¿Es posible el bilingüismo en la literatura? (y II)

En mi anterior entrada, https://jcruzservicioslinguisticos.com/2020/07/10/es-posible-el-bilinguismo-en-la-literatura-i/, hablé de la única literatura propiamente bilingüe que conozco, la literatura latina de EEUU escrita en spanglish, y concluí que, aun cuando tiene una gran limitación ―su intraducibilidad―, es perfectamente viable. Ahora me referiré a lo que llamo literatura monolingüe presuntamente bilingüe (o multilingüe), es decir, a obras narrativas en las que los diálogos se desarrollan en dos o más lenguas. De hecho, la pregunta de hasta qué punto se pueden incorporar diálogos en una lengua distinta fue el germen de todas estas reflexiones.

¿Se pueden incorporar diálogos en una segunda lengua en una novela? En mi opinión, ello sólo es factible si se limitan a frases cortas, porque en ese caso pueden incluirse en la lengua “real” con la traducción en notas a pie de página. Sin embargo, cuando se trata de conversaciones largas, el exceso de notas resulta incómodo para el público lector, incluso cuando (como yo) está acostumbrado a leer textos académicos o ediciones anotadas de clásicos: en éstas, las notas son “complementarias” (pueden leerse o no, o pueden leerse todas de golpe), mientras que, cuando se trata de un texto en una lengua desconocida, es imprescindible leerlas sobre la marcha. La única solución “razonable” consiste, pues, en señalar en las acotaciones que Fulanita y Menganito hablan en inglés (o en chino o en ruso), aunque estemos leyendo el texto en castellano (o en francés o en alemán). Y ahí es cuando yo, personalmente, me “pierdo”… casi tanto como cuando estoy obligada a ver una película doblada. Y el extravío varía dependiendo de qué lenguas se trate y de si estoy leyendo en versión original o en traducción.

🌐 Literatura en traducción: Si estoy leyendo una novela sueca o griega traducida al castellano, puedo suspender la incredulidad y fingir que estoy leyendo sueco o griego (idiomas que no domino). Ahora bien, si en medio los personajes se largan a hablar en ruso o en inglés, ya no puedo creérmelo, porque soy consciente de que hay dos idiomas en juego mientras que yo sólo estoy leyendo/oyendo uno…

Un ejemplo tomado de la última novela de Petros Márkaris, La hora de los hipócritas:

Do you speak English? ―me pregunta Rotman […] y, cuando le contesto afirmativamente, dice satisfecho―: Fine, then we will talk in English. Vale, entonces hablaremos en inglés.

―Estoy de acuerdo, así será más fácil ―le contesto, también en inglés.

Trad.: Ersi Marina Samará Spiliotopulu. Barcelona: Tusquets, 2020 (cap. 39).

El autor ―y, añado, la traductora― han resuelto el problema de manera impecable, al empezar con inglés textual, traducir la segunda frase después de enunciarla en inglés (la primera se supone que es universalmente conocida) y luego explicar que el resto sigue en esta última lengua. Aun así, yo ya me he quedado “fuera del texto”.

🌐 Literatura en versión original: Ésta me problematiza todavía más, aunque depende en gran medida de si domino o no la lengua “presunta”. Por ejemplo, por seguir con la novela negra, hace unos años leí todas las de la serie de la comisaria Cornelia Weber-Tejedor de Rosa Ribas (que se desarrollan en Frankfurt) y no recuerdo haber tenido ningún conflicto “lingüístico”: en primer lugar, porque está muy bien delimitado cuándo la protagonista habla en alemán (con sus colegas y en sus investigaciones policiales) y cuándo habla en castellano (con su familia), pero sobre todo (creo) porque mis conocimientos de alemán son rudimentarios y no sentía el impulso de retraducir lo escrito en castellano y, por tanto, a encontrar “defectos” (que no necesariamente errores).

