, los roles sexuales que siempre rechazó.

Inscripción: jcruzf77@hotmail.com. (15 € por esta sesión; 60 € por las cinco sesiones restantes)

Programa completo del curso: https://jcruzservicioslinguisticos.com/mujeres-de-libros/

Sugerencias mínimas para la corrección de tus propios textos (II): Textos académicos y de no ficción

En una entrada reciente presenté unas sugerencias mínimas para la autocorrección de textos válidas para textos tanto literarios como académicos, pues se centraban en aspectos puramente lingüísticos. En ésta añadiré algunas más que deben tomarse en cuenta para los textos académicos y de no ficción en general.


1. Repaso de las sugerencias generales.

Los siguientes son los puntos básicos que expuse en mi anterior entrada y que siguen siendo aplicables:

  • Cuida la presentación visual.
  • Usa el corrector de Word.
  • Desactiva el separador de palabras al final de la línea.
  • Verifica todo aquello sobre lo que tengas dudas.
  • En la duda, reformula.
  • Antes de entregar el texto, cambia la fuente y el espaciado de los párrafos, imprímelo y reléelo.
  • Haz una última lectura en voz alta.

2. Sugerencias específicas para textos académicos.

2.1. Verifica todo, verifica siempre.

En mi anterior entrada sugería que verifiques todo aquello sobre lo que tengas dudas a nivel lingüístico, porque dudar es sano. Sin embargo, en un texto académico debes ir un paso más allá y verificar todos los datos expuestos (fechas, nombres propios de personas, lugares u organizaciones, títulos de obras artísticas, términos o fórmulas científicas)… incluso cuando estés (casi) segura de ellos, porque la memoria nos juega a veces malas pasadas. Y, aunque desde luego no lo recomiendo como fuente para la investigación, a la hora de verificar datos que ya conoces, suele bastar con un vistazo en Google o la Wikipedia.

Aquí es donde lo académico diverge de lo literario. Por ejemplo, si en una novela incluyes un dato erróneo ―”En 1982, cuando el golpe de Tejero…” (fue en 1981); “Me encanta la Toscana, sobre todo Roma” (Roma está en el Lazio); “El virus de la tuberculosis estaba haciendo estragos” (es una bacteria); “Su ópera favorita era Tosca de Verdi” (es de Puccini)―, ello no tiene por qué afectar a la calidad del conjunto, salvo que se trate de una novela histórica (en el primer caso), se desarrolle en Italia (en el segundo) o sus protagonistas sean médicas o músicas (en los dos últimos). Una parte del público lector no se dará cuenta y otra parte atribuirá el error a un despiste o a algún teclazo mal dado, y, en todo caso, valorará el texto por sus méritos literarios. (Iba a poner un ejemplo de error literario, pero no: si eres escritora, no puedes confundir títulos o autoras.) En cambio, ese mismo error en un texto académico, aunque no trate sobre ese tema específico, te hará perder credibilidad como ensayista/académica.

2.2. Todo lo que no es cita es plagio.

Citar y referenciar todas las ideas que hayas tomado de otras fuentes es esencial en el trabajo académico, y en ello difiere también del literario. Abro paréntesis:

🟣🟣 Ojo, con ello no quiero decir que en una obra literaria puedas copiar y pegar alegremente pasajes enteros de otra como si fuesen tuyos (eso sí constituye plagio), pero la “apropiación” de palabras o incluso frases o versos de otros textos es parte integral de la literatura. Somos en gran medida los libros que hemos leído, las canciones que hemos escuchado, las películas que hemos visto, y todo eso se vuelca, a veces incluso inconscientemente, en lo que escribimos. Aparte, la intertextualidad (el diálogo que una obra entabla con otra u otras anteriores, ya sea como homenaje, como parodia o como simple guiño) es un elemento sumamente enriquecedor. Aclaro que estoy hablando aquí de las “leyes de la literatura“, las cuales no siempre coinciden con las leyes del mundo jurídico. Con las cada vez más estrictas leyes de propiedad intelectual, deberás citar y referenciar todo lo que no sea tuyo y, además, pedir autorización para reproducir lo que esté sujeto a derechos de autoría. Personalmente, opino que ello perjudica a la literatura, porque presupone darle todo “masticadito” al público lector. ¿Realmente es necesario que, si se me ocurre decir de un paisaje que “era verde, de un verde intenso, verde que te quiero verde…”, ponga una nota al pie indicando que la última parte es un verso del “Romance sonámbulo” de Lorca? ¿No se presupone que cualquier lectora hispanohablante medianamente culta captará la referencia? Si la capta, ¿podrá pensar siquiera remotamente que pretendo hacer pasar por mío ese verso archiconocido? Y, si no lo hace, ¿realmente es tan importante que la instruya sobre ello? ¿Cómo establezco una relación de complicidad con el público si se lo explicito todo? Como escritora yo misma, además de traductora, soy la primera interesada en que se respete la propiedad intelectual, pero creo que en la literatura hay una amplia zona gris… y no tengo muy claro (aún) cómo resolver el dilema. 🟣🟣

Hecha esta digresión… En el trabajo académico es imprescindible citar. De hecho, cuanto más cites, sobre todo si eres todavía estudiante o acabas de recibir tu doctorado, mejor, porque se te exige demostrar que has leído todo-todo-todo lo que se ha publicado sobre ese tema hasta la fecha. (Todavía recuerdo el caso de una antigua alumna de mi universidad a la que denegaron la admisión en un programa de doctorado con el único argumento de que su tesina de Máster tenía sólo dos páginas de bibliografía. ¿Habían leído la tesina? Sospecho que no: también en el mundillo académico se confunde a veces cantidad con calidad.) Evidentemente, tu trabajo no puede ser sólo una ensalada de citas. Tiene que aportar algo original y las citas sirven para apoyar tus ideas, incluso ―o sobre todo― cuando las refutas (las citas, no tus ideas 😉 ).

Ahora bien, hay que desarrollar una cierta intuición (y experiencia) para determinar qué y cómo citar. No es necesario referenciar datos que pertenecen al dominio público de tu disciplina. En mis tiempos de profesora, a veces recibía trabajos en los que las alumnas ponían las fechas de nacimiento y muerte de un autor o autora, e indicaban dónde habían obtenido la información (por lo general Wikipedia), lo cual era a todas luces superfluo. Por dar una norma sencilla: podemos considerar “de dominio público” el tipo de datos que encontramos en enciclopedias o libros de introducción a determinada materia: fechas, nombres, definiciones de conceptos básicos, etcétera.

