La corrección de estilo del propio texto: El cuento de nunca acabar

Después de un año y medio de escritura casi diaria, afronto el que será el (pen)último borrador de mi novela (penúltimo porque, como solía decir mi padre, “El último es cuando uno se muere”) y que consistirá básicamente (aparte de algunos detalles de contenido) en la (auto)corrección de estilo.

No contaré aquí cómo ha sido el proceso de escritura de la novela (eso lo dejo para cuando la publique). Sólo diré que, al tratarse de autoficción, ha sido un proceso doloroso en lo emocional y laborioso en lo literario, infinitamente más laborioso que el de mi primera novela, Gajos de naranjas, que era ficción pura. 

Podría pensarse, por tanto, que lo que me queda es lo más fácil. Sin embargo, siempre me abruma esta etapa en todo lo que escribo (incluidos artículos académicos) y traduzco, por la sencilla razón de que no tiene término. A veces pienso que podría pasarme toda una vida puliendo un texto de una página sin llegar a estar del todo satisfecha. Con lo que solemos llamar “contenido” (en el caso de la narrativa: sucesos, descripciones, dosificación de la información, presentación de los personajes, etcétera) llega un punto de cierta satisfacción. Con la “forma” (entrecomillo forma y contenido porque soy consciente de que no son independientes), en cambio, no.

🌐🌐 Inciso: Es mucho más fácil corregir textos ajenos porque: 1) Hay distancia con respecto al texto (una no lo tiene interiorizado, por no decir memorizado) y aquello que “chirría” enseguida salta a la vista; y 2) No hay “apego” y una es libre de corregir (o, por lo menos, señalar) lo “mejorable” sin sentir que está teniendo que renunciar a una palabra, expresión o frase que resultaba perfecta “hasta” (hasta darse cuenta de que no lo es o, por lo menos, de que no lo es en ese punto o en relación con lo anterior o posterior). 🌐🌐

Y no se trata de que lo que he escrito hasta ahora esté elaborado de manera chapucera. He pasado por numerosos borradores de cada capítulo en cada versión y en todos he cuidado el estilo… Simplemente no me he “obsesionado” asegurándome de que cada frase fluyese a la perfección ni buscando cada repetición y cada rima interna, porque mi prioridad era otra. Ahora he de hacerlo sí o sí. Y siento una pereza enorme, algo que no me ha sucedido con escritos anteriores (novela o traducciones). ¿Por qué en este caso sí? Porque lo que cuento es doloroso y pensar en releer una y mil veces lo mismo para sólo “mejorar” un poquito el texto me abruma. Hasta ahora, independientemente de lo duro que fuese recapitular ciertos sucesos, con cada reescritura percibía “avances”: una estructura más lograda, el encaje de algún episodio del pasado que me costaba ubicar, nuevas metáforas, incluso nuevos “descubrimientos” a nivel personal… A partir de ahora, en cambio, los avances serán ínfimos (aunque imprescindibles). Y tengo una prisa bárbara por terminar. No porque deba cumplir un plazo, no, sino porque este proyecto, que empezó siendo un exorcismo, está deviniendo un ejercicio de masoquismo. Y lo único que deseo es sacarlo fuera de mi vida, como fuera está ya todo lo narrado ahí.


He empezado ya con el capítulo I, que no requería cambios de “contenido”. Estaba relativamente contenta con él, pero, al aplicarle la lupa, me he encontrado con todo tipo de cositas que mejorar (y no hablo de erratas ni errores: no los hay). Y estas cositas son las mismas que ya me causaron quebraderos de cabeza en mi anterior novela y que tienen que ver, supongo, con mi estilo personal.

Exceso de pluscuamperfectos: Ambas novelas están escritas en pasado y tienen una estructura episódica, de tal modo que en cada capítulo aludo a sucesos o emociones “ocurridos” en el intervalo desde el capítulo anterior. En ésta, además, incorporo mucha información sobre un pasado anterior al inicio de la novela, lo que multiplica los pluscuamperfectos. Y me está costando eliminarlos. En teoría, sé cómo hacerlo (por ejemplo, comenzar la rememoración con el pluscuamperfecto y luego pasar al indefinido), pero no me está “saliendo”. Y me pregunto si puede haber un factor psicológico: que, o bien percibo todo lo narrado como muuuuy lejano (aunque empecé a escribir la novela poco después de lo relatado al final) o, por el contrario, que no lo considero todavía cerrado. Seguiré luchando… En cualquier caso, creo que mi próxima novela la escribiré en presente. Entonces abusaré del pretérito perfecto, pero es bastante menos cacofónico y, cuando menos, existe variación entre la primera y la tercera persona del singular (he/ha).