En cambio, cuando también domino la segunda lengua (la “presunta”), no consigo suspender la incredulidad, porque no puedo evitar retraducir lo que se supone que está en “la otra”… y me choca cuando encuentro frases que en esa lengua no encajan, bien porque constituyen un juego de palabras intraducible, bien porque las connotaciones son distintas o porque sencillamente son demasiado coloquiales.

Este problema lo tuve no hace mucho con La cara norte del corazón de Dolores Redondo (la precuela de su superventas Trilogía del Baztán), que se desarrolla en Nueva Orleans y donde se supone que los personajes, incluida la protagonista española, Amaia Salazar, hablan en inglés. Algunas frases del diálogo me chirriaron muchísimo. (Debo confesar que, más allá de esto, la novela me pareció totalmente fallida.) Dos breves ejemplos:

¿Y tu amigo se quedó tan ancho como para silbar después de ver cómo Len se cargaba a su hermano? (pág. 577)

Porque creo que vas a convertirte en una poli muy buena, uno de esos cerebritos cazadores de pirados. La gente te va a adorar, pero tus compañeros te odiarán. Una poli estrella de los cojones. (pág. 632)

Barcelona: Destino, 2019.

Por supuesto, esas dos frases (pronunciadas por personajes distintos) se pueden decir de manera “análoga” en inglés y, si el texto estuviese realmente en castellano, encontraría el modo de traducirlas. Sin embargo, al estar presuntamente en inglés, yo no las oigo, es decir, no me vienen automáticamente a la cabeza expresiones como “quedarse tan ancho”, “cargarse a” alguien o “poli estrella de los cojones” en inglés y me siento, por tanto, “defraudada” (en el sentido de “víctima de fraude”).

También me resultó complicado leer la última novela de Ángeles González-Sinde (a quien admiro como cineasta), Después de Kim, que trata sobre una pareja británica que viaja a España porque su hija ha sido asesinada. El hecho de que en este caso el escenario fuese España me perturbó todavía más que en el caso de la novela de Redondo: los personajes protagonistas hablan entre sí en inglés (que el público lee en castellano), pero a su alrededor todo el mundo habla castellano y, aunque a menudo se hace alusión a un o una intérprete, los diálogos fluyen como si se desarrollasen completamente en castellano. (Estoy segura de que si el y la protagonista hubiesen sido hispanohablantes, aunque el resto de la trama fuese idéntica, me habría “enganchado” más la novela.) Pongo un ejemplo:

―¿Y usted no habla inglés? ―pregunta John con cierta malicia que la maestra percibe.

―No, yo no ―dice la directora […]―. Les he preparado aquí todos los documentos: su contrato, el alta en la seguridad social, las últimas cotizaciones, unos papeles de la mutua… En fin, lo que me ha parecido que…

―¿Cómo llegó a este trabajo? ―insiste Geraldine.

―Tenemos una bolsa de empleo y ella tenía experiencia en una residencia de ancianos, además del tema del inglés. Se presentó y ya está. No pagamos mucho, pero para ella también era una forma de conocer niños para las clases particulares que daba.

Barcelona: Duomo Ediciones, 2019 (pág. 93).

El problema aquí es que se supone que John y Geraldine hacen las preguntas realmente en inglés y la directora contesta realmente en castellano, pero lo oímos todo en esta lengua. Antes y después la narradora menciona a un niño español que ejerce de intérprete, pero en mitad del diálogo se borra… y yo me pregunto cómo al pobre niño (no se especifica su edad) le da tiempo a retener las “parrafadas” de la directora… y cómo puede traducir al inglés términos tan de la vida adulta como “alta en la seguridad social”, “cotizaciones” o “mutua”.

¿Que soy demasiado quisquillosa? Posiblemente, tal vez por la deformación profesional de llevar media vida traduciendo y corrigiendo textos de no nativohablantes (tanto en inglés como en castellano), lo cual requiere constantes “retraducciones” para entender lo que está mal redactado en el original. E imagino que la mayoría de los y las lectoras no tienen el mismo “problema”.

