Sugerencias mínimas para la corrección de tus propios textos (II): Textos académicos y de no ficción

En una entrada reciente presenté unas sugerencias mínimas para la autocorrección de textos válidas para textos tanto literarios como académicos, pues se centraban en aspectos puramente lingüísticos. En ésta añadiré algunas más que deben tomarse en cuenta para los textos académicos y de no ficción en general.


1. Repaso de las sugerencias generales.

Los siguientes son los puntos básicos que expuse en mi anterior entrada y que siguen siendo aplicables:

  • Cuida la presentación visual.
  • Usa el corrector de Word.
  • Desactiva el separador de palabras al final de la línea.
  • Verifica todo aquello sobre lo que tengas dudas.
  • En la duda, reformula.
  • Antes de entregar el texto, cambia la fuente y el espaciado de los párrafos, imprímelo y reléelo.
  • Haz una última lectura en voz alta.

2. Sugerencias específicas para textos académicos.

2.1. Verifica todo, verifica siempre.

En mi anterior entrada sugería que verifiques todo aquello sobre lo que tengas dudas a nivel lingüístico, porque dudar es sano. Sin embargo, en un texto académico debes ir un paso más allá y verificar todos los datos expuestos (fechas, nombres propios de personas, lugares u organizaciones, títulos de obras artísticas, términos o fórmulas científicas)… incluso cuando estés (casi) segura de ellos, porque la memoria nos juega a veces malas pasadas. Y, aunque desde luego no lo recomiendo como fuente para la investigación, a la hora de verificar datos que ya conoces, suele bastar con un vistazo en Google o la Wikipedia.

Aquí es donde lo académico diverge de lo literario. Por ejemplo, si en una novela incluyes un dato erróneo ―”En 1982, cuando el golpe de Tejero…” (fue en 1981); “Me encanta la Toscana, sobre todo Roma” (Roma está en el Lazio); “El virus de la tuberculosis estaba haciendo estragos” (es una bacteria); “Su ópera favorita era Tosca de Verdi” (es de Puccini)―, ello no tiene por qué afectar a la calidad del conjunto, salvo que se trate de una novela histórica (en el primer caso), se desarrolle en Italia (en el segundo) o sus protagonistas sean médicas o músicas (en los dos últimos). Una parte del público lector no se dará cuenta y otra parte atribuirá el error a un despiste o a algún teclazo mal dado, y, en todo caso, valorará el texto por sus méritos literarios. (Iba a poner un ejemplo de error literario, pero no: si eres escritora, no puedes confundir títulos o autoras.) En cambio, ese mismo error en un texto académico, aunque no trate sobre ese tema específico, te hará perder credibilidad como ensayista/académica.

2.2. Todo lo que no es cita es plagio.

Citar y referenciar todas las ideas que hayas tomado de otras fuentes es esencial en el trabajo académico, y en ello difiere también del literario. Abro paréntesis:

🟣🟣 Ojo, con ello no quiero decir que en una obra literaria puedas copiar y pegar alegremente pasajes enteros de otra como si fuesen tuyos (eso sí constituye plagio), pero la “apropiación” de palabras o incluso frases o versos de otros textos es parte integral de la literatura. Somos en gran medida los libros que hemos leído, las canciones que hemos escuchado, las películas que hemos visto, y todo eso se vuelca, a veces incluso inconscientemente, en lo que escribimos. Aparte, la intertextualidad (el diálogo que una obra entabla con otra u otras anteriores, ya sea como homenaje, como parodia o como simple guiño) es un elemento sumamente enriquecedor. Aclaro que estoy hablando aquí de las “leyes de la literatura“, las cuales no siempre coinciden con las leyes del mundo jurídico. Con las cada vez más estrictas leyes de propiedad intelectual, deberás citar y referenciar todo lo que no sea tuyo y, además, pedir autorización para reproducir lo que esté sujeto a derechos de autoría. Personalmente, opino que ello perjudica a la literatura, porque presupone darle todo “masticadito” al público lector. ¿Realmente es necesario que, si se me ocurre decir de un paisaje que “era verde, de un verde intenso, verde que te quiero verde…”, ponga una nota al pie indicando que la última parte es un verso del “Romance sonámbulo” de Lorca? ¿No se presupone que cualquier lectora hispanohablante medianamente culta captará la referencia? Si la capta, ¿podrá pensar siquiera remotamente que pretendo hacer pasar por mío ese verso archiconocido? Y, si no lo hace, ¿realmente es tan importante que la instruya sobre ello? ¿Cómo establezco una relación de complicidad con el público si se lo explicito todo? Como escritora yo misma, además de traductora, soy la primera interesada en que se respete la propiedad intelectual, pero creo que en la literatura hay una amplia zona gris… y no tengo muy claro (aún) cómo resolver el dilema. 🟣🟣

