Lo que la mala literatura enseña: A propósito de la última novela de María Oruña

A quienes aspiran a dedicarse al oficio de la escritura se les suele recomendar que lean mucho… y que lean buena literatura, empezando con los clásicos (y las pocas clásicas que están en el canon). Ello, por supuesto, es fundamental. Sin embargo, habiendo dedicado toda mi vida a la lectura, el análisis crítico y la enseñanza de “buena” literatura, canónica o no, en esta etapa de mi carrera (¿se la puede llamar carrera, con sólo una novela publicada y otra a punto de?) de escritora, me está siendo de mucha más utilidad leer “mala literatura” (o, dicho con palabras más amables, “literatura fallida”), en la medida en que me está enseñando qué errores intentar evitar en la mía propia. (Resulta una obviedad señalar que, para poder reconocer la “mala literatura”, es preciso haber leído antes mucha de la “buena”.)

Quizá tenga que ver con el punto en que me encuentro. A falta de unos últimos retoques para publicar la novela en la que estuve trabajando casi dos años (y que lleva ahora varios meses en reposo), me fijo mucho en ciertos recursos narrativos que tienen que ver con los míos. Por ejemplo, yo “meto” mucha ideología en mis novelas y me preocupan el exceso de “discursitos”, como el que critiqué en Más que cuerpos de Susana Martín Gijón (con cuya ideología concuerdo), y la inserción de mensajes ideológicos “con calzador”, como hace Carmen Mola en La Nena (cuyo mensaje no comparto). En el caso de la última novela de María Oruña, Lo que la marea esconde (Destino, 2021), que me ha chocado por su ínfima calidad, me he centrado en aspectos más “artesanales”.

🌐 Quienes siguen este blog deben de pensar que sólo leo literatura policíaca y veo seríes ídem. Y no: ésas son sólo mi literatura y mi cine “de evasión” nocturna. Si les dedico entradas aquí, es porque las obras literarias y cinematográficas que me impactan positivamente me suscitan el deseo de escribir artículos o reseñas académicas, e incluso estas últimas requieren mucho trabajo, porque exigen, como mínimo, una segunda lectura. (De hecho, para la única reseña de ese tipo que he colgado aquí, la de la Temporada 1 de O sabor das margaridas, me aseguré de ver la serie dos veces.) 🌐

No voy a analizar la novela en su conjunto y sus errores de calado. Leí las otras tres novelas de la saga (¿por qué ahora todo el mundo escribe sagas?) hace ya unos años y no las recuerdo tan pobres (¿ven?, si ésta fuese una reseña académica, tendría que haberlas releído para comparar): me parecieron sencillitas, como de principiante, pero tuve la impresión de que iban mejorando con cada entrega. Claro que entonces yo no tenía mi propia novela entre manos… Sólo diré que la trama policíaca me parece “simpática” pero carente de interés (un homenaje explícito a Agatha Christie) y que la subtrama emocional “no me ha llegado”, creo que porque le falta profundización psicológica en la protagonista, la teniente de la Guardia Civil Valentina Redondo. Aparte, la mujer asesinada, Judith Pombo, es tan mala-malísima que raya en lo inverosímil y no entiendo por qué la narradora hiper-mega-omnisciente (no, no es una redundancia: las buenas narradoras omniscientes no se “meten en la cabeza” de todos y cada uno de los personajes, sino sólo de los más relevantes) introduce las historias/recuerdos de las y los sospechosos con textos en negrita encabezados por el nombre correspondiente (¿no habría resultado más fluido dedicarles capítulos individuales?). Aquí van, pues, los aspectos que arriba llamé artesanales.

🟣 Información incorporada “de cualquier manera”:

“[…] los del SEMAR y los del SECRIM dicen […] ―refutó Caruso, aludiendo al Servicio de Criminalística” (pág. 22).

“[…] el SIGO ―intervino el cabo […], aludiendo al Sistema Integral de Gestión Operativa” (pág. 33).

“[…] en el SIS ―ordenó, refiriéndose al Sistema de Información Schengen” (pág. 36).

“[…] hablaremos con Lorenzo ―añadió, aludiendo a Lorenzo Salvador, el jefe del equipo del SECRIM” (pág. 40).

“[…] también pasamos el luminol […] ―añadió Salvador, aludiendo al compuesto químico que podía detectar evidencias de sangre aun cuando esta se hubiera intentado eliminar” (pág. 46).

“[…] a la flor o a la brisca ―añadió como una broma, aludiendo a simples juegos de cartas” (pág. 58).

María Oruña, Lo que la marea esconde. Barcelona: Destino, 2021. (Los subrayados son míos.)

