Sugerencias mínimas para la corrección de tus propios textos (I): Textos literarios y académicos

Al igual que la comida, un texto “entra por los ojos”: por muy brillante, divertido, innovador o riguroso que sea, si está mal redactado o contiene errores y erratas, perderá muchísimo valor a ojos de quien lo juzga (editorial, revista académica o público).

Un consejo reiterado en blogs y grupos de Facebook a quienes aspiran a publicar un libro, ya sea literario o académico, de ficción o de no ficción, es contratar a una correctora profesional antes de enviarlo a una editorial o concurso, o de autopublicarlo.

Como escritora y también correctora, estoy de acuerdo en que es imprescindible. Ahora bien, entiendo que no todo el mundo puede permitirse ese gasto y, en todo caso, aun cuando tengas previsto enviar tu manuscrito a una correctora, conviene hacer antes una autocorrección minuciosa. Por dos motivos: 1) La tarifa será más económica: por ejemplo, yo tengo una tarifa plana para la corrección ortotipográfica, pero mi tarifa para la corrección de estilo varía en función de la calidad del original, es decir, de cuánto esfuerzo vaya a requerir la corrección. 2) La calidad de la corrección dependerá de la calidad del original. Mientras más errores haya en el original, más lecturas serán necesarias, porque, ya sea con el control de cambios de Word o con un rotulador sobre papel, llega un punto en que ya no se “ve” y con ello aumentan las posibilidades de pasar cosas por alto. Además, aunque siempre se puede conseguir un texto “correcto” a secas, si la redacción de partida es mala, difícilmente llegará a “estupendo” (iba a decir “perfecto”, pero la perfección no existe).

Sin contar con el componente subjetivo/inconsciente de “desgana” que opera ante textos plagados de errores. Matizo: que “opera” en mí, Jacqueline. Yo admiro a las personas autodidactas, aquellas que, no habiendo podido “estudiar” por los motivos que sea, se esfuerzan por aprender aunque no dispongan (todavía) del caudal de conocimientos de quienes hemos sido más afortunadas. Sus errores los puedo “perdonar”. No así los que son producto del descuido, el desaliño, la negligencia, la pereza… Doy un par de ejemplos:

🔴 ¿Qué pensarían si llegara a sus manos un texto como éste (imagínenlo impreso [no encontré ninguna imagen pertinente]) para publicar? Les diré que, en mi lejana época como joven doctoranda a cargo de Mester, una revista dirigida por estudiantes de posgrado de la UCLA y bastante prestigiosa por cierto, recibí textos a máquina no muy distintos a éste. Corría el año 1991, los ordenadores recién empezaban a popularizarse y muchos académicos “veteranos” (masculino genérico porque eran casi todos hombres) seguían aferrados a la máquina de escribir. Y no se cortaban un pelo en presentar textos llenos de tachones y correcciones a mano. Esa experiencia tuvo desde luego un efecto positivo en mí: me sirvió para desmitificar a las “grandes figuras” del mundo académico. Pensaba: “Sabrán muchísimo más que yo sobre literatura, pero no respetan ni la lengua ni la profesión”. Obviamente, hoy en día, con el acceso (casi) universal a los procesadores de textos, nadie entregaría el equivalente impreso de esta imagen. Y, sin embargo, muchos textos que veo me producen esa misma sensación.

🔴 Hace poco me topé con un libro autoeditado (sí, editado: impreso, encuadernado y en circulación) que, entre un sinfín de errores, erratas, problemas sintácticos, gramaticales y un largo etcétera, contenía una frase parecida a ésta: “La población vivía afilada en chabolas”. Mi primera reacción fue: ¿Cómo puede una persona con estudios universitarios no conocer la palabra hacinada? ¿Acaso nunca la ha visto escrita? (Sé de alguien a quien le encanta decir “Es condición sinecuánime“, pero probablemente nunca la haya visto escrita ―no es precisamente un gran lector― y la utiliza porque debe de parecerle muy “sofisticada”.) Más adelante, sin embargo, aparecía la palabra hacinada correctamente escrita. El afilada de antes fue un lapsus (y de los gordos… que, además, no cabe atribuir a ningún corrector automático desquiciado), pero, ¿acaso no se molestó en releer el texto? Creo que algo así se captaría a la primera relectura. Francamente, me habría generado una impresión menos mala que escribiese acinada o hasinada en los dos casos. Esto último denota desconocimiento; lo otro, desinterés.

A la vista de estas y otras experiencias, se me ha ocurrido compilar algunas sugerencias básicas de autocorrección, que puedes aplicar conforme escribes y antes de enviar tu texto a una correctora (humana), a una traductora (sí, también, porque la calidad de una traducción depende en gran medida de la calidad del original, aunque este tema daría para otra entrada) o a una editorial. Es posible que a algunas lectoras les parezcan obviedades, pero, créanme, si lo he hecho es porque me consta que no lo son para todo el mundo.