Otra cuestión es cómo. Lo ideal es alternar las citas textuales con paráfrasis o medias paráfrasis (en las que parafraseas el concepto, citando textualmente sólo una palabra o varias). Y aquí entra de nuevo la obsesión con la verificación: debes asegurarte de que la porción entre comillas esté copiada textualmente. Si contiene una errata o error, debes poner “[sic]” (así, entre corchetes), para dejar claro que el error no es tuyo. (El sic también se puede utilizar con intenciones irónicas, pero ése es otro tema.) Si modificas mayúsculas, minúsculas o terminaciones de palabras para garantizar la fluidez y/o concordancia de la frase, debes indicar esos cambios entre corchetes. Si omites una parte, debes señalarlo con puntos suspensivos entre paréntesis, entre corchetes o espaciados, dependiendo del formato de citación que utilices.

Eso sí: una vez citado o parafraseado el concepto, has de indicar la fuente e incluirla en la bibliografía siguiendo alguno de los formatos establecidos para ello (ver sección siguiente). No hace mucho me topé con un libro que contenía largas citas entre comillas pero sin referencia alguna. Cuando se lo advertí a la autora, me dijo: “Bah, son sólo enciclopedias”. Pues bien, en ese caso, se trataría de conocimientos “de dominio público” y, por tanto, le habría bastado con parafrasear… pero supongo que le pareció más expeditivo copiar y pegar.

Y, antes de poner punto final al texto, puesto que la mayoría de las bibliografías incluyen sólo las obras citadas, deberás volver al principio y asegurarte de que todas las citas tengan la referencia bibliográfica correspondiente y viceversa, que todas las obras citadas en efecto estén citadas en el texto.

2.3. Coherencia en las citaciones y la bibliografía.

En mi anterior entrada hablaba de coherencia en relación con la ortografía (cuando hay más de una opción correcta) y los nombres propios. En un texto académico, hay que cuidar también la coherencia en la terminología científica (de la disciplina que sea), pero la más difícil de cumplir es la de las citaciones y la bibliografía.

Normalmente las revistas académicas, los volúmenes editados y las editoriales exigen un formato determinado: MLA (Modern Language Association), APA (American Psychological Association), Chicago A o B, Vancouver, etcétera, (no) casualmente todos provenientes del mundo académico estadounidense. Éste es un intrincado laberinto en el que deberás aprender a moverte. (Y, aunque no es mi intención desanimarte, una vez que lo hayas aprendido, lo cambiarán y tendrás que reaprenderlo… Por mencionar sólo dos de ellos, el de la APA va por la séptima edición y el de la MLA por la octava. Quienes idean estos formatos se parecen un poco a la RAE, dictatoriales y altamente volubles… lo que, por cierto, no está desligado de intereses pecuniarios, pues cada nueva edición genera nuevos ingresos.) Deberás aprenderte las normas de ese formato, ajustarte a ellas y… la coherencia surgirá por sí sola.

Ahora bien, si no se te exige ningún formato concreto, deberás elegirlo tú, y puede ser uno de esta lista (en alguna entrada futura hablaré de las ventajas e inconvenientes de cada uno) o uno diseñado por ti. En cualquier caso, tendrás que respetarlo siempre. Por ejemplo, si optas por el MLA (mi favorito, pues es el más sintético e intuitivo), donde las citaciones parentéticas básicas (obra de una sola autora de la cual sólo citas una) tienen la forma “(Cruz 325)“, no podrás combinarlo con el APA (el más pesadillesco, que no recomiendo salvo bajo pena de cárcel o destierro… aunque menos que el Chicago A, con sus notas al pie y su sopa de letras latinas del tipo op. cit. e ibid., con toda la maraña de cursivas, abreviaturas y puntuación que ello conlleva), cuya forma sería “(Cruz, 2014, p. 325)“.

Lo mismo es válido para la bibliografía o listado de obras citadas. Elijas el formato que elijas, debes ser coherente en todas las entradas: que todas tengan exactamente el mismo formato dependiendo del tipo de texto del que se trate (hay normas específicas para libros enteros, para capítulos de libros, para artículos de revistas, para páginas de Internet, para material audiovisual…). Y, cuando la hayas elaborado, debes leerla y releerla y volver a (re)leerla varias veces más, puesto que, entre tantas mayúsculas y minúsculas, cursivas y redondas, comillas, puntos, comas, dos puntos, paréntesis… es muy fácil que se cuelen erratas.

Y, como se diría en inglés, on that happy note… ¡A autocorregir(te)! 😊

La manipulación ideológica del lenguaje en torno a la pandemia de covid-19

No es la primera vez que menciono en este blog que el lenguaje no es “inocente”. Que no sólo nos sirve para nombrar y describir la realidad, sino que también (tal vez incluso en primer lugar) contribuye a construirla. Como dije ya en mi entrada inaugural, a propósito del lenguaje inclusivo, lo que no se nombra no existe (en ese caso las mujeres). Ahora añadiría que lo que se nombra “mal”, se conceptualiza y valora erróneamente… y por lo general ese error es inducido por el poder (o los poderes).

En esta entrada voy a hablar del uso manipulador de tres palabras que pertenecen al mismo campo semántico de los fenómenos naturales y de cómo ese uso afecta a dos “fenómenos” sociales de muy distinta naturaleza (valga la redundancia) y en sentidos completamente opuestos: las migraciones del Sur al Norte, cuya presunta “amenaza” se magnifica, y la pandemia de coronavirus, cuya amenaza ―muy real en este caso― se minimiza.


🟣 Empecemos por las migraciones:

La avalancha de pateras en Canarias dispara la inmigración ilegal en España

ABC.es, 17 de noviembre de 2020, https://www.abc.es/espana/abci-avalancha-pateras-canarias-dispara-inmigracion-ilegal-espana-202011171306_noticia.html?ref=https:%2F%2Fwww.google.es%2F

Evidentemente, la palabra avalancha se utiliza aquí en un sentido metafórico. En su sentido literal, según el Diccionario de la lengua española de la RAE, avalancha es alud. Y, si buscamos alud, el mismo diccionario nos dice que es “Gran masa de nieve que se derrumba de los montes con violencia y estrépito” (el subrayado es mío) y, en su acepción figurada, “Masa grande de una materia que se desprende por una vertiente, precipitándose por ella”, es decir, lo mismo, sólo que sin limitarse a la nieve. Pues bien, en ningún caso puedo imaginarme barcos “precipitándose” por una “vertiente” (a menos que seamos terraplanistas y pensemos que caerán al vacío al llegar a algún Finis Terrae).