Tras leer estas citas, acumuladas en pocas páginas (hay más, pero me cansé de copiar), me horroricé. Mi novela contiene mucha información (en mi caso, no de datos objetivos, sino del pasado de la protagonista) y me he devanado los sesos para insertarla de manera dosificada y sin que chirriase. No sé si lo he conseguido, pero lo que está claro es que nunca se me habrían ocurrido recursos del tipo “aludiendo al hotel donde nos veíamos” o “refiriéndome a la médica que me destrozó la vida”, que resultan forzados precisamente por la falta de esfuerzo que denotan.

Cierto que los acrónimos deben explicitarse y, cuando surgen entre personajes que conocen su significado, sería impostado incluirlos dentro del diálogo. (Y, por cierto, ¿por qué, en la primera cita, explica qué es el SECRIM y no el SEMAR?) Sin embargo, hay otros modos de hacerlo. Uno es el recurso a notas al pie (es bastante común en las novelas policíacas francesas, pues tanto su policía como su gendarmería tienen una casi infinita cantidad de acrónimos). El otro es obviarlos en su momento y, más adelante, permitir que la narradora los explicite. En cuanto a la explicación de quién es Lorenzo, unas páginas después alude a (empieza a pegárseme) “Lorenzo Salvador, jefe del SECRIM” (pág. 46); por tanto, era innecesaria la aclaración anterior. Y, respecto al luminol, ¿puede haber alguna lectora aficionada al género que no sepa lo que es? Me temo que no. ¿Y los “simples juegos de cartas“? No conozco el de “la flor”, pero el de la brisca es bastante conocido. Y esto me lleva a la siguiente sección.

🟣 Información innecesaria por obvia y que menosprecia al público lector:

“―¿La Copa Davis?

Valentina no ocultó su sorpresa; no era ninguna experta en tenis pero incluso ella conocía aquel torneo, que era la competición de tenis por equipos más grande del mundo” (pág. 60).

“Ni siquiera sabía qué era el ranking ATP al que había aludido el exjugador, que en realidad se refería al posicionamiento de los jugadores en la lista de la Asociación de Tenistas Profesionales, que se actualizaba casi cincuenta veces al año” (pág. 60; los dos últimos subrayados son míos).

“―¿Qué? Pero si las FARC ya no están operativas ―se extrañó el sargento, que sabía que las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia habían firmado un acuerdo de paz con su gobierno en 2016” (pág. 144).

Ya mencioné en el apartado anterior que me parece innecesario explicar qué es el luminol o la brisca. Lo mismo opino de estas tres citas. Yo no sigo el tenis, pero sé (como al parecer lo sabe Valentina) que la Copa Davis se juega por equipos y, aunque no sé cómo se mide, también sé lo que es el ranking de la ATP… aunque sólo sea por la infinidad de veces en que Rafa Nadal, ese orgullo “patrio” (léase con ironía), ha sido número uno. En todo caso, el ex-jugador aludido en la segunda cita explica luego en detalle los intereses económicos detrás de la Copa Davis (esta explicación sí me pareció interesante), con lo cual queda claro que se juega por equipos… y ahí podría haber aprovechado para “meter” también la explicación del ranking. Respecto a las FARC, me parecen también innecesarios tantos detalles. Habría bastado con un “¿Pero no se habían disuelto?” dentro del diálogo, sin la larga acotación en plan clase de historia.

Si me molestan estas explicaciones “masticaditas”, es porque opino que menosprecian al público lector, asumiéndolo como totalmente inculto y falto de curiosidad. Personalmente, yo prefiero asumir una lectora medianamente culta que, si no conoce alguna de mis alusiones (no voy a poder quitarme esta palabra de la cabeza en todo el día), hará el esfuerzo de informarse al respecto. Por ejemplo, en mi actual novela hablo de las elecciones “fallidas” del 20-D (de 2015), sin entrar en explicaciones de quién y por qué. Si alguien de fuera de España, o de dentro o fuera cuando hayan pasado unos años, no está al tanto o ha olvidado los detalles (al fin y al cabo, desde entonces hubo otras elecciones fallidas, las del 28 de abril de 2019) y le interesa conocerlos (tampoco son fundamentales para la trama), puede acudir a San Google o a la Wikipedia, como hago yo cuando deseo más información sobre un tema aludido en una novela.

🟣 Repeticiones cansinas y tópicas referidas a la subtrama emocional:

“[…] tras el inevitable drama que había tenido que afrontar hacía solo unos meses” (pág. 34).

“[…] antes de que hubiese sucedido la tragedia de la que nadie se atrevía a hablarle” (pág. 37).

“Porque ¿es posible evitar una tragedia? Cuando le sucedió a Valentina […]” (pág. 49).

Hay más pasajes de este cariz, que, paradójicamente, minimizan el drama o tragedia: de hecho, cuando por fin se nos explica lo sucedido, parece menos dramático/trágico de lo que se nos había dado a entender. Aparte, cada vez que aparece un nuevo personaje, la narradora se siente obligada a señalar que dicho personaje percibe “la nueva dureza” (pág. 137) que Valentina expresa desde el referido drama/tragedia. En este caso, lo que se rompe es la máxima del “Show, not tell“.