Hecha esta digresión… En el trabajo académico es imprescindible citar. De hecho, cuanto más cites, sobre todo si eres todavía estudiante o acabas de recibir tu doctorado, mejor, porque se te exige demostrar que has leído todo-todo-todo lo que se ha publicado sobre ese tema hasta la fecha. (Todavía recuerdo el caso de una antigua alumna de mi universidad a la que denegaron la admisión en un programa de doctorado con el único argumento de que su tesina de Máster tenía sólo dos páginas de bibliografía. ¿Habían leído la tesina? Sospecho que no: también en el mundillo académico se confunde a veces cantidad con calidad.) Evidentemente, tu trabajo no puede ser sólo una ensalada de citas. Tiene que aportar algo original y las citas sirven para apoyar tus ideas, incluso ―o sobre todo― cuando las refutas (las citas, no tus ideas 😉 ).

Ahora bien, hay que desarrollar una cierta intuición (y experiencia) para determinar qué y cómo citar. No es necesario referenciar datos que pertenecen al dominio público de tu disciplina. En mis tiempos de profesora, a veces recibía trabajos en los que las alumnas ponían las fechas de nacimiento y muerte de un autor o autora, e indicaban dónde habían obtenido la información (por lo general Wikipedia), lo cual era a todas luces superfluo. Por dar una norma sencilla: podemos considerar “de dominio público” el tipo de datos que encontramos en enciclopedias o libros de introducción a determinada materia: fechas, nombres, definiciones de conceptos básicos, etcétera.

Otra cuestión es cómo. Lo ideal es alternar las citas textuales con paráfrasis o medias paráfrasis (en las que parafraseas el concepto, citando textualmente sólo una palabra o varias). Y aquí entra de nuevo la obsesión con la verificación: debes asegurarte de que la porción entre comillas esté copiada textualmente. Si contiene una errata o error, debes poner “[sic]” (así, entre corchetes), para dejar claro que el error no es tuyo. (El sic también se puede utilizar con intenciones irónicas, pero ése es otro tema.) Si modificas mayúsculas, minúsculas o terminaciones de palabras para garantizar la fluidez y/o concordancia de la frase, debes indicar esos cambios entre corchetes. Si omites una parte, debes señalarlo con puntos suspensivos entre paréntesis, entre corchetes o espaciados, dependiendo del formato de citación que utilices.

Eso sí: una vez citado o parafraseado el concepto, has de indicar la fuente e incluirla en la bibliografía siguiendo alguno de los formatos establecidos para ello (ver sección siguiente). No hace mucho me topé con un libro que contenía largas citas entre comillas pero sin referencia alguna. Cuando se lo advertí a la autora, me dijo: “Bah, son sólo enciclopedias”. Pues bien, en ese caso, se trataría de conocimientos “de dominio público” y, por tanto, le habría bastado con parafrasear… pero supongo que le pareció más expeditivo copiar y pegar.