Las implicaciones ideológicas son muy claras: La llegada de migrantes es un fenómeno natural, violento y… mortífero (como los aludes que sepultan a alpinistas imprudentes). Y también muy fáciles de desmontar: 1) La migración no es violenta. Que se sepa (y, si hubiese ocurrido, se sabría), ninguna patera ha desembarcado en nuestras costas con gente armada con ametralladoras. 2) No es mortífera (salvo para quienes arriesgan la vida, y a menudo la pierden, montándose en una frágil barquita… pero no es a esto a lo que se refieren). Al contrario, nuestro neoliberalismo salvaje necesita a esa población migrante para mantenerse y medrar. La migración “irregular” permite pagar salarios de miseria a quienes forman parte de ella, pero también a la población autóctona, y el único efecto llamada es el del propio empresariado de los países del Norte. Y 3) No es natural. Con ello no quiero decir que esté organizada (aunque existen numerosas mafias dedicadas al tráfico de personas), sino que no ocurre por causas accidentales y aleatorias: ocurre debido a la desigualdad estructural entre los países del Norte y del Sur.

En otros casos se utiliza la palabra oleada:

España en tensión por oleada de migrantes a costas canarias

telesurtv.net, 16 de noviembre de 2020, https://www.telesurtv.net/news/espana-tension-oleada-migrantes-costas-canarias-20201116-0023.html

¿Y qué es una oleada, según nuestro sapientísimo DLE? 1. “Embate y golpe de una ola” (el subrayado es mío: nuevamente la idea de violencia y destrucción). 2. “Movimiento impetuoso de mucha gente apiñada.” (¿Gente apiñada? Desde luego, la que viaja en las pateras… y cuyo apiñamiento es parcialmente responsable de los naufragios que sufren. ¿Pero “movimiento impetuoso”? Francamente, lo que yo suelo ver en las imágenes es a grupos de personas al borde de la muerte.) Y sigue una acepción en sentido figurado: 3. “Aparición repentina de algo en gran cantidad. Una oleada de atracos.” (El ejemplo es del propio diccionario y nuevamente remite a la delincuencia y la violencia.)

La intencionalidad que rige este vocabulario es evidente: crear en el subconsciente del público lector o de la audiencia la impresión de que las personas migrantes constituyen una seria amenaza, lo cual fomenta el racismo y la xenofobia, y de paso oculta el hecho de que es promovida desde los mismos poderes que pretenden asustarnos con ella.


🟣 Y, ahora, el segundo “fenómeno”: la actual pandemia de covid-19. Llevamos meses y meses (desde que acabó el confinamiento de primavera) hablando de sucesivas olas (no sólo en castellano: en todos los idiomas que domino o conozco se utiliza el mismo término, con idénticas connotaciones). Según la terminología al uso, hubo una primera ola, la de primavera; una segunda ola, en otoño; y ahora estamos en plena tercera ola. De hecho, en cuanto acabó la primera (que en su momento no recibió este nombre), se empezó a “predecir” la segunda y, cuando ésta no estaba controlada aún, ya se anunciaba la tercera.

Así se dispara una tercera ola que ya supera los peores datos de la segunda

elpais.com, 15 de enero de 2020, https://elpais.com/sociedad/2021-01-14/la-tercera-ola-crece-desde-antes-de-navidad-ya-triplica-los-contagios-y-duplica-los-ingresos.html

¿Cuáles son las implicaciones lingüísticas de la palabra ola? Volvamos al DLE. 1. “Onda de gran amplitud que se forma en la superficie de las aguas.” 2. “Fenómeno atmosférico que produce variación repentina en la temperatura de un lugar. Ola de calor, ola de frío.” Luego el diccionario nos remite a oleada: al movimiento impetuoso de gente apiñada y a la aparición repentina de algo, y esto último lo ejemplifica con “ola de gripe”.

En las dos primeras acepciones se está hablando de fenómenos naturales. El primero, las olas del mar, inocuo e incluso agradable: nos hace pensar en niñas y niños jugando con ellas y en surfistas cabalgándolas (cuando son peligrosas se suele hablar de oleaje y se suele añadir, además, algún adjetivo como fuerte). El segundo, el “fenómeno atmosférico”, desagradable, pero también imprevisible. Sabemos que el recrudecimiento de las olas tanto de frío como de calor de (sobre todo) la última década está motivado por el cambio climático, el cual, a su vez, es consecuencia de las actividades humanas. Pero, aun así, dichas olas se producen de manera accidental y aleatoria, e, incluso antes del actual cambio climático, siempre las hubo.

¿Realmente se pueden comparar los sucesivos períodos de aumento incontrolado de contagios y muertes por covid con sucesivas olas? Curiosamente, la única que podría encajar en la descripción de “fenómeno natural sobrevenido” sería la primera, pero entonces no se llamaba así. En un principio fue una epidemia y, poco después, una pandemia. Es posible que el gobierno chino haya ocultado datos, que los gobiernos europeos hayan actuado con demora, etcétera, pero su “advenimiento” puede justificarse por el hecho de que tanto el virus como la magnitud de sus consecuencias eran desconocidos.

Hasta donde recuerdo (y he seguido la prensa minuciosamente desde marzo), no se empezó a usar el término hasta la (chapucera) “desescalada” de junio, cuando empezó a hablarse de la posibilidad de una segunda ola en otoño… aunque ya entonces la viróloga Margarita del Val advirtió de que, si la población y los gobiernos no se tomaban “la cosa” en serio, la segunda ola podía surgir ya en julio… Y así fue, aunque “nadie” lo reconoció hasta octubre.

Es posible que no hubiera motivos espurios detrás del uso original de la palabra, sino que se eligiera por analogía con las olas de gripe, que suelen producirse en otoño e invierno, pese a que ya se sabía que este virus no tiene carácter estacional. Desde entonces, sin embargo, la reiteración de la palabrita y los verbos que la acompañan evidencian el esfuerzo por ocultar que, de naturales, en el sentido de inevitables, estas “olas” posteriores no tienen nada. Que, de haberse mantenido limitaciones razonables a la movilidad y a las aglomeraciones, quizá los contagios hubieran repuntado un poco en otoño (como consecuencia del mayor uso de espacios cerrados), pero no con la virulencia con que lo hicieron… y menos aún con la virulencia actual.

Con la desescalada (otro eufemismo engañoso porque, más que una reducción gradual de las limitaciones, fue ―por seguir con el vocabulario deportivo― un salto de trampolín… a una piscina vacía) se empezó a incitar a la población a llenar las terrazas y los bares, y a viajar-viajar-viajar para preservar el sacrosanto monocultivo del turismo: de nuevo el neoliberalismo salvaje como instigador de los “fenómenos” y su manipulación interesada. Y los contagios y las muertes fueron escalando, hasta que por fin se reconoció que “había llegado” la tan anunciada segunda ola… como si en realidad no se la hubiese invitado. Como solía bromear mi padre cuando se ponía una botella de vino en la mesa, “No vino, lo trajeron“. Unas tímidas medidas la frenaron, aunque sin que en ningún momento se recuperasen los niveles de junio. Y empezó la campaña “Salvar la Navidad”: cero limitaciones y muchas recomendaciones que, como confesó recientemente el inefable Fernando Simón, los gobiernos sabían que no se cumplirían.