🟣🟣 Inciso: Quisquillosa o no, tampoco como escritora me veo capaz de utilizar lenguas “presuntas” (decididamente, nunca escribiré una novela ambientada en Finlandia). En estos momentos estoy escribiendo una autoficción novelada sobre tres años de mi vida, que se desarrolla en España con personajes hispanohablantes… La mayoría porque en efecto lo son, pero durante ese período me visitó una amiga de EEUU con la que normalmente hablo en inglés. Podría haber aprovechado esa visita para construir un episodio similar a otros de la novela: un diálogo por medio del cual contar “cosas” sobre esa etapa concreta. Y sin embargo ni se me ocurrió: por más que los diálogos de la novela sean ficticios, me parecía demasiada impostación fingir en castellano una conversación en inglés. Por tanto, el único modo de incluirla habría sido mediante diálogos indirectos (“Me dijo que…”, “Le conté que…”) y, como a mí me gustan demasiado los diálogos como para hacer eso, al final la visita es sólo mencionada, no escenificada. 🟣🟣

💹 El cine, ese arte superior… incluso en lo lingüístico: En esto, el cine me parece infinitamente superior a la literatura, porque se pueden incorporar todas las lenguas que se quiera en su versión original. No tenemos que imaginar que los personajes se comunican en ruso, por ejemplo: los oímos hablar en ruso. Y de hecho, me encantan las películas y las series que combinan varios idiomas, los conozca o no. Eso sí: cuando se trata de lenguas que no conozco, me gusta que los subtítulos marquen los cambios de idioma y me irrita cuando no lo hacen y tengo que “adivinar” qué lengua se habla en cada momento. En ocasiones, aunque no domine ninguna, puedo distinguirlas por el sonido o por palabras sueltas. Por ejemplo, en la serie Kalifat distinguía perfectamente el sueco del árabe, aunque no domine ninguna de las dos, y en la temporada 3 de The Missing podía distinguir el neerlandés del rumano (aparte, se hablaba también en inglés y en francés).

En cambio, en el caso de Bron/Broen (El puente) me molestó muchísimo no saber cuándo se hablaba en sueco y cuándo en danés (sé que son muy parecidas y que puede haber comunicación fluida entre ambas), es decir, si cada uno de los personajes hablaba la suya o, si no, cuáles dominaban mejor la otra. (Curiosamente, en la versión anglo-francesa de la serie, The Tunnel, sí se marcaban los cambios entre inglés y francés… aunque en ese caso no lo necesitaba porque las entiendo perfectamente.) Y mi última experiencia (negativa) fue hace apenas unos días, con la (por otra parte excelente) película palestina Los informes sobre Sarah y Saleem, de Muayad Alayan, porque no siempre lograba distinguir el hebreo del árabe (fonéticamente son muy parecidos) salvo por el contexto.

Ésa es la paradoja a la que me refería en mi anterior entrada: que la literatura, cuya materia prima es el lenguaje, esté más limitada que el audiovisual a la hora de incorporar lenguas.

Publicado por jcruzf

Doctora en Lengua y Literaturas Hispánicas por la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA), especializada en literatura y cine de mujeres. Es autora del libro "Marginalidad y subversión: Emeterio Gutiérrez Albelo y la vanguardia canaria", y numerosos artículos académicos de crítica literaria, cinematográfica y cultural, así como de la novela "Gajos de naranjas", y coeditora, junto con Barbara Zecchi, del volumen "La mujer en la España actual: ¿Evolución o involución?" Ha sido profesora en diversas universidades estadounidenses, la última New York University – Madrid (2005-2015), y entre 2006 y 2011 impartió el curso anual “Género, cine y sociedad” en la Universidad Complutense de Madrid. También ha traducido varios libros para la colección “Feminismos” de Cátedra.

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