🟣 Cuida la presentación visual

Aunque esto es probablemente lo último de lo que una se preocupa cuando está escribiendo, es lo primero que verá quien lo lea. No hace falta ser maquetadora para presentar un texto visualmente atractivo: yo soy, a efectos prácticos, “analfabeta” en cuestiones informáticas y con las herramientas de Word me basta. Algunas sugerencias básicas:

Fuente: Utiliza la misma en todo el texto (salvo que tengas un motivo concreto para modificarla en algún pasaje).

Párrafos: Sangra siempre la primera línea (en algunos libros no se sangra el primer párrafo de los capítulos porque empiezan con una letra capitular, pero en un manuscrito sí debe hacerse) y utiliza el mismo espaciado entre ellos (y entre las líneas) a lo largo de todo el texto. Recomiendo también justificarlos: los textos justificados dan una impresión más “profesional“.

Títulos: Aunque esto es hasta cierto punto subjetivo, yo recomiendo que los títulos de los capítulos estén centrados, en negrita y en letra más grande (ah, y sin un punto al final) y los de las secciones (si las hubiere) estén justificados a la izquierda, en negrita y con el mismo tamaño de fuente que el resto.

Paginación: Debes paginar el texto. El dónde colocar los números es subjetivo, aunque es preferible colocarlos centrados en la parte inferior, para que no haya diferencias entre las páginas pares e impares a la hora de maquetar.

No olvides cerrar todas tus frases con un punto (a menos, obviamente, que lo hagas con una exclamación o interrogación).

Usa siempre las comillas españolas para los textos literarios (en los académicos se pueden usar las comillas inglesas).

Y, aunque esta entrada no pretende ser un manual, no puedo resistirme a dar una regla básica de puntuación, porque su mal uso me hiere a menudo los ojos en las redes sociales: No se deja un espacio antes de la coma, sino después.

🟣 Usa el corrector de Word

Evidentemente, esto no basta para corregir un texto porque las herramientas automáticas (todavía) no valoran los contextos (hay, ahí y ay son todas palabras existentes, como también lo son las formas por qué, porque, porqué y por que), pero al menos te advertirá de algunas erratas. Eso sí: una vez pasado el corrector, relee el texto para asegurarte de que el susodicho no haya hecho cambios por su cuenta. (Yo tengo todos los correctores de todas mis aplicaciones desactivados, porque trabajo en tres idiomas ―a veces en un mismo texto― y en el pasado algún corrector me perpetró burradas como cambiarme palabras de un idioma a otro. Pero bueno… Como dice el dicho, Do As I Say, Not As I Do. Tampoco, como habrás podido percibir, “obedezco” en todo a la RAE. Sin embargo, es conveniente que quienes empiezan a escribir sí lo hagan.)

🟣 Desactiva el separador de palabras al final de la línea

(Salvo que estés maquetando el texto para imprimir.) Por varios motivos: 1) Los separadores de palabras son aún más falibles que los correctores automáticos, incluso en el idioma que tengas seleccionado (y, si incluyes palabras o nombres propios en otro, las probabilidades de separación errónea se multiplican). 2) En cuanto la correctora profesional o la maquetadora toque el texto, cambiará la ubicación de las palabras y, por consiguiente, el punto de separación. Además, si la correctora usa el control de cambios, lo que ve en pantalla no es el texto definitivo y, por tanto, no tiene sentido que corrija las palabras mal separadas (las del original o las que vayan surgiendo sobre la marcha).

🟣 Verifica todo aquello sobre lo que tengas dudas

Si estás convencida de que desahuciar se escribe deshauciar o desecho, en el sentido de residuo, se escribe como el participio del verbo deshacer, deshecho (dos errores que me encuentro con demasiada frecuencia en la prensa e incluso en libros de editoriales prestigiosas), no lo vas a verificar, claro… Pero todo aquello sobre lo que tengas dudas, sí debes verificarlo. A veces no es necesario siquiera acudir a un diccionario: basta con escribir la palabra en Google y sabrás si es la ortografía correcta. (Presta especial atención a los nombres propios en lenguas que no dominas.)

Lo mismo es válido para las dudas gramaticales. No siempre es necesario buscar manuales. Por ejemplo, si dudas entre preveyó (otro horror ―quiero decir error― que me encuentro a menudo, aunque más en la prensa oral que en la escrita) y previó, puedes buscar la conjugación del verbo prever o simplemente teclear en Google “preveyó o previó?” (no hace falta abrir la interrogación) y encontrarás la duda ya formulada y respondida. Recomiendo las respuestas de la Fundéu o el Diccionario Panhispánico de Dudas (no me fiaría, por ejemplo ―suponiendo que alguien haga preguntas tan “sesudas” ahí―, de ForoCoches).