Y, pasadas las (mal llamadas) fiestas (que se salvaron, sí, ¿pero a costa de cuántas vidas?), la previsible tercera ola. Vuelvo a llamar la atención sobre el titular citado arriba. Se dispara, con ese impersonal que quita toda responsabilidad a individuos y gobiernos… como si fuese una inevitable “onda sobre la superficie de las aguas”. Y no, no se ha disparado: la han disparado (me excluyo porque yo llevo diez meses autoconfinada) entre los gobiernos incompetentes (prefiero pensar que es incompetencia; la alternativa es demasiado espeluznante) y la población irresponsable. En una sociedad infantilizada e insolidaria como la nuestra la gente sólo responde a las imposiciones y las prohibiciones. Y ningún gobierno (ni el central ni los autonómicos) estuvieron por la labor. Más que una ola, lo que estamos padeciendo ahora es un tsunami, pero no de esos que se producen como resultado de un terremoto (y por tanto natural), sino del tipo provocado por la detonación de una bomba nuclear (y por tanto intencional). Y, encima, durante más de una semana los distintos gobiernos se dedicaron a ver llover los cadáveres (sorry, se me están contagiando las metáforas meteorológicas) antes de comenzar a aplicar parches… pero en ningún caso las medidas drásticas necesarias para doblegar la curva, es decir, un confinamiento domiciliario estricto. Doblegar la curva, otra expresión digna de análisis. Según el DLE, doblegar es “Hacer a alguien que desista de un propósito y se preste a otro”. Vaya, un poco enrevesada la definición… Los sinónimos someter o subyugar me parecen bastante más expresivos. Porque lo que ese doblegar viene a decir es que las olas “llegan” por sí solas, pero luego son vencidas “gracias a” los ímprobos esfuerzos de los mismos gobiernos que les han dado “vía libre”, cuando no directamente promovido. Y en realidad es al revés: las olas son convocadas y se doblegan solas en cuanto se limitan las ocasiones de contagio.


No deja de ser curioso que, al contrario que en el tema de las migraciones, no se hable ni de oleadas ni de avalanchas: puestas a escoger, estas dos palabras tienen las connotaciones de violencia y destrucción que la migración no conlleva pero el covid sí (ya sé que la RAE dictamina que se utilice el femenino, pero yo me tomo la libertad de desobedecerla): ¿o les parece poca destrucción las más de 54.000 muertes de las cifras oficiales (y que el Instituto Nacional de Estadística cifra para 2020, es decir, sin contar esta última “ola”, en 80.000)? Obviando el hecho de que la migración no es ni violenta ni destructiva (salvo para quienes la protagonizan) y centrándonos sólo en las cifras, ¿cuántas personas formaron parte de la presunta avalancha de migrantes en Canarias mencionada arriba, una de las más nutridas que se recuerda? Según RTVE, 8.157 en un mes (https://www.rtve.es/noticias/20201203/noviembre-marca-record-llegadas-migrantes-canarias-mes-8157/2059128.shtml). ¿Y cuántas personas se contagian de covid cada día? Ayer, 19 de enero, fueron 41.576. ¿Y cuántas mueren? Ayer, 454.

Me pregunto cuántos contagios y muertes son “aceptables” para los gobiernos antes de que se decidan a poner diques efectivos, también llamados rompeolas, para frenarlas.

“Memoria de la melancolía” de María Teresa León en “Mujeres de Libros”

Me complace anunciar que en la próxima sesión del curso online “Mujeres de Libros” analizaremos “Memoria de la melancolía” (1970) de María Teresa León, la autobiografía de una magnífica escritora perteneciente al grupo actualmente llamado de “Las Sinsombrero” (la generación “femenina” del 27) que, pese a sus indudables méritos, estuvo siempre a la sombra de su pareja (a quien, por justicia poética, me abstengo de nombrar 😉).

Inscripción: jcruzf77@hotmail.com. (15 € por esta sesión; 70 € por las seis sesiones restantes)

Programa completo del curso: https://jcruzservicioslinguisticos.com/mujeres-de-libros/

Sugerencias mínimas para la corrección de tus propios textos (I): Textos literarios y académicos

Al igual que la comida, un texto “entra por los ojos”: por muy brillante, divertido, innovador o riguroso que sea, si está mal redactado o contiene errores y erratas, perderá muchísimo valor a ojos de quien lo juzga (editorial, revista académica o público).

Un consejo reiterado en blogs y grupos de Facebook a quienes aspiran a publicar un libro, ya sea literario o académico, de ficción o de no ficción, es contratar a una correctora profesional antes de enviarlo a una editorial o concurso, o de autopublicarlo.

Como escritora y también correctora, estoy de acuerdo en que es imprescindible. Ahora bien, entiendo que no todo el mundo puede permitirse ese gasto y, en todo caso, aun cuando tengas previsto enviar tu manuscrito a una correctora, conviene hacer antes una autocorrección minuciosa. Por dos motivos: 1) La tarifa será más económica: por ejemplo, yo tengo una tarifa plana para la corrección ortotipográfica, pero mi tarifa para la corrección de estilo varía en función de la calidad del original, es decir, de cuánto esfuerzo vaya a requerir la corrección. 2) La calidad de la corrección dependerá de la calidad del original. Mientras más errores haya en el original, más lecturas serán necesarias, porque, ya sea con el control de cambios de Word o con un rotulador sobre papel, llega un punto en que ya no se “ve” y con ello aumentan las posibilidades de pasar cosas por alto. Además, aunque siempre se puede conseguir un texto “correcto” a secas, si la redacción de partida es mala, difícilmente llegará a “estupendo” (iba a decir “perfecto”, pero la perfección no existe).

Sin contar con el componente subjetivo/inconsciente de “desgana” que opera ante textos plagados de errores. Matizo: que “opera” en mí, Jacqueline. Yo admiro a las personas autodidactas, aquellas que, no habiendo podido “estudiar” por los motivos que sea, se esfuerzan por aprender aunque no dispongan (todavía) del caudal de conocimientos de quienes hemos sido más afortunadas. Sus errores los puedo “perdonar”. No así los que son producto del descuido, el desaliño, la negligencia, la pereza… Doy un par de ejemplos:

🔴 ¿Qué pensarían si llegara a sus manos un texto como éste (imagínenlo impreso [no encontré ninguna imagen pertinente]) para publicar? Les diré que, en mi lejana época como joven doctoranda a cargo de Mester, una revista dirigida por estudiantes de posgrado de la UCLA y bastante prestigiosa por cierto, recibí textos a máquina no muy distintos a éste. Corría el año 1991, los ordenadores recién empezaban a popularizarse y muchos académicos “veteranos” (masculino genérico porque eran casi todos hombres) seguían aferrados a la máquina de escribir. Y no se cortaban un pelo en presentar textos llenos de tachones y correcciones a mano. Esa experiencia tuvo desde luego un efecto positivo en mí: me sirvió para desmitificar a las “grandes figuras” del mundo académico. Pensaba: “Sabrán muchísimo más que yo sobre literatura, pero no respetan ni la lengua ni la profesión”. Obviamente, hoy en día, con el acceso (casi) universal a los procesadores de textos, nadie entregaría el equivalente impreso de esta imagen. Y, sin embargo, muchos textos que veo me producen esa misma sensación.