🟣 Repeticiones de contenido:

“Los despachos de los forenses se encontraban en el mismo edificio donde se ubicaban los juzgados […], pero las autopsias se realizaban en una planta baja del Hospital Universitario Marqués de Valdecilla de Santander” (pág. 26).

“La sala donde practicaban las autopsias se encontraba en el Hospital Universitario Marqués de Valdecilla, pero el despacho de [la forense] Clara Múgica se hallaba fuera del complejo […,] en un despacho del mismo edificio donde se hallaban la mayor parte de los juzgados de Santander” (pág. 229).

Al leer el segundo pasaje, tuve la sensación de déjà-vu y volví atrás para comprobar que eso ya lo había leído. Se me ocurre que debe de ser un gazapo (todo lo anterior ha dejado claro que la novela no pasó por una corrección de estilo [sí ortotipográfica, puesto que no detecté erratas ni errores]), aunque también me surge la duda de que se trate de un nuevo menosprecio hacia la lectora… por si ha olvidado dónde se ubican los despachos y las salas de autopsia (aunque en realidad poco importa a efectos de la trama).

🟣 Otros detallitos:

Éstos, lamentablemente, están muy extendidos y no son exclusivos de Oruña:

Utilizar el masculino referido a una mujer (en este caso la protagonista): “¿acaso era ella médico?”; “una depresión […] con frecuencia era el resultado de […] una distorsión sobre uno mismo“; “¿cómo asimilar […] tanto dolor, cuando uno se sabe responsable?” (págs. 165; 167; 167; los subrayados son míos).

Referirse al personaje de Margarita Rodríguez, y varias veces, y desde la narradora omnisciente, como solterona: ¡¿en serio alguien utiliza todavía esa palabra, o contempla ese concepto, en pleno 2021?!

Referirse al personaje de Pablo Ramos, que es tetrapléjico, y varias veces, como paralítico. Mucho me temo que, al contrario que solterona, este vocablo denigrante sigue utilizándose… y más en esta última época de creciente abandono de, y discriminación contra, las personas con una discapacidad. Pero una escritora debería ser un poco más cuidadosa en su uso del lenguaje… Dicho esto, debo, sin embargo, celebrar que haya incluido a un personaje con una discapacidad que, no sólo es autónomo, sino tenista paralímpico con un alto puesto en el ranking. Aunque Oruña sólo lo haya hecho porque convenía a la trama, es de agradecer esa visibilidad positiva.

Publicado por jcruzf

Doctora en Lengua y Literaturas Hispánicas por la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA), especializada en literatura y cine de mujeres. Es autora del libro "Marginalidad y subversión: Emeterio Gutiérrez Albelo y la vanguardia canaria", y numerosos artículos académicos de crítica literaria, cinematográfica y cultural, así como de la novela "Gajos de naranjas", y coeditora, junto con Barbara Zecchi, del volumen "La mujer en la España actual: ¿Evolución o involución?" Ha sido profesora en diversas universidades estadounidenses, la última New York University – Madrid (2005-2015), y entre 2006 y 2011 impartió el curso anual “Género, cine y sociedad” en la Universidad Complutense de Madrid. También ha traducido varios libros para la colección “Feminismos” de Cátedra.

4 comentarios sobre “Lo que la mala literatura enseña: A propósito de la última novela de María Oruña

  1. Esto es algo de lo que se habla poco, pero es muy cierto. La literatura nos impacta por algo, sea bueno o malo. Cuando recién empezamos a leer, nuestro gusto es muy sencillo, pero luego los filtros se van volviendo más finos… pero también más específicos y personales. Y cada mala lectura nos va construyendo como lectores, al punto en que a veces recordamos libros por un defecto que nos llamó la atención, y que luego no podemos dejar de notar.

    En eso, la mala literatura también nos construye, nos hace conscientes de cómo leemos y por qué.

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    1. Sí, es un proceso curioso, que yo he percibido sobre todo desde que empecé a escribir mis propias obras. Antes captaba, por supuesto, “cosas” que me chirriaban (finales “deus ex machina”, cambios abruptos del punto de vista, etc.), pero, salvo cuando estaba destripando a fondo un texto para clase o para mis artículos académicos, prestaba menos atención a la construcción a nivel de frase, por ejemplo. Ahora me fijo mucho. En todo caso, incluso las grandes obras tienen algún defecto, aunque normalmente ello no detrae de su calidad: ¡si hasta Cervantes se olvidó del robo del rucio de Sancho! Gracias por comentar.

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  2. Gracias, tocayo (por la J.C.), por comentar. Tienes razón, en los libros bien escritos la construcción a nivel de frase se vuelve por así decir transparente: podemos admirar frases o párrafos concretos, pero sin tanto énfasis en la construcción misma. (Como crítica académica, yo también analizo a fondo esos logros, pero sólo a partir de la segunda lectura, cuando estoy preparando una clase o un artículo.)

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