Y no dudes en dudar. La duda es sana, aunque a veces caiga en lo hiperbólico. Yo, por ejemplo, dudo poco (al menos a nivel gramatical) con mis propios textos y con los primeros borradores de mis traducciones (aunque para éstos obviamente consulto a menudo el diccionario). Sin embargo, a la hora de corregir mis textos literarios (con los académicos no me sucede… ni idea de por qué), textos ajenos o los borradores últimos de mis traducciones, a veces me asaltan dudas “tontas” sobre preposiciones, adverbios o pronombres. Sin embargo, no me flagelo por ello (por dudar tontamente), pues opino que es mejor pecar por exceso que por defecto.

🟣 En la duda, reformula

Si te está costando mucho dar forma a una frase, a cuenta de las subordinadas o por algún otro motivo, o te suena “rara” cuando la lees, reformúlala de tal modo que evites ese escollo. (Ése es un lujo que se tiene cuando se escribe desde cero; a la hora de traducir frases retorcidas y/o mal redactadas, “la cosa” se complica infinitamente mucho, porque es preciso mantener un mínimo de fidelidad al original).

🟣 Sé coherente

Esto vale para todos los aspectos del texto, aparte de los que ya señalé en relación con la presentación: 1) Ortografía: Si una palabra o locución admite más de una forma (por ejemplo, quizá y quizás), asegúrate de utilizar siempre la misma. 2) Nombres propios: Si un personaje se llama Javier, sé consistente y no lo llames a veces Javier y a veces Javi (salvo en los diálogos, claro está, donde el cambio al diminutivo sirve, entre otras cosas, para mostrar cercanía).

Para ello, no hace falta mirar el texto con lupa cuando lo lees. En Word puedes pinchar “Buscar” para cada una de las formas y comprobar si aparecen y dónde. O, casi mejor, puedes pinchar “Reemplazar” para cambiar la forma desechada (sin hache) a la forma elegida.

🟣 Antes de entregar el texto, cambia la fuente y el espaciado de los párrafos, imprímelo y reléelo

Puede parecer una tontería, pero ver el mismo texto con otro aspecto facilita la detección de erratas y pequeños errores, porque crea distancia con respecto a lo que has estado viendo durante quién sabe cuánto tiempo y a lo largo de quién sabe cuántos borradores (si eres como yo, decenas y decenas). Y, aunque te lleves de maravilla con las pantallas (no es mi caso: yo necesito imprimir sí o sí), verlo impreso le dará cierto “empaque” que hará que chirríen más las erratas.

🟣 Haz una última lectura en voz alta

(Y, a ser posible, grábate y reescúchate: el beneficio será entonces doble.) La lectura en voz alta no sólo sirve para detectar repeticiones y rimas internas que se nos escapan en la lectura reiterada y/o somera, sino también, si concentras la vista en las palabras escritas según las vas leyendo, para detectar erratas y palabras faltantes o sobrantes (“eso” que sucede tan a menudo cuando hacemos algún cambio al texto, porque, o bien eliminamos más palabras de las necesarias, o bien se nos olvida eliminarlas todas).

🌐🌐 Lo dicho hasta aquí es válido para textos literarios y académicos. En los académicos hay aspectos adicionales que cuidar (citaciones y bibliografía), pero ése será tema para otra entrada.

🌐🌐 Y un último consejo (lo demás son sugerencias): Si no puedes costear los servicios de una correctora profesional para todo el texto, hazlo al menos para la sinopsis y la biografía. Para mí, no hay nada más desalentador (y disuasorio a la hora de comprar) que una sinopsis mal redactada y/o una biografía chapucera. (Esta misma semana le dije a alguien que **debía** reescribir la sinopsis de su libro en Amazon porque era ininteligible [estaba en inglés calidad traductor automático]. Su respuesta: “Bah, es sólo Amazon”. Creo que sobra cualquier comentario.)

Y no me resisto a dar una regla más: Los títulos de libros se escriben en cursiva (no en cursiva y negrita, no en negrita y entre comillas, no en mayúsculas y subrayados… que de todo esto he visto) y los de relatos o poemas sueltos en letra redonda y entre comillas. Respecto al uso de mayúsculas en los títulos, varía según las lenguas: en castellano sólo llevan mayúscula la primera palabra y los nombres propios.

Y ahora… ¡¡A corregir(te)!! 😜

Publicado por jcruzf

Doctora en Lengua y Literaturas Hispánicas por la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA), especializada en literatura y cine de mujeres. Es autora del libro "Marginalidad y subversión: Emeterio Gutiérrez Albelo y la vanguardia canaria", y numerosos artículos académicos de crítica literaria, cinematográfica y cultural, así como de la novela "Gajos de naranjas", y coeditora, junto con Barbara Zecchi, del volumen "La mujer en la España actual: ¿Evolución o involución?" Ha sido profesora en diversas universidades estadounidenses, la última New York University – Madrid (2005-2015), y entre 2006 y 2011 impartió el curso anual “Género, cine y sociedad” en la Universidad Complutense de Madrid. También ha traducido varios libros para la colección “Feminismos” de Cátedra.

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