🔴 Hace poco me topé con un libro autoeditado (sí, editado: impreso, encuadernado y en circulación) que, entre un sinfín de errores, erratas, problemas sintácticos, gramaticales y un largo etcétera, contenía una frase parecida a ésta: “La población vivía afilada en chabolas”. Mi primera reacción fue: ¿Cómo puede una persona con estudios universitarios no conocer la palabra hacinada? ¿Acaso nunca la ha visto escrita? (Sé de alguien a quien le encanta decir “Es condición sinecuánime“, pero probablemente nunca la haya visto escrita ―no es precisamente un gran lector― y la utiliza porque debe de parecerle muy “sofisticada”.) Más adelante, sin embargo, aparecía la palabra hacinada correctamente escrita. El afilada de antes fue un lapsus (y de los gordos… que, además, no cabe atribuir a ningún corrector automático desquiciado), pero, ¿acaso no se molestó en releer el texto? Creo que algo así se captaría a la primera relectura. Francamente, me habría generado una impresión menos mala que escribiese acinada o hasinada en los dos casos. Esto último denota desconocimiento; lo otro, desinterés.

A la vista de estas y otras experiencias, se me ha ocurrido compilar algunas sugerencias básicas de autocorrección, que puedes aplicar conforme escribes y antes de enviar tu texto a una correctora (humana), a una traductora (sí, también, porque la calidad de una traducción depende en gran medida de la calidad del original, aunque este tema daría para otra entrada) o a una editorial. Es posible que a algunas lectoras les parezcan obviedades, pero, créanme, si lo he hecho es porque me consta que no lo son para todo el mundo.


🟣 Cuida la presentación visual

Aunque esto es probablemente lo último de lo que una se preocupa cuando está escribiendo, es lo primero que verá quien lo lea. No hace falta ser maquetadora para presentar un texto visualmente atractivo: yo soy, a efectos prácticos, “analfabeta” en cuestiones informáticas y con las herramientas de Word me basta. Algunas sugerencias básicas:

Fuente: Utiliza la misma en todo el texto (salvo que tengas un motivo concreto para modificarla en algún pasaje).

Párrafos: Sangra siempre la primera línea (en algunos libros no se sangra el primer párrafo de los capítulos porque empiezan con una letra capitular, pero en un manuscrito sí debe hacerse) y utiliza el mismo espaciado entre ellos (y entre las líneas) a lo largo de todo el texto. Recomiendo también justificarlos: los textos justificados dan una impresión más “profesional“.

Títulos: Aunque esto es hasta cierto punto subjetivo, yo recomiendo que los títulos de los capítulos estén centrados, en negrita y en letra más grande (ah, y sin un punto al final) y los de las secciones (si las hubiere) estén justificados a la izquierda, en negrita y con el mismo tamaño de fuente que el resto.

Paginación: Debes paginar el texto. El dónde colocar los números es subjetivo, aunque es preferible colocarlos centrados en la parte inferior, para que no haya diferencias entre las páginas pares e impares a la hora de maquetar.

No olvides cerrar todas tus frases con un punto (a menos, obviamente, que lo hagas con una exclamación o interrogación).

Usa siempre las comillas españolas para los textos literarios (en los académicos se pueden usar las comillas inglesas).

Y, aunque esta entrada no pretende ser un manual, no puedo resistirme a dar una regla básica de puntuación, porque su mal uso me hiere a menudo los ojos en las redes sociales: No se deja un espacio antes de la coma, sino después.

🟣 Usa el corrector de Word

Evidentemente, esto no basta para corregir un texto porque las herramientas automáticas (todavía) no valoran los contextos (hay, ahí y ay son todas palabras existentes, como también lo son las formas por qué, porque, porqué y por que), pero al menos te advertirá de algunas erratas. Eso sí: una vez pasado el corrector, relee el texto para asegurarte de que el susodicho no haya hecho cambios por su cuenta. (Yo tengo todos los correctores de todas mis aplicaciones desactivados, porque trabajo en tres idiomas ―a veces en un mismo texto― y en el pasado algún corrector me perpetró burradas como cambiarme palabras de un idioma a otro. Pero bueno… Como dice el dicho, Do As I Say, Not As I Do. Tampoco, como habrás podido percibir, “obedezco” en todo a la RAE. Sin embargo, es conveniente que quienes empiezan a escribir sí lo hagan.)

🟣 Desactiva el separador de palabras al final de la línea

(Salvo que estés maquetando el texto para imprimir.) Por varios motivos: 1) Los separadores de palabras son aún más falibles que los correctores automáticos, incluso en el idioma que tengas seleccionado (y, si incluyes palabras o nombres propios en otro, las probabilidades de separación errónea se multiplican). 2) En cuanto la correctora profesional o la maquetadora toque el texto, cambiará la ubicación de las palabras y, por consiguiente, el punto de separación. Además, si la correctora usa el control de cambios, lo que ve en pantalla no es el texto definitivo y, por tanto, no tiene sentido que corrija las palabras mal separadas (las del original o las que vayan surgiendo sobre la marcha).

🟣 Verifica todo aquello sobre lo que tengas dudas

Si estás convencida de que desahuciar se escribe deshauciar o desecho, en el sentido de residuo, se escribe como el participio del verbo deshacer, deshecho (dos errores que me encuentro con demasiada frecuencia en la prensa e incluso en libros de editoriales prestigiosas), no lo vas a verificar, claro… Pero todo aquello sobre lo que tengas dudas, sí debes verificarlo. A veces no es necesario siquiera acudir a un diccionario: basta con escribir la palabra en Google y sabrás si es la ortografía correcta. (Presta especial atención a los nombres propios en lenguas que no dominas.)

Lo mismo es válido para las dudas gramaticales. No siempre es necesario buscar manuales. Por ejemplo, si dudas entre preveyó (otro horror ―quiero decir error― que me encuentro a menudo, aunque más en la prensa oral que en la escrita) y previó, puedes buscar la conjugación del verbo prever o simplemente teclear en Google “preveyó o previó?” (no hace falta abrir la interrogación) y encontrarás la duda ya formulada y respondida. Recomiendo las respuestas de la Fundéu o el Diccionario Panhispánico de Dudas (no me fiaría, por ejemplo ―suponiendo que alguien haga preguntas tan “sesudas” ahí―, de ForoCoches).