Y, antes de poner punto final al texto, puesto que la mayoría de las bibliografías incluyen sólo las obras citadas, deberás volver al principio y asegurarte de que todas las citas tengan la referencia bibliográfica correspondiente y viceversa, que todas las obras citadas en efecto estén citadas en el texto.

2.3. Coherencia en las citaciones y la bibliografía.

En mi anterior entrada hablaba de coherencia en relación con la ortografía (cuando hay más de una opción correcta) y los nombres propios. En un texto académico, hay que cuidar también la coherencia en la terminología científica (de la disciplina que sea), pero la más difícil de cumplir es la de las citaciones y la bibliografía.

Normalmente las revistas académicas, los volúmenes editados y las editoriales exigen un formato determinado: MLA (Modern Language Association), APA (American Psychological Association), Chicago A o B, Vancouver, etcétera, (no) casualmente todos provenientes del mundo académico estadounidense. Éste es un intrincado laberinto en el que deberás aprender a moverte. (Y, aunque no es mi intención desanimarte, una vez que lo hayas aprendido, lo cambiarán y tendrás que reaprenderlo… Por mencionar sólo dos de ellos, el de la APA va por la séptima edición y el de la MLA por la octava. Quienes idean estos formatos se parecen un poco a la RAE, dictatoriales y altamente volubles… lo que, por cierto, no está desligado de intereses pecuniarios, pues cada nueva edición genera nuevos ingresos.) Deberás aprenderte las normas de ese formato, ajustarte a ellas y… la coherencia surgirá por sí sola.

Ahora bien, si no se te exige ningún formato concreto, deberás elegirlo tú, y puede ser uno de esta lista (en alguna entrada futura hablaré de las ventajas e inconvenientes de cada uno) o uno diseñado por ti. En cualquier caso, tendrás que respetarlo siempre. Por ejemplo, si optas por el MLA (mi favorito, pues es el más sintético e intuitivo), donde las citaciones parentéticas básicas (obra de una sola autora de la cual sólo citas una) tienen la forma “(Cruz 325)“, no podrás combinarlo con el APA (el más pesadillesco, que no recomiendo salvo bajo pena de cárcel o destierro… aunque menos que el Chicago A, con sus notas al pie y su sopa de letras latinas del tipo op. cit. e ibid., con toda la maraña de cursivas, abreviaturas y puntuación que ello conlleva), cuya forma sería “(Cruz, 2014, p. 325)“.

Lo mismo es válido para la bibliografía o listado de obras citadas. Elijas el formato que elijas, debes ser coherente en todas las entradas: que todas tengan exactamente el mismo formato dependiendo del tipo de texto del que se trate (hay normas específicas para libros enteros, para capítulos de libros, para artículos de revistas, para páginas de Internet, para material audiovisual…). Y, cuando la hayas elaborado, debes leerla y releerla y volver a (re)leerla varias veces más, puesto que, entre tantas mayúsculas y minúsculas, cursivas y redondas, comillas, puntos, comas, dos puntos, paréntesis… es muy fácil que se cuelen erratas.

Y, como se diría en inglés, on that happy note… ¡A autocorregir(te)! 😊

Publicado por jcruzf

Doctora en Lengua y Literaturas Hispánicas por la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA), especializada en literatura y cine de mujeres. Es autora del libro "Marginalidad y subversión: Emeterio Gutiérrez Albelo y la vanguardia canaria", y numerosos artículos académicos de crítica literaria, cinematográfica y cultural, así como de la novela "Gajos de naranjas", y coeditora, junto con Barbara Zecchi, del volumen "La mujer en la España actual: ¿Evolución o involución?" Ha sido profesora en diversas universidades estadounidenses, la última New York University – Madrid (2005-2015), y entre 2006 y 2011 impartió el curso anual “Género, cine y sociedad” en la Universidad Complutense de Madrid. También ha traducido varios libros para la colección “Feminismos” de Cátedra.

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