Acotaciones en los diálogos: En las dos novelas hay muchos diálogos (me encantan y me fluyen con facilidad), pero… tengo la mala costumbre de ponerles acotaciones y, en éstas, la costumbre peor aún de no repetir el verbo decir. Aunque sé que hay grandes novelas escritas con él (pienso sobre todo en la literatura anglosajona), personalmente no me veo escribiendo un diálogo con puros dijo y dije. Entonces varío: decir en alguna ocasión y, de resto, todo tipo de variantes: protestar, comentar, explicar, objetar, exclamar, preguntar, contestar, responder, replicar, concordar, asentir, discrepar, vomitar (antes de que objeten: para mí, y más aún para mi protagonista, vomitar es sinónimo de decir; mi anterior protagonista, en cambio, era más de proclamar, sentenciar y espetar)La lista es inagotable, pero el problema surge cuando me despisto y repito el mismo verbo en parlamentos cercanos entre sí o cuando surgen rimas internas (más sobre las rimas luego)… También está la opción, que suelo dejar para el final, de no poner “verbo acotador”, sino una frase completa sobre el o la hablante (en los diálogos de a dos no es necesario identificar quién habla, pero en los de a tres o cuatro, de los que tengo varios, sí). Por ejemplo, en lugar de:

―Sí ―respondió María, dando un sorbo a su copa―, ya lo sabía.

―Sí. ―María dio un largo sorbo a su copa―. Ya lo sabía.

Repeticiones de palabras: Éste es para mí uno de los problemas más difíciles de resolver. Ya mencioné mi fobia a las repeticiones en los diálogos. Lo mismo me ocurre en el resto del texto. Creo que lo tengo todo supercontrolado y de repente… ¡me encuentro cuatro mirar en la misma página o cinco mientras en dos! En el segundo caso, la solución es fácil: basta con cambiar la estructura de algunas de esas frases. En el primero, en cambio, se trata de buscar sinónimos, pero sinónimos que funcionen dentro del contexto y de acuerdo con el estilo del pasaje en cuestión. Por ejemplo, para mirar, puedo escoger ver, contemplar, observar, examinar, estudiar, escudriñar, otear, divisar… pero no cualquiera sirve: no se escudriña un paisaje ni se otean unas fotos.

Rimas internas: Esto es sin duda lo peor y lo más difícil de captar salvo que se lea en voz alta (es lo que estoy haciendo ahora: grabándome y escuchando luego la grabación). Pero, incluso una vez captadas, tienen difícil solución. Me pasa a menudo que cambio una palabra para evitar una rima con la frase anterior… y luego me encuentro con que hay rima con la siguiente: por ejemplo, cambio lado por sitio porque rimaba con brazo en la frase anterior, y luego en la siguiente me encuentro con dijo, con lo cual, o bien tengo que cambiar de nuevo sitio por otra cosa, o cambiar dijo o volver al principio y cambiar brazo… asegurándome de que entonces no rime con alguna palabra anterior. Lo dicho: el cuento de nunca acabar.

🌐 Las rimas asonantes en palabras graves pueden tener un pase; las consonantes, en cambio, las considero tabú, al igual que las rimas (asonantes o consonantes) con palabras agudas. Y aquí reside uno de los grandes problemas con las acotaciones en los diálogos: el pretérito indefinido de todos los verbos regulares termina en palabra aguda (“-ó” para la tercera persona; “-é” o “-í” para la primera). La gran ventaja en esta novela, con respecto a la anterior, es que está escrita en primera persona, con lo cual varían más las terminaciones. Aun así, suponen un problema añadido al de la variedad de “verbos acotadores” (hay muy pocos irregulares ―proponer, exponer, sostener―) y me obligan a menudo a eliminarlos del todo. 🌐

Y ahora que he volcado mi frustración en esta entrada, retorno al capítulo I… a seguir puliendo hasta el fin de los tiempos… o de mi paciencia. Sólo espero que, al final de esta odisea, me sienta igual de satisfecha con el resultado que con mis anteriores Gajos de naranjas. Posiblemente entonces también tuviera momentos de desaliento… y ocurre tan sólo que han pasado a un feliz olvido.

Publicado por jcruzf

Doctora en Lengua y Literaturas Hispánicas por la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA), especializada en literatura y cine de mujeres. Es autora del libro "Marginalidad y subversión: Emeterio Gutiérrez Albelo y la vanguardia canaria", y numerosos artículos académicos de crítica literaria, cinematográfica y cultural, así como de la novela "Gajos de naranjas", y coeditora, junto con Barbara Zecchi, del volumen "La mujer en la España actual: ¿Evolución o involución?" Ha sido profesora en diversas universidades estadounidenses, la última New York University – Madrid (2005-2015), y entre 2006 y 2011 impartió el curso anual “Género, cine y sociedad” en la Universidad Complutense de Madrid. También ha traducido varios libros para la colección “Feminismos” de Cátedra.

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