Y no dudes en dudar. La duda es sana, aunque a veces caiga en lo hiperbólico. Yo, por ejemplo, dudo poco (al menos a nivel gramatical) con mis propios textos y con los primeros borradores de mis traducciones (aunque para éstos obviamente consulto a menudo el diccionario). Sin embargo, a la hora de corregir mis textos literarios (con los académicos no me sucede… ni idea de por qué), textos ajenos o los borradores últimos de mis traducciones, a veces me asaltan dudas “tontas” sobre preposiciones, adverbios o pronombres. Sin embargo, no me flagelo por ello (por dudar tontamente), pues opino que es mejor pecar por exceso que por defecto.

🟣 En la duda, reformula

Si te está costando mucho dar forma a una frase, a cuenta de las subordinadas o por algún otro motivo, o te suena “rara” cuando la lees, reformúlala de tal modo que evites ese escollo. (Ése es un lujo que se tiene cuando se escribe desde cero; a la hora de traducir frases retorcidas y/o mal redactadas, “la cosa” se complica infinitamente mucho, porque es preciso mantener un mínimo de fidelidad al original).

🟣 Sé coherente

Esto vale para todos los aspectos del texto, aparte de los que ya señalé en relación con la presentación: 1) Ortografía: Si una palabra o locución admite más de una forma (por ejemplo, quizá y quizás), asegúrate de utilizar siempre la misma. 2) Nombres propios: Si un personaje se llama Javier, sé consistente y no lo llames a veces Javier y a veces Javi (salvo en los diálogos, claro está, donde el cambio al diminutivo sirve, entre otras cosas, para mostrar cercanía).

Para ello, no hace falta mirar el texto con lupa cuando lo lees. En Word puedes pinchar “Buscar” para cada una de las formas y comprobar si aparecen y dónde. O, casi mejor, puedes pinchar “Reemplazar” para cambiar la forma desechada (sin hache) a la forma elegida.

🟣 Antes de entregar el texto, cambia la fuente y el espaciado de los párrafos, imprímelo y reléelo

Puede parecer una tontería, pero ver el mismo texto con otro aspecto facilita la detección de erratas y pequeños errores, porque crea distancia con respecto a lo que has estado viendo durante quién sabe cuánto tiempo y a lo largo de quién sabe cuántos borradores (si eres como yo, decenas y decenas). Y, aunque te lleves de maravilla con las pantallas (no es mi caso: yo necesito imprimir sí o sí), verlo impreso le dará cierto “empaque” que hará que chirríen más las erratas.

🟣 Haz una última lectura en voz alta

(Y, a ser posible, grábate y reescúchate: el beneficio será entonces doble.) La lectura en voz alta no sólo sirve para detectar repeticiones y rimas internas que se nos escapan en la lectura reiterada y/o somera, sino también, si concentras la vista en las palabras escritas según las vas leyendo, para detectar erratas y palabras faltantes o sobrantes (“eso” que sucede tan a menudo cuando hacemos algún cambio al texto, porque, o bien eliminamos más palabras de las necesarias, o bien se nos olvida eliminarlas todas).

🌐🌐 Lo dicho hasta aquí es válido para textos literarios y académicos. En los académicos hay aspectos adicionales que cuidar (citaciones y bibliografía), pero ése será tema para otra entrada.

🌐🌐 Y un último consejo (lo demás son sugerencias): Si no puedes costear los servicios de una correctora profesional para todo el texto, hazlo al menos para la sinopsis y la biografía. Para mí, no hay nada más desalentador (y disuasorio a la hora de comprar) que una sinopsis mal redactada y/o una biografía chapucera. (Esta misma semana le dije a alguien que **debía** reescribir la sinopsis de su libro en Amazon porque era ininteligible [estaba en inglés calidad traductor automático]. Su respuesta: “Bah, es sólo Amazon”. Creo que sobra cualquier comentario.)

Y no me resisto a dar una regla más: Los títulos de libros se escriben en cursiva (no en cursiva y negrita, no en negrita y entre comillas, no en mayúsculas y subrayados… que de todo esto he visto) y los de relatos o poemas sueltos en letra redonda y entre comillas. Respecto al uso de mayúsculas en los títulos, varía según las lenguas: en castellano sólo llevan mayúscula la primera palabra y los nombres propios.

Y ahora… ¡¡A corregir(te)!! 😜

“Más que cuerpos” de Susana Martín Gijón: Una estupenda novela negra feminista… con algunos “peros”

En una de mis últimas entradas critiqué a fondo el modo como Carmen Mola mete la ideología queer “con calzador” en su última novela, La Nena (https://jcruzservicioslinguisticos.com/2020/09/16/la-nena-de-carmen-mola-o-como-meter-la-ideologia-queer-con-calzador/). Es una ideología con la que no sólo discrepo rotundamente, sino que me parece muy nociva porque, con la connivencia de ciertos oscuros intereses, está socavando todas las conquistas feministas de las últimas décadas. Sin embargo, no fue sólo eso lo que me molestó: me parecía que ese enorme esfuerzo por “hacer ideología” mermaba la calidad de la novela.

De hecho, extiendo el mismo tipo de crítica a obras que transmiten perspectivas ideológicas con las que sí concuerdo, pero que abusan de lo que yo llamo “discursitos”: parlamentos que pronuncian los personajes y que no suenan “naturales” en el contexto de la obra, sino dirigidos en primer término al público lector, o ―casi peor aún― digresiones por parte de la voz narrativa cuyo único fin es transmitir el mensaje en cuestión.


Empezaré diciendo que la novela Más que cuerpos (2013) de Susana Martín Gijón me parece una novela muy recomendable, incluso necesaria, en la medida en que es explícitamente feminista y coloca en primer plano dos graves problemas sobre los que nuestra sociedad necesita todavía mucha sensibilización: la violencia machista y la prostitución y la trata. Sobre todo porque, al tratarse de una novela negra, puede llegar a un público bastante más amplio que el ensayo u otros géneros literarios.

Más que cuerpos es la primera novela de la autora y la primera de una serie del mismo título. Fue publicada en papel por la Editorial Anantes y está disponible en versión Kindle en lo que sospecho que es una autoedición… que habría merecido un buen repaso ortotipográfico y estilístico: está plagada de erratas, errores gramaticales (sobre todo leísmos y queísmos), clichés como “rehacer su vida” o eufemismos como “le levantó la mano”. También hay varios gazapos: una cena fijada para “hoy” (las sucesivas secciones están fechadas) que tiene lugar al día siguiente o una conversación del mediodía que uno de los interlocutores recuerda como habiendo sucedido la noche anterior. Señalo todo esto porque varias veces estuve a punto de dejar la lectura (tal vez por mi trabajo como correctora y editora, soy en exceso puntillosa y no soporto los textos mal redactados/presentados) y, si seguí hasta el final, fue porque, pese a las críticas que voy a verter a continuación, me interesaba la temática.

La protagonista, Annika Kaunda, es una policía nacional de Mérida de origen africano especializada en temas de género. Tras un prólogo que nos presenta a una chica encerrada y maltratada (no sabemos todavía dónde), en el segundo párrafo de la novela propiamente dicha se indica que Annika “[e]staba convencida de que detrás de ese club [de alterne, al que por cierto no se ha hecho alusión] había una red de tráfico y trata de mujeres de Europa del Este” (pág. 13; el énfasis es mío). No me parece (literariamente) un buen comienzo para una novela. Si la autora quería introducir este tema clave desde la primera página, debería haberlo hecho con la notificación de algún crimen en dicho club (por ejemplo, la mujer prostituida que aparece “suicidada” posteriormente). Y más abajo en la misma página aparece ya una larga digresión sobre la indignación que le provoca la existencia de ese tipo de clubes (cincuenta y nueve en toda Extremadura) y el hecho de que sean “ampliamente tolerado[s] e ignorado[s]”: “Los ojos que no quieren ver, no verán jamás” (pág. 13). Es por ello por lo que piensa en Bruno, un periodista al que conoció unos meses antes: él podría hacer un reportaje para suscitar polémica y así obligar a su jefe a investigar.

Unos breves capítulos después, quedan a cenar y Annika le explica lo que desea y por qué es importante… lo cual le exige un largo discurso explicativo sobre cómo funciona la trata: “Es, en resumen, la compra y venta de sus cuerpos. La esclavitud del siglo XXI” (pág. 29). En este caso está justificado porque su interlocutor no está muy informado al respecto y la voz narrativa menciona el tono “pedagógico” (pág. 29) que se ve obligada a adoptar. Su denuncia del sistema prostitucional es muy potente y, aunque centrada en la trata ―que es, al cabo, lo que constituye delito (la prostitución presuntamente “libre”, no), queda claro, en este parlamento y en reflexiones y sucesos posteriores, que la línea divisoria entre la prostitución “voluntaria” y la “obligada” (de la que, según las cifras de Annika, es víctima el setenta por ciento de las mujeres prostituidas [pág. 29]) es “muy delgada” (pág. 99).

Bruno sale de la cena entusiasmado por ponerse a investigar, aunque ése era “un tema del que nunca se había ocupado” (pág. 29) a ningún nivel. No es putero y sólo ha estado en un burdel de su pueblo una vez y en la Casa de Campo otra, ambas a instancias de amigos, y, aunque lo primero le resultó “divertido” y lo segundo lo dejó “deslumbrado por los cuerpazos y la belleza de las chicas semidesnudas” (pág. 61), en ninguno de los dos casos utilizó los “servicios” disponibles (debemos creerlo, puesto que nos lo cuenta la voz narrativa omnisciente, pero esto se lo he oído yo a demasiados hombres como para que no me suene sospechoso). En todo caso, empieza a investigar y le bastan dos días de lecturas para descubrir que existe la trata y que la prostitución es una lacra que hay que erradicar:

¿Cuántos de ese medio millón de hombres [extremeños] pagaban unos billetes para ver satisfechos sus deseos sexuales sin importarle [sic] las condiciones de la persona que tenían enfrente?

Más que cuerpos, pág. 74

¡Ojalá fuera tan fácil en la vida real convertir a los hombres ―y a muchas mujeres― al abolicionismo!

Posteriormente, visitará el club de alterne de Badajoz, haciéndose pasar por cliente, y ahí sí se mostrará (en lugar de sólo contarse) lo pernicioso de la prostitución en general (el barman le habla de las mujeres disponibles como, según dirá más adelante el propio Bruno, “si de la carta de un restaurante se tratase” [pág. 236]) y la monstruosidad de la trata. Logra acceder a una habitación cerrada con llave donde se halla una chica que casi no habla español, de nombre Alma (“Qué irónico”, piensa Bruno, “[l]lamarse Alma una persona a la que tratan como si fuera un cuerpo sin más, un mero objeto” [pág. 101]) llena de moretones y horriblemente asustada. Cuando un matón lo descubre fisgoneando y lo expulsa del club, Patricia, una de las mujeres prostituidas ―y la única española―, le advierte de que es peligroso lo que está haciendo. Al día siguiente Patricia aparecerá “suicidada”.

El otro tema clave de la novela es, como señalé, la violencia machista, que se introduce justo después de la cena con Bruno, cuando llaman a Annika por el asesinato de una mujer, Sara. En realidad, el tema aparece en dos breves capítulos anteriores, cuando Juana, la vecina de Sara, oye ruidos y golpes en el apartamento y rememora las numerosas ocasiones en las que ha sido testiga de escenas similares, que claramente reconoce como violencia machista. Será luego ella quien, tras mucho debatir, llame a la policía, de lo cual se alegra Annika, aunque en esa ocasión haya sido demasiado tarde:

Por eso era tan importante que la sociedad se concienciara ya de una vez sobre esto […]. Que no miraran hacia otro lado cuando oían ruidos en casa de sus vecinos. Que no pensaran que eran problemas de familia y cerraran los ojos y los oídos. Podía evitarse tanto dolor, tantos crímenes si todo el mundo se comprometiera a denunciar estas cosas.

(pág. 45)

La violencia machista que sufría Sara es corroborada también por su hermano y, con posterioridad, por amigas de la víctima, y, al igual que en el caso de la prostitución/trata, se explican minuciosamente los mecanismos de la violencia, a veces también con cifras (desde luego, la autora se ha documentado bien): la destrucción de la autoestima de la víctima, el aislamiento de su familia y sus amistades, la escalada desde la violencia psicológica hasta ese “le levantó la mano” (pág. 18) que me parece tan burdamente eufemístico, así como la reticencia de muchas víctimas a denunciar, bien por “miedo a su agresor o por el sentimiento de culpa que las imbuía tras haber estado expuestas a situaciones de violencia constante” (pág. 46). A raíz de ello, Álvaro, la pareja de Sara, se convertirá en el principal sospechoso y es especialmente interesante su descripción de su relación con Sara cuando Annika lo interroga, porque ―una vez más― se nos muestra más que se nos cuenta. Sus propias palabras, como piensa la propia Annika, lo dejan “retratado” (pág. 89):

No sé qué quiere decir con eso de “persona independiente”. Sara era mi chica y vivía conmigo.

Tenía algunas amigas, pero hacía bastante que no las veía. Eran unas petardas.

Llegaba tarde a casa [del trabajo] y a menudo decía que estaba muy cansada para preparar la cena […]. Entonces yo me cabreaba. No creo que eso sea un modelo de pareja.

(págs. 88-89)

Sin embargo, al igual que con el tema de la prostitución/trata, los “discursitos” a veces chirrían, por ejemplo, cuando el jefe de Sara, Pablo, se entera por su secretario de que una agente de policía quiere interrogarlo. Ello le molesta y su proceso mental, tal como nos lo cuenta la voz narrativa, que asumimos que sigue “dentro de su cabeza” puesto que lo está justo antes y después, es el siguiente:

Todo estaba muy claro […]. Había sido un asesinato de esos pasionales, ejecutado por un hombre que llevaba años maltratándola. […] Los primeros síntomas, los celos, el control, el aislamiento, pasar a las manos, y por último el ataque desesperado que le había hecho creer que era suya hasta el punto de acabar con su vida.

(pág. 115)

Resulta difícil de creer que un hombre “normal y corriente”, es decir, uno que no haya recibido formación sobre violencia machista (como algunos miembros de la policía o psicólogos) ni haya conocido a nadie víctima de ella, se la plantee en estos términos tan “sofisticados” (si descontamos el adjetivo “pasionales” y el eufemismo “pasar a las manos”). Habría sido mucho más creíble endilgarle este proceso mental a Mati, el compañero de Annika, o incluso a su jefe.

No acaban aquí los temas feministas que aborda la novela: se denuncian también la doble jornada a la que están condenadas las mujeres con pareja e hijas, el “síndrome de la abuela esclava”, la doble moral sexual, las violaciones sistemáticas de mujeres en situaciones de guerra y la necesidad de recuperar la historia de las mujeres, entre otros muchos.

Pero la crítica social que asume la novela va más allá del feminismo. Bruno, que se convierte pronto en coprotagonista, comparte piso con dos amigos. Uno de ellos, Julio, es gay y acaba de descubrir que es seropositivo, lo cual da pie para denunciar (con algún “discursito” de por medio) la homofobia y el rechazo social que todavía hoy inspiran las personas seropositivas.

Por otra parte, Bruno visita a menudo a su madre, quien vive en un pueblo cercano y que lleva mucho tiempo intentando convencerlo para que redacte la biografía de su amiga Doña Paquita. Bruno tiene nulo interés: él quiere ser periodista, no escritor en la sombra de ancianitas aburridas. Finalmente, pasada la mitad de la novela, accede a conocerla y se queda fascinado por el relato de la señora, que se reparte a lo largo de varios capítulos espaciados entre sí. Vivió la guerra civil de muy niña y, después de que su madre fuera asesinada por “roja” y feminista (tras ser rapada al cero y paseada por el pueblo con una dosis de aceite de ricino en el cuerpo), su padre y ella se refugiaron en Francia, donde fueron internad@s en un campo de concentración. Fallecido su padre, viajó a París y se casó con un joven que murió en el frente durante la Segunda Guerra Mundial. Posteriormente, pasó muchos años trabajando como tantas migrantes (aunque no especifica en qué), hasta que se casó con un diplomático de la antigua Yugoslavia y se instaló con él en Sarajevo, donde fue testiga de la guerra de los Balcanes, con todo su horror, incluidas la limpieza étnica y las “violaciones de niñas y mujeres en masa” (pág. 311).

Nuevamente, lo más inverosímil de la historia es la “conversión” de Bruno. Hasta entonces, no sólo no había tenido ningún interés por la recuperación de la memoria histórica, sino que incluso le parecía que “no tenía sentido escarbar en el pasado” (pág. 187). Le bastará una conversación con Doña Paquita y algo de investigación en Internet para darse cuenta de “las carencias, las irregularidades y la amnesia impuesta [por la Transición] que dejó un proceso eternamente inconcluso” (pág. 219).

Mientras, Annika continúa con sus investigaciones de la red prostitucional y del asesinato de Sara, ambas a escondidas de su jefe, pues para él no cabe duda de que Álvaro es el asesino de Sara (paréntesis spoiler: el tipo es un miserable, pero no es el asesino). Surge entonces el tema de las farmacéuticas (Sara trabajaba en una empresa de este sector) y, al igual que con los temas anteriores, se dan numerosos datos (a menudo en plan “discursitos”) al público lector sobre su enorme poder, su medicalización de “problemas de la vida rutinaria” (pág. 243), la dificultad de acceso a los medicamentos por parte de los países del Sur debido a las patentes abusivas y, además, el hecho de que esas mismas empresas participan en la venta de medicamentos fraudulentos por Internet.

Llegada a este punto, empecé a agobiarme, aunque también en este caso concordara con la crítica que lleva a cabo. Daba la impresión de que la autora se había hecho una lista de temas feministas y de izquierdas que abordar, y los fue tachando conforme los incorporaba. Afortunadamente, al final (nuevo spoiler) descubrimos que la empresa farmacéutica sí estaba involucrada en el asesinato de Sara, con lo cual la crítica resulta absolutamente pertinente.

Aclaro nuevamente que me parece una novela muy recomendable y respeto el interés de la autora, una mujer muy comprometida (ha sido Directora General del Instituto de la Juventud de Extremadura y Presidenta del Comité contra el Racismo, la Xenofobia y la Intolerancia, además de colaborar con la Red de Mujeres Jóvenes Africanas y Españolas), por “educar” al público. Lo que a menudo “me sacaba” de la trama era el tono didáctico, más apropiado para un ensayo que para una novela. Reconozco que tal vez sea necesario para una parte del público lector, pero para alguien ya concienciada ―y muy informada― sobre estas cuestiones, resulta un tanto tedioso.

Al mismo tiempo, mientras “critico” todo eso, hago mi propia autocrítica. Mi única novela ya publicada hasta la fecha (tengo otra “a punto de”), Gajos de naranjas, fue desde su concepción una novela feminista, en la que me interesaba “hacer feminismo” explícito (cuando empecé a escribirla, allá por 2005, no se publicaban demasiadas novelas de corte feminista) y tuve que batallar muchísimo, en los sucesivos borradores, para podar los “discursitos” que me brotaban espontáneamente y que abarcaban también numerosos otros temas (racismo, migración, neoliberalismo salvaje, etc.). Por esas fechas leí en algún sitio que los y las escritores noveles tienen (tenemos) cierta inclinación a “querer decirlo todo” en una primera novela. Es posible que a Susana Martín Gijón le haya ocurrido esto.

“Tea Rooms: Mujeres obreras” de Luisa Carnés en “Mujeres de Libros”

Me complace anunciar que en la próxima sesión del curso online “Mujeres de Libros” analizaremos “Tea Rooms: Mujeres obreras” (1934) de Luisa Carnés, una escritora vanguardista perteneciente al grupo actualmente llamado de las “sinsombrero” y completamente olvidada (¡como tantas otras!) hasta que en 2016 se reeditó esta maravillosa novela.

Inscripción: jcruzf77@hotmail.com. (15 € por esta sesión; 80 € por las siete sesiones restantes)

Programa completo del curso: https://jcruzservicioslinguisticos.com/mujeres-